“Soy jubilado. No puedo vivir en estas condiciones. Me niego a buscar comida en la basura. Por eso he decidido poner fin a mi vida”
por María Antonia Sánchez-Vallejo (Madrid, España)
14 años atrás 3 min lectura
La nota del suicida hace responsable al Gobierno de “aniquilar cualquier esperanza de supervivencia” con sus medidas de ajuste. Ítem más, en la misiva, cuyo contenido divulga la edición digital del diario To Vima, el pensionista escribe: «Creo que los jóvenes sin futuro algún día cogerán las armas y en la plaza Sintagma [de Atenas, la misma donde terminó con su vida] colgarán a los que traicionaron a la nación, como hicieron los italianos con Mussolini en 1945». El equivalente del fascista italiano es, según el texto, el «Gobierno de ocupación» de Atenas, al que el pensionista añade el epíteto «Tsolakoglu», en referencia al primer ministro que colaboró con los nazis durante la invasión por estos del país en 1941.
Una mujer sitúa una vela en el lugar donde se suicidó el individuo. / Petros Giannakouris (AP)
El movimiento de los aganaktismeni (indignados), prácticamente desinflado desde el verano pasado, ha enarbolado el suicidio como nueva bandera, pero la convocatoria de una concentración ante el Parlamento –bajo el lema “no nos acostumbremos a estas muertes”-, terminó ya entrada la noche con enfrentamientos entre grupos de encapuchados y las fuerzas antidisturbios. La policía practicó una docena de detenciones.
Los políticos –sobre todo los que se oponen a los rescates y los planes de ajuste- no pudieron menos que aprovechar el impacto: “Cuando la gente empieza a suicidarse en Sintagma, es el final, la cohesión social ha estallado”, ha dicho Yorgos Karatzaferis, líder del ultra Laos (cuarta fuerza en el Parlamento). Antonis Samarás, previsible primer ministro tras las próximas elecciones, se declaró “devastado” por la noticia, mientras el líder socialista, Evánguelos Venizelos, argumentó que el suceso era tan monstruoso que “hacía irrelevante y vano cualquier comentario político”. El primer ministro, Lukas Papademos, pidió a sus conciudadanos que «en estas horas críticas» extremen la vigilancia «para no desatender a aquellos que lo están pasando tan mal».
El presidente de la unión de farmacéuticos -una de las profesiones, por cierto, que serán liberalizadas en el marco de los planes de ajuste- abundó en la nota de suicidio del jubilado: «Hay un instigador moral en esta muerte, el Gobierno ha llevado a la gente a esta desesperación». Desde comienzos de 2010, los jubilados han visto recortadas sus pensiones de media un 15%; las superiores a 1.200 euros han sufrido una rebaja adicional del 20%. Tras lamentar la inconsistencia de su retiro («por el que he cotizado durante 35 años», explica su mensaje), el suicida concluía su nota: «No logro encontrar otra modo de reacción [a la crisis] que un final digno, antes que ponerme a rebuscar comida en la basura».
Si bien los suicidios han aumentado en un 40% desde el inicio de la crisis, según datos de junio de 2011 del Ministerio de Sanidad, nadie puede dar crédito a esta muerte en directo –en Grecia el suicidio sigue siendo un tabú-, aunque todos comprenden sus razones. “La gente está pasando hambre”, decía una mujer, también jubilada, junto al lugar del suicidio; “conozco familias que no tienen dinero ni siquiera para comprar leche para sus hijos”. Día tras día, los periódicos se hacen eco, brevemente y como de pasada, de decesos de “pequeños empresarios arruinados” que, casualmente –nunca se cita el suicidio como causa, siquiera como pista-, se caen por el balcón o por un barranco, o mueren “en un desdichado accidente” (amplia gama de posibilidades, de la sobredosis al corte de venas). La Iglesia ortodoxa sigue negándose a enterrar en sagrado a los suicidas, de ahí el velo de silencio que aún se cierne sobre estos hechos. Una censura que la muerte en directo de hoy podría quebrar.
*Fuente: Internacional
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