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Una reforma que se extiende cada vez más 

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Alargando la edad para jubilar

El día 26 de enero recién pasado, se firmó un acuerdo entre el gobierno de España, encabezado por José Rodríguez Zapatero, y las organizaciones sindicales más representativas del país (Unión General de Trabajadores UGT, y Consejos Obreros, CCOO) dirigidas, respectivamente, por Cándido Méndez e Ignacio Fernández Toxo. El objetivo del acuerdo fue, en síntesis, extender la edad para acceder a la jubilación normal, de 65 años a 67 y, para la prematura, de 61 a 63 años; en España, hasta ese momento, podían obtenerse pensiones transcurridos que fuesen 35 años de trabajo.

El acuerdo marca una diferencia notable respecto de lo sucedido en Francia, durante octubre del año también recién pasado, donde una reforma similar fue impuesta por el gobierno, de manera autoritaria, luego de agotarse las protestas a que convocaran las centrales sindicales y estudiantiles de ese país. En aquella nación, el tránsito hacia un período más largo para la obtención de la jubilación se realizó tras la derrota de la clase obrera; en España, se ha realizado con la anuencia las centrales sindicales.

El cambio en referencia no es asunto que posea escasa relevancia. Muy por el contrario, presenta dos grandes aspectos que es necesario considerar: el primero dice relación con las razones que se ha tenido presentes para proceder a su instauración; el segundo se encuentra estrechamente vinculado con lo que ha de suceder en los países del llamado ‘tercer mundo’ (Latinoamérica, Asia y África, por señalar algunas regiones del planeta en donde el avance tecnológico y social marcha a la zaga de los acontecimientos).

El primero de los aspectos parece encontrarse claramente explicitado cuando se analiza el discurso con el que los medios de comunicación abordan el cambio. En síntesis, éste puede resumirse en dos circunstancias dignas de tomar en cuenta: por una parte, que el sistema amenaza colapsar, pues se cotiza menos de lo que se paga; por otra, que el ser humano ha aumentado sus expectativas de vida, por lo que debería también aumentar su contribución laboral al desarrollo de la sociedad. Tales afirmaciones, no obstante, constituyen verdades a medias. Hay motivos un tanto más complejos que no aparecen, normalmente, explicitados en la prensa como podría más de alguien ingenuamente suponer; y no podrían ser consignados allí por razones obvias, como se verá a continuación.

Empecemos diciendo que la previsión social puede presentarse en forma de tres figuras -denominadas ‘sistemas’ por los estudiosos-, siendo las más conocidas, la capitalización, la solidaridad o ambas variables en forma conjunta, lo que da origen a un sistema mixto; esta última situación es propia de los países europeos. No vamos a describir cada uno de esos sistemas. Bástenos saber que el sistema de la solidaridad imperaba hasta la década de los ochenta en la generalidad de las naciones del orbe. Era fuertemente criticado por el empresariado local y sus teóricos, que en todo momento manifestaban aprehensiones ante un inminente colapso del mismo. No está de más recordar que quienes más insistían sobre el particular pertenecían, en su inmensa mayoría, al grupo de los sostenedores del sistema de capitalización, que iría a imponerse como sustituto de aquel y alcanzaría su apogeo bajo el imperio de la nueva forma de acumular o modelo económico.

