27 Abril 2011
Se puede estar o no de acuerdo con las ideas políticas de
Gaddafi, pero la existencia de Libia como Estado independiente y miembro de las
Naciones Unidas nadie tiene derecho a cuestionarlo.
Todavía el mundo no ha llegado a lo que, desde mi punto de
vista, constituye hoy una cuestión elemental
para la supervivencia de nuestra especie: el acceso de todos los pueblos
a los recursos materiales de este planeta. No existe otro en el Sistema Solar que
posea las más elementales condiciones de la vida que conocemos.
Los propios Estados Unidos
trataron siempre de ser un crisol de todas las razas, todos los credos y
todas las naciones: blancas, negras, amarillas, indias y mestizas, sin otras
diferencias que no fuesen las de amos y esclavos, ricos y pobres; pero todo
dentro de los límites de la frontera: al norte, Canadá; al sur, México; al
este, el Atlántico y al oeste, el Pacífico. Alaska, Puerto Rico y Hawai eran
simples accidentes históricos.
Lo complicado del asunto es que no se trata de un noble
deseo de los que luchan por un mundo mejor, lo cual es tan digno de respeto
como las creencias religiosas de los pueblos. Bastarían unos cuantos tipos de
isótopos radiactivos que emanaran del uranio enriquecido consumido por las
plantas electronucleares en cantidades relativamente pequeñas ─ya que no
existen en la naturaleza─ para poner fin a la frágil existencia de nuestra
especie. Mantener esos residuos en volúmenes crecientes, bajo sarcófagos de
hormigón y acero, es uno de los mayores desafíos de la tecnología.
Hechos como el accidente de Chernóbil o el terremoto de
Japón han puesto en evidencia esos mortales riesgos.
El tema que deseo abordar hoy no es ese, sino el asombro con
que observé ayer, a través del programa Dossier de Walter Martínez, en la
televisión venezolana, las imágenes fílmicas de la reunión entre el jefe del
Departamento de Defensa, Robert Gates, y el Ministro de Defensa del Reino
Unido, Liam Fox, que visitó Estados Unidos para discutir la criminal guerra
desatada por la OTAN
contra Libia. Era algo difícil de creer, el Ministro inglés ganó el "Oscar";
era un manojo de nervios, estaba tenso, hablaba como un loco, daba la impresión
de que escupía las palabras.
Desde luego, primero llegó a la entrada de El Pentágono
donde Gates lo esperaba sonriente. Las banderas de ambos países, la del antiguo
imperio colonial británico y la de su hijastro, el imperio de Estados Unidos,
flameaban en lo alto de ambos lados mientras se entonaban los himnos. La mano
derecha sobre el pecho, el saludo militar riguroso y solemne de la ceremonia
del país huésped. Fue el acto inicial. Penetraron después los dos ministros en
el edificio norteamericano de la
Defensa. Se supone que hablaron largamente por las imágenes que
vi cuando regresaban cada uno con un discurso en sus manos, sin dudas,
previamente elaborado.
El marco de todo el escenario lo constituía el personal
uniformado. Desde el ángulo izquierdo se veía un joven militar alto, flaco, al
parecer pelirrojo, cabeza rapada, gorra con visera negra embutida casi hasta el
cuello, presentando fusil con bayoneta, que no parpadeaba ni se le veía
respirar, como estampa de un soldado dispuesto a disparar una bala del fusil o
un cohete nuclear con la capacidad destructiva de 100 mil toneladas de TNT.
Gates habló con la sonrisa y naturalidad de un dueño. El inglés, en cambio, lo
hizo de la forma que expliqué.
Pocas veces vi algo más horrible; exhibía odio, frustración,
furia y un lenguaje amenazante contra el líder libio, exigiendo su rendición
incondicional. Se le veía indignado porque los aviones de la poderosa OTAN no
habían podido doblegar en 72 horas la resistencia libia.
Nada más le faltaba exclamar: "lágrimas, sudor y sangre",
como Winston Churchill cuando calculaba el precio a pagar por su país en la
lucha contra los aviones nazis. En este caso el papel nazifascista lo está
haciendo la OTAN
con sus miles de misiones de bombardeo con los aviones más modernos que ha
conocido el mundo.
El colmo ha sido la decisión del Gobierno de Estados Unidos
autorizando el empleo de los aviones sin piloto para matar hombres, mujeres y
niños libios, como en Afganistán, a miles de kilómetros de Europa Occidental,
pero esta vez contra un pueblo árabe y africano, ante los ojos de cientos de
millones de europeos y nada menos que en nombre de la Organización de
Naciones Unidas.
El Primer Ministro de Rusia, Vladimir Putin, declaró ayer
que esos actos de guerra eran ilegales y rebasaban el marco de los acuerdos del
Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Los groseros ataques contra el pueblo libio que adquieren un
carácter nazifascista pueden ser utilizados contra cualquier pueblo del Tercer
Mundo.
Realmente me asombra la resistencia que Libia ha ofrecido.
Ahora esa belicosa organización depende de Gaddafi. Si
resiste y no acata sus exigencias, pasará a la historia como uno de los grandes
personajes de los países árabes.
¡La OTAN
atiza un fuego que puede quemar a todos!
Fidel Castro Ruz
Abril 27 de 2011
7 y 34 p.m.
*Fuente: CubaDebate
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