Los secretos que desnudó el último fallo contra Contreras y Colonia Dignidad
por Carlos Basso Prieto (Chile)
14 años atrás 9 min lectura
3 de Febrero de 2012
Durante los últimos 10 años, la mayoría de las investigaciones que diversos jueces han realizado en torno a los misterios de la DINA y su vinculación con la Colonia Dignidad se realizaron a partir de un caso en particular, el secuestro de los militantes del MAPU Juan Maino, Elizabeth Rekas (embarazada de cuatro meses al momento de su desaparición) y su esposo Antonio Elizondo, todos quienes fueron plagiados en Santiago en mayo de 1976, por agentes de la DINA.
Fue esta investigación, caratulada con el número 2182-98, la que permitió a los tribunales ir estrechando el cerco en torno a Colonia Dignidad y desgajar de ella múltiples episodios, como las condenas por la producción y almacenamiento de armas, el uso de venenos en contra de otros colonos, varios casos de violaciones de los Derechos Humanos y el proceso por asociación ilícita que en su momento inició el ministro especial Jorge Zepeda, el mismo que el martes 24 de enero dictó la sentencia de primera instancia en el caso de Maino, Rekas y Elizondo, condenando a 10 años y un día al ex director de la DINA, Manuel Contreras, y al ex jefe del cuartel Terranova de dicho organismo (más conocido como Villa Grimaldi), Carlos López Tapia (primo del ex juez Juan Guzmán Tapia). Zepeda también condenó a cinco años y un día al ex miembro de la DINA Eugenio Fielhouse, así como a dos de los jerarcas de la Colonia Dignidad, Gerhard Mucke, ex guardaespaldas de Paul Schäfer, y Johan Van Den Berg.
De acuerdo a la sentencia, luego de que los tres secuestrados fueran conducidos a Villa Grimaldi, fueron trasladados desde allí rumbo al predio de Parral, que en la jerga de la DINA se designaba como “Puerto Montt”, donde desaparecieron junto a dos citronetas que les fueron robadas al momento de ser aprehendidas. En el caso de Maino, existe la presunción fundada que el último lugar en que estuvo prisionero fue la bodega de papas de la colonia, donde habría sido custodiado por Van Den Berg.
Más allá de la importancia simbólica que posee este fallo, por todas las ramificaciones que implicó esta investigación y por el hecho que el juez deja claramente establecido que lo ocurrido con los tres desaparecidos constituye un crimen de lesa humanidad, las 136 páginas de la sentencia dejan entrever una vez más, con toda claridad, el nivel de la concomitancia entre el servicio de inteligencia de Augusto Pinochet y el enclave neonazi, y todo lo que allí aparece no deja de asombrar.
Contreras hijo
En una entrevista concedida a la Revista Caras en 1997, Manuel Contreras Valdebenito, el hijo mayor de Manuel Contreras Sepúlveda, relató in extenso las relaciones que su padre mantuvo con Schäfer, así como un viaje familiar que realizó en 1975 al recinto, recordando las historias de guerra que contaba “el tío Paul”. Se le preguntó también si los alemanes pedían consejos “de inteligencia” o “de seguridad” a Contreras, y su respuesta causó mucha polémica: “no, en eso le daban cátedra”.
Sin embargo, el fallo de Zepeda arroja una participación mucho más activa de Contreras hijo en la colonia, precisamente en materias de seguridad. Según señaló al magistrado Ulrich Schidtke Miottel (medio hermano del prófugo Harmutt Hopp Miottel), al interior de la colonia recibían instrucción militar, consistente en técnicas de disparo y defensa personal. “Recuerda que uno de los instructores era el hijo del general Contreras, apodado Mamo, a quien apodaban Manolito.
También recibieron instrucción de tiro al blanco por parte de Schäfer”. Este último, según Schmidtke, regaló hacia 1973 una pistola Browning semiautomática a cerca de 50 colonos.
11 meses en la colonia
La sentencia también recoge la declaración del chillanejo Mile Mavrosky Mileva, quien señaló que después del golpe militar fue llamado a presentarse al regimiento de Chillán, donde quedó detenido por sus presuntos vínculos con el MIR. Tras ser torturado allí, fue trasladado a un lugar que mucho más tarde se enteró que era Colonia Dignidad, donde permaneció 11 meses.
Según su relato, era interrogado en español, pero escuchaba frecuentemente voces que hablaban en alemán. La sentencia indica que era interrogado sobre armas y escondites y que lo mantenían en forma permanente con la vista vendada, amarrado a un catre, con grilletes en los pies y cubierto con sacos. Para torturarlo, usaban electroshocks (los mismos que se aplicaban en contra de los colonos “rebeldes”) o acercándole una suerte de pinza que le daba golpes de corriente en la dentadura y los pies. Luego de los 11 meses que vivió en ese infierno sajón, fue trasladado a la cárcel de Chillán, donde otros reos le indicaron que seguramente había estado en la colonia.
Ello recién se confirmó cuando el 2005 la PDI encontró las 40 mil fichas realizadas por el jefe de inteligencia de la colonia, Gerd Seewald, entre las cuales estaba la suya, además de las correspondientes a los coronelinos Pedro Merino y Adán Valdebenito, así como la de Alfonso Chanfreau y varios otros desaparecidos, entre ellos —también— Juan Maino, Elizabeth Rekas y Antonio Elizondo.
Los autos
De acuerdo a Zepeda, es un hecho que la DINA secuestraba personas y vehículos para “pagar” con estos a la colonia por sus servicios represivos. Según el ministro, los autos eran entregados a Schäfer y sus cómplices “por la contribución a la privación de libertad y desaparición de las víctimas sustraídas”.
La existencia de varias fosas en las cuales se escondieron los autos robados a los detenidos desaparecidos era conocida ya hace más de 20 años, luego de la fuga del ex colono Georg Packmor (quien denunció los hechos), pero fueron las diligencias del juez y de la PDI al interior del predio las que permitieron encontrar evidencia física de ello, al recuperarse los motores de dos automóviles enterrados.
Al respecto, Schdmitke declaró que hace unos 25 ó 30 años, aparecieron al interior de la colonia ocho vehículos, entre ellos dos o tres citronetas, un Renault rojo, un Austin Mini y un auto americano de color oscuro, probablemente marca Dodge, así como una camioneta Chevrolet amarilla (que usaba Schäfer). De acuerdo a su declaración, Schäfer reunió a Willi Malessa, Van Den Berg y Artur Gerlach (actualmente fallecido) y les ordenó pintarlos (Mucke fue uno de los encargados de esa tarea) y borrarles los números de serie a los motores. Años después (en las postrimerías de la dictadura) Malessa le indicó que debían desarmarlos y enterrarlos bajo tierra. Mucke, fiel a su código de silencio, negó todo lo anterior y también negó saber cualquier cosa respecto de fabricación de armas o granadas, pero sí reconoció que había una citroneta en la colonia, de color blanca, que dice la usaba Harmutt Hopp para ir a la universidad.
Según Mucke, además, todo el aparataje armamentístico que existía (que él no conoció, por cierto) obedece a que antes del Golpe de Estado “fueron amenazados de que se les atacaría, que serían colgados en la Plaza de Parral”, y que por ello el 11 de septiembre fue visto al interior de la colonia como “una liberación”. También por eso, dijo, es que Contreras y Pinochet eran tan bien recibidos en el fundo.
Antes de su fuga a Alemania, Hopp también declaró ante Zepeda y reconoció saber de la existencia de los autos, de lo que dice haberse enterado cuando Willi Malessa (que actualmente reside en Los Ángeles) dijo a la colonia que había contado a la PDI todo lo que sabía, lo que luego le refrendó su hermano Ulrich.
Erick Fege reconoció, por su parte, que por instrucciones de Mucke seis o siete zanjas de unos dos metros de profundidad con una máquina de gran tamaño. De estas fosas, tres fueron encontradas por Zepeda y la PDI, aunque ya sin restos de vehículos, desconociéndose quién y cuándo había retirado los automóviles de allí. Sin embargo, en otra se ubicaron (como se menciona anteriormente) los motores de dos automóviles Renault con sus números de serie limados.
Los explosivos de Concepción
Van Den Berg, tornero de profesión, reconoció que él fabricó cerca de 12 a 15 artefactos explosivos que eran rellenados con un químico llamado Nitrín, y no sólo eso: “Recibió un muestrario de una ametralladora y fabricó la mayoría de las partes de esas armas, menos los cañones; desconoce de dónde salieron los cañones pues aparecieron un día en el taller y se armaron las armas. Paul Schäfer dio la orden para armarlas. Willi Malessa fue su aprendiz y Edwin Fege, quien era eléctrico, le ayudaron en su labor”.
De la misma forma, explicó que “también se construyeron granadas a partir de una original entregada por Paul Schäfer” y que en Concepción “fueron comprados unos cilindros de diferentes diámetros, los que correspondían a desechos de granadas o municiones de barco, en cuyo interior tenían hilo; carcasas que fueron llenadas, entre otros componentes, con un polvo llamado nitrín, el cual es altamente explosivo y podían detonar sin necesidad de iniciador o mecha. Que estos elementos explosivos, los que deben haber sido unos 12 o 15 él los lanzó al río junto al colono Hugo Baar, para que fueran cubiertos por el agua”.
Las conclusiones
Después de varios años investigando a la Colonia y sus relaciones con la DINA, no es menor la conclusión a la que llegó el juez. Pese a que las condenas que dictó fueron por el delito de secuestro calificado, concluyó que la secta liderada por Paul Schäfer configuraba una asociación ilícita, que tenía varios “giros”, como “negocios ilícitos con la adquisición de materias primas empleadas para la fabricación de distintos tipos de armamento y explosivos, la posterior comercialización de alguno de ellos”, además de “la importación de elementos prohibidos por medio del empleo de franquicias aduaneras, intercambio de dineros y misivas, entre personas residentes en territorio chileno y extranjero; procesos de instrucción en las prácticas desarrolladas para la educación de los colonos tanto en materias de manejo de armas, técnicas de defensa, diseño de estrategias tácticas considerando el ataque armado como forma de protección”.
Asimismo, indicó que “se entregan conocimientos en el plano de las distintas maneras de torturas aplicables como forma de represión y quiebre de la conducta humana, considerando aspectos del plano psicológico y físico, entregando también en estos documentos características conductuales, físicas y de percepción, de los segmentos considerados en ese período como “enemigos”, los que según los textos corresponden a gente del MIR e izquierda en general; el mismo material proporciona herramientas orientadas a la supervivencia en un escenario de guerrilla; organización ilícita, desarrollada por medio de una organización de la misma, elaboración de planes de búsqueda de información; redes de protección, constituida por medio de vínculos con la sociedad civil simpatizante, funcionarios administrativos, miembros de la fuerzas armadas y de orden, como con colaboradores del régimen militar, entre quienes se genera intercambio de información, coberturas y acceso a materias, que a lo menos se pueden catalogar como reservadas”.
*Fuente: El Mostrador
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