Para quien mire estos cambios desde fuera, la modificación del sistema de pensiones, en términos de aumentar la edad para jubilar, no deja de presentarse, sin embargo, en el carácter de extremadamente curiosa. Y no es para menos. La industria, precisamente en estos tiempos, prefiere la contratación de personas que no excedan los 30 años de edad ya que conoce, más que cualquier otra actividad, en qué consiste, verdaderamente, y cómo actúa la ‘fuerza o capacidad de trabajo’. No ignora, por consiguiente, que esa energía corporal cumple un ciclo al término del cual comienza a declinar, fenómeno que no se manifiesta solamente en el carácter de ‘vejez’ o pérdida de energía corporal, endurecimiento de tendones y músculos, ralentización del movimiento, pérdida de la vista y de la audición, entre otros rasgos fisiológicos; también la capacidad de adaptación del trabajador se ve seriamente resentida con el transcurso de los años. De sujeto dúctil y maleable, fuerza de trabajo que se puede amoldar, acomodar a todas las circunstancias, y adaptarse a los cambios y nuevas exigencias tecnológicas, comienza a poner trabas a las innovaciones, a resistirse a las transformaciones empresariales. Como los árboles que tuercen sus ramas en una dirección dada y es imposible volverlos a su posición primitiva, también los seres humanos comienzan a ponerse intransigentes y rígidos. La fuerza de trabajo se anquilosa. Desde este punto de vista, al industrial le conviene la contratación de gente joven, dinámica, moldeable, adaptable a las exigencias de la producción: por otro lado, le interesa deshacerse de los elementos que exhiben resistencia al cambio o a la transformación, procesos enteramente necesarios para enfrentar la nueva fase que se abre en la evolución del sistema capitalista mundial. El trabajador no es una persona, no lo olvidemos: es un ‘recurso humano’ del que se echa mano en los períodos de auge, para abandonársele en los de crisis. El trabajador no es un ser humano.

¿Por qué, entonces, aumentar la edad para jubilar cuando lo que se requiere es la incorporación del contingente juvenil en el carácter de fuerza o capacidad de trabajo, y la prolongación de la edad para jubilar entorpece esa dinámica?

Es en esta materia donde el legado teórico de los clásicos adquiere extraordinaria importancia. Porque tras toda esa discusión, oculta tras la cortina de la insolvencia de los sistemas de pensión, subyacen razones que el moderno ‘socialismo’, poco proclive a los debates teóricos, prefiere ignorar. Porque esos debates le inducen a introducirse en tópicos que prefiere soslayar, en materias que desconoce y que, por lo mismo, en la imposibilidad de reconocer su indigencia teórica, desprecia, ignora o considera irrelevante frente a otras contradicciones: se trata del concepto de antagonismo de clases.

El antagonismo de clases

Pocos conceptos han sido más mal interpretados como éste del antagonismo, contradicciones o lucha de clases. Porque, para el común de los mortales, la lucha de clases implica la sublevación de un sector social en contra de quienes poseen las riquezas, de pobres contra ricos, de dominados contra dominadores. Nada más erróneo que esa concepción. Porque, desde el punto de vista filosófico, no existen dominados sin que, previamente, alguien (uno o muchos) haya desatado una intensa a la vez que efectiva lucha en contra de otro u otros hasta obtener su total sumisión. La lucha del dominado contra el dominador, pues, exige la previa existencia de una dominación, porque no existen dominados sin que, antes, un dominador los haya dejado en tal condición. Entonces, la lucha de clases es, en primer lugar, el ataque de los dominadores en contra de un vasto sector social al que someten por la fuerza y, finalmente, por la convicción.

No existe, sin embargo, sumisión que no llegue a su término, lo cual implica que, para mantenerla o prolongarla en el tiempo y evitar su extinción, el sector dominador esté librando continuamente, en contra de los dominados, una lucha implacable y sostenida a fin de mantenerla. Es en contra de esa dominación que los dominados reaccionan; pero se trata de una lucha también de clases que nace como consecuencia de otra, general, global.

La lucha de clases presenta, además, otros ribetes a los que debe prestárseles debida consideración y es que, en el modo de producción capitalista, la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, que es el sector dominante, se fracciona durante el transcurso de la rotación del capital para especializarse en el ejercicio de determinadas funciones. Uno de aquellos sectores se hace productivo para dar origen a la fracción industrial; otro, se convierte en mercantil y engendra la fracción comercial; finalmente, el último sector orienta sus actividades al comercio del dinero para trastocarse en fracción bancaria o financiera. Dedicadas cada una al desarrollo de lo suyo, sus intereses no solamente se separan, sino se hacen contradictorios. Los conflictos por imponerse sobre las demás y obtener el máximo rédito para sí se tornan frecuentes; y es que entre ellas se libra una fuerte ‘lucha de clases’ o de fracciones de clases pues sus contradicciones son manifiestas.

Naturalmente que, al dividirse el sector de compradores de fuerza o capacidad de trabajo en los segmentos indicados, también lo hace el de los dominados, es decir, el sector que vende esa mercancía. De esa manera se organizan los sectores industrial, bancario y comercial dentro de la clase de los vendedores de fuerza o capacidad de trabajo. La lucha por la defensa de sus particulares intereses no se da, por consiguiente, sólo entre las clases naturalmente antagónicas dentro del modo de producción capitalista (compradores y vendedores de fuerza o capacidad de trabajo), sino también y con mayor frecuencia entre las fracciones que se desarrollan al interior de cada uno de esos segmentos y, principalmente, entre las fracciones que componen el sector de los compradores de dicha mercancía. Y es que sus intereses, contrapuestos, se manifiestan de modo extremo. De lo cual deriva que las pugnas por imponerse, unas sobre otras, alcanzan, en no pocas oportunidades, niveles de inusitada violencia.

Sin embargo, si esta situación no encontrase una resolución adecuada, la dominación sería imposible para la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo y ninguna de esas fracciones podría realizarse en plenitud. Entonces, puesto que la voluntad de dominar a un vasto conjunto social predomina por sobre los demás intereses, se organizan todas ellas en forma de Estado, entidad que, en su interior, cuenta con una estructura sui generis, un Bloque en el Poder dentro del cual cada una de ellas, presente, disputa a las otras el control hegemónico del conjunto social. En términos teóricos, se dice que cada fracción lucha, al interior de ese Bloque, por imponer su hegemonía. Así, pues, el Bloque en el Poder tiene por función aunar esos intereses diversos en torno a una dirección hegemónica que dirija a la sociedad en su conjunto.

Las verdaderas razones de la extensión de la edad para jubilar

En la fase actual que recorre la evolución del sistema capitalista mundial, hemos sostenido, en nuestros numerosos artículos, que al interior de los Bloque en el Poder mundial, regionales y nacionales ejerce un amplio predominio la fracción bancaria de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, en estrecha alianza con su fracción comercial. No predomina, como antaño, el capital productivo; lo hace el capital especulativo, el comercio del dinero, el llamado sector ‘financiero’ (si por tal entendemos al que se dedica a la administración de las finanzas). Constituido como fracción hegemónica del Bloque en el Poder planetario, este sector ha procedido a presionar por una modificación substancial de la antigua concepción de la previsión que, basada en el sistema de la solidaridad según el cual la generación posterior debería sostener a la generación que la ha precedido, privilegiaba la administración estatal de las pensiones. Bajo esas nuevas ideas, se procedió en primer lugar, a desprestigiar la administración conjunta de los fondos previsionales en manos de los trabajadores, del Estado y de los empresarios; luego, a mostrar proyecciones de futuros compromisos previsionales que amenazaban llevar el sistema al colapso, y, en tercer lugar, a pregonar la conveniencia de la solución de mercado, según la cual resultaba más conveniente sacar los fondos de los trabajadores y colocarlos en manos de especuladores para lograr una mayor rentabilidad. De esa manera, se llegó, en algunos casos a expropiar los dineros de los fondos previsionales, en otros a crear entes alternativos que competían con el Estado, para la administración de los fondos y, en otros, a separar determinadas funciones como si fuesen diferentes de las otras a fin de intensificar el negocio de los dineros ajenos, tal como ha sucedido con la administración de los fondos de cesantía. Las disposiciones legales, redactadas por diestros especialistas, han terminado por poner, de esa manera, en manos de los especuladores, los fondos de los trabajadores. Y este no es un botín despreciable. En la generalidad de los casos, los fondos previsionales de las naciones sudamericanas pueden llegar a alcanzar el doble de la deuda externa que tiene la nación respectiva1.

Pero, entonces, si la medida (en cierto sentido) pareciera dañar a la industria, ¿por qué su fracción productiva no defiende sus intereses? Hay, naturalmente, una explicación a ello. La prolongación de la edad para jubilar no es solamente una medida que da ganancias al capital especulativo; implica, además, la prolongación de la jornada de trabajo, lo que implica mayor trabajo (plustrabajo); el plus trabajo aumenta la producción y hay, en consecuencia, un producto mayor (plusproducto), lo que conlleva, naturalmente, a una mayor percepción de riqueza para el empresario, que se denomina plusvalor. Es decir, de todas maneras la industria sale beneficiada con esa medida, aún cuando se sienta perjudicada por otros motivos. El cambio produce biefectos. Porque el plusvalor puede ser relativo o absoluto. Es relativo cuando se origina el plusvalor al incorporarse maquinaria más avanzada o mejor tecnología a la producción, elementos que, sin prolongar la jornada de trabajo, aumentan aquella. Por el contrario, el plusvalor absoluto es aquel que se origina al prolongarse la jornada de trabajo del operario. Situación que se produce al aumentarse la edad para obtener la jubilación. Al producirse este fenómeno, el plusvalor absoluto acude en tropel a las arcas del industrial.

Resulta fácil comprender, entonces, por qué el interés de la banca y, en general, del sector financiero, que es el hegemónico al interior del Bloque en el Poder, no se contrapone al del industrial que acepta aumentar la edad para jubilar. No sólo permite que se prolongue en el tiempo la tenencia de dinero ajeno en manos de los financistas para que éstos puedan ocuparlo con mayor tranquilidad en actividades especulativas al servicio de sus intereses, sino aumenta la percepción del plusvalor absoluto para el capitalista industrial; y ello lo beneficia, aunque retarde su interés en renovar con la mayor celeridad posible la fuerza de trabajo que ha contratado.

De esa manera, y para quienes aún no creen en la importancia de las disputas por el interés de cada una de las fracciones que integran el Bloque en el Poder, las modificaciones introducidas en Francia y en España a la edad para jubilar constituyen el más exitoso triunfo de la fracción de la clase de los compradores de fuerza o capacidad de trabajo, dedicada al comercio del dinero. Es un triunfo que consolida su hegemonía por sobre las demás fracciones que integran el Bloque en el Poder y que arroja un desolador balance para el sector de las clases dominadas. Porque, en las luchas sociales que se libran en el transcurso de esta fase de la evolución del SKM, como lo demuestran las movilizaciones realizadas en Francia en octubre pasado, los sectores dominados, cuando buscan imponer su opinión disidente y no cuentan con suficiente apoyo ciudadano, no sólo no son escuchados sino resultan, finalmente, aplastados por los sectores dominantes; no así cuando actúan en el carácter de ‘clase apoyo’ como ha sucedido en la España de Rodríguez Zapatero. En este último caso, tampoco triunfan; apenas si cumplen con el penoso rol de hacerse cómplices de su propia explotación.

¿Replicación en algunos de los países de la periferia?

En los sistemas de dominación, dominante y dominado pasan a tener una cultura común; la voluntad de uno es la voluntad del otro. El poder dominante se repite y reproduce en cada uno de los segmentos sociales. En la estructura internacional, el poder dominante se impone sobre la dominación regional y nacional. Es consecuencia de la teoría de la repetición. Porque la repetición enseña que las acciones de quienes nos precedieron, si dieron a éstos la oportunidad de sobrevivir, no pueden ser sino calificadas o estimadas en el carácter de óptimas y recomendables. La supervivencia determina la calificación. El pasado invita a repetir. A imitar. No por algo los países latinoamericanos observan lo que hacen los países dotados de mayor tecnología o bienestar e imitan sus conductas, obligados, por una parte, por las propias naciones adelantadas que exigen adecuarse a sus formas de actuar para poder celebrar convenios, hacer inversiones o establecer relaciones sociales. Por otra, porque los dominados están convencidos que, a través de la imitación de la conducta de las naciones ricas, van a acceder con mayor facilidad a su técnica o a sus recursos. En consecuencia, no debería sorprender que reformas similares comiencen a discutirse y a estudiarse en esos países como reproducción de lo que sucede en las naciones del llamado mundo ‘desarrollado’. Esto no es una mera suposