Para que en Chile cambie el nombre de las calles
por Andrés Figueroa Cornejo (Chile)
15 años atrás 9 min lectura
1.
Se me empaña la esperanza, sabe usted, cuando acaricio el paisito nuestro, tan
parecido a una lengua tumefacta, quebrado a pique sobre el mar, tan despeinado
telúricamente, tan pasillo de otros pocos que la ordenan a su antojo. Ahora
resulta que la administración Piñera, revuelta en el acero de la ultraderecha y
un trozo democratacristiano, que había puesto luces de fiesta a la rebaja del 7
% del pago a la salud que deben costear los jubilados, es apenas para el 66 %
del 60 % más pobre, que no para todos que ya son bien pobres, y además se
compensa la medida para los gran propietarios mediante los seguros privados
sanitarios cuyos precios cambian cuando sus dueños lo desean, y a los que
tienen una enfermedad o son mujeres en edad de procrear les cuesta un ojo.
Después que vino Obama a firmar tratados nucleares en medio
de la tragedia japonesa, y a hablar como mal comediante de relaciones
‘igualitarias’, cayó como desgracia la ofensiva del imperialismo y su
extensión, la OTAN,
sobre Libia, para ir completando las ganas de petróleo que arrastra un millón
de muertos en Irak y otros cientos de miles en Afganistán. Porque, debe
saberlo, Estados Unidos que es el 5 % de la humanidad, consume el 25 % del
petróleo de todo el planeta, y el 50 % lo importa, y que por eso se explica su
hambre de oro negro, por eso su gula
oscura, mientras malvivimos la mayoría de la población mundial, y en especial
de América Latina y África y Asia.
Por la misma crisis petrolera agudizada por la guerra
dirigida desde el Pentágono -los cinco lados exactos que destruyen pueblos
completos por sus intereses, mediante la fuerza y el consenso- y la
especulación financiera (esa bolsa extraña y casino sólo para iniciados donde
el precio no tiene nada que ver con el valor), los precios de los alimentos y
de todito se dispara, el ministro de Hacienda de Chile, Felipe Larraín, anunció
un primer recorte del presupuesto nacional de US$ 800 millones de dólares, y
avisó que luego viene otro, pero muy secreto para que no tengamos la razón de por
qué nos duele la barriga. Y el presupuesto nacional, en gran medida, es el
dinero destinado a la inversión social, a la salud, la educación, a la famosa
reconstrucción post terremoto-maremoto que nunca termina y es más misteriosa
que un pergamino antiguo como el aire, a la llamada seguridad social y a otros
goterones de asistencia estatal que pagamos todos con nuestro trabajo y el
impuesto a las mercancías que pagamos con nuestro trabajo, y a las utilidades
de las administradoras privadas de fondos de pensiones que también pagamos con
nuestro trabajo.
2.
El salario mínimo en el paisito, que es el máximo para casi un tercio de los
trabajadores, alcanza $ 172 mil pesos (US$ 364 dólares) hasta mediados de año.
El gasto mínimo en el transporte colectivo es de $25 mil pesos por persona (US$
52), y un kilo de pan cuesta más de dos dólares. Para que nadie llore, no le
informaré sobre los precios de vivienda, educación, medicamentos, lácteos y
carnes. La Comisión
Asesora Laboral de Salario Mínimo del Gobierno ya arrojó el
resultado de su incomprensible alquimia econométrica para el reajuste de este
año: 2 % real. Es decir, $ 3.440 pesos (US$ 7), toda vez que la inflación
proyectada para este año -y recién vamos terminando el primer trimestre y la
tendencia va en aumento- es de un 4,4 %. En buenas cuentas y poniendo cara de
resignación o indignación, según sea el horizonte de tolerancia de cada cual,
el salario mínimo se contraerá, disminuyendo su poder adquisitivo en pleno
período de alza galopante del costo de la vida.
Porque ocurre, entre otros fenómenos que pasan en el
bestiario de la vanguardia capitalista mundial, que el paisito, dentro de las
naciones de la OCDE
que integra por su buena conducta a ojos de los Estados empresariales o
corporativos que mandan en el globo, es el lugar donde más cuesta la educación
universitaria. Aquí, las familias del estudiante deben desembolsar un 80 % del
precio de una carrera promedio, mientras que en Estados Unidos pagan el 34 % y
en España el 17 %. Y no sólo en las universidades llamadas ‘estatales’. Según
José Brunner, director del Centro de Políticas Comparadas en Educación de la Universidad Diego
Portales, "al contrario de lo que ocurre en otras partes del mundo, las
universidades estatales necesitan cobrar aranceles cercanos al costo real de
las carreras impartidas, pues los recursos aportados por el Estado son
reducidos comparativamente". En Brasil, Argentina y Venezuela las universidades
son gratuitas. En 6 Estados alemanas la educación superior no tiene precio, ni
tampoco en Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia. ¿Es sinónimo de desarrollo
cobrar por estudiar, entonces? No me aburriré de contarle que en Chile todo,
absolutamente todo es mercancía. Y que, como los derechos y servicios sociales
duermen en el museo de la historia, el salario es la medida de todas las cosas.
Su vida tiene exactamente la calidad correspondiente a la remuneración que
percibe. Y el 80 % de la población renta menos de $ 320 mil pesos mensuales
(US$ 666). Como si fuera poco, y volviendo a la universidad, de acuerdo a la
oficial Encuesta Nacional de la
Juventud de 2010, el 57 % de los muchachos y muchachas
egresadas de una carrera no trabaja en lo que estudió. Esto es, no únicamente
su familia gasta un dineral para que adquiera un título universitario, sino que
además, el titulado termina trabajando normalmente, vendiendo algo distinto que
los servicios de su profesión. Si esto resulta feroz, todavía hay 700 mil
jóvenes entre 14 y 25 años que no estudian ni trabajan. Un ejército de
muchachada sin porvenir. Un ejército, en fin.
3.
La administración Piñera sabe, así como lo sabe muy bien la Concertación, que en
Chile hoy la gente reivindica empleo antes que un alza general de salarios (lo
que no significa que no hay que exigirla, por supuesto). Ello le permite
endeudarse con crédito plástico e intentar llegar a fin de mes. Si como afirma
Iñaki Gil de San Vicente, la primera fase de recomposición de las fuerzas
sociales para transformar la realidad del pueblo trabajador, está asociada a la
recuperación de derechos y conquistas históricas de los trabajadores,
actualmente conculcadas, en el país estamos en las tapas de la fase uno. Ahora
bien, Iñaki Gil de San Vicente, por razones analíticas propone cuatro fases
bien determinadas. Sin embargo, ellas pueden ofrecerse de manera combinada y
según los tiempos que resuelva la lucha de clases, la celeridad o no del
movimiento real que en su andar pugna contra el capital, se organiza y politiza
por segundo, o bien por décadas. Tras lo dicho no hay deseos psicoanalíticos
ocultos; sólo memoria histórica y el rastreo permanente del desarrollo dinámico
del movimiento de los trabajadores y el pueblo.
Por ello, durante el gobierno piñerista se han creado poco
más de 400 mil empleos (empleo es cualquier actividad que perciba un pago en
dinero o en especies, no importando la cantidad, relación contractual,
frecuencia, estabilidad o calidad del pago). Esta es la maravilla de la
subvención estatal a los grandes empresarios que los dispensa de impuestos y
les ofrece mayores prebendas, por un lado, y los programas de
microemprendimiento que luego de un curso barato entrega un monto simbólico
como ‘capital inicial’ a pobres seleccionados, por otro. Al menos 120 mil
puestos de trabajo son informales o "independientes", por cuenta propia,
vendedores de chucherías, comerciantes sobrevivientes y sin previsión ni seguro
sanitario, productores ínfimos de empanadas hechas en casa o de partes de
prendas de vestir y costuras donde participan desde los niños a los viejos de
la familia. El resto de los empleos son básicamente precarios, sin derecho a
sindicalización, altamente rotativos, sin contrato indefinido y hasta sin
boleta de honorarios. Trabajos basura. Miseria laboral, de monedas para
‘salvar’ el día, y en el marco de una tercerización, subempleo y subcontratismo
creciente. Y en este rango se encuentra la proletarización de la otrora
orgullosa ‘clase media’, formada por profesionales, técnicos y empleados de
oficina. Las cifras arriba expuestas por organismos del propio Estado resultan
alarmantes al respecto. Los hijos de la desregulación multidimensional de la
sociedad chilena aún sufren el despeñadero de la peor vida -más o menos bien
vestida por las importaciones asiáticas sin arancel y a precio de golosina-.
Porque donde manda el capital, no manda el trabajo. Salvo,
claro está, que el pueblo trabajador desfragmente sus luchas parciales y
aisladas, y construya nuevas formas de organización para enfrentar las nuevas
formas de organización del capital.
4.
La lucha de clases, independientemente de las intenciones, deseos y de las
propias agrupaciones de inspiración emancipadora del paisito (que tendrán su
hora y su prueba cuando la realidad objetiva lo demande), rigen las relaciones
de fuerza entre el capital en su fase de preeminencia del liberalismo financiero,
sobreexplotador y de saqueo de recursos naturales; y el trabajo, que no termina
de adecuarse para ser herramienta eficiente de combate por los intereses de las
grandes mayorías. A mayor, amplia, unitaria y condensada lucha, mayor fortalece
y posibilidad de triunfo de los desheredados, sea en peleas por una
reivindicación en particular o a largo plazo, por el poder. Por ello las
huelgas por empresa y no por industria o rama pocas veces alcanzan sus
objetivos. Por ello toda protesta social, laboral, originaria, ambiental,
estudiantil o ciudadana debe contener necesariamente en su movimiento y
dirección el paro general.
Y el paro y protesta general en el paisito no es un fetiche, una fórmula, sólo
forma, o un dogma sacado de manuales mal editados. Es un momento de llegada que
por sí mismo funciona como indicador de la recomposición de las fuerzas de los
trabajadores y el pueblo. Del seno mojado y limpio de ese derrotero saldrá,
sincrónicamente, la conducción política
legítima y legitimada por el propio movimiento popular, y la alternativa
política independiente de la derecha y la Concertación. Se
derrumbarán las cárceles donde yacen los prisioneros políticos del capitalismo;
los trabajadores organizarán la economía; la naturaleza curará sus heridas; las
calles cambiarán de nombre, y por fin podré dedicarme a escribir la novela
negra tantas veces postergada.
Marzo 31 de 2011
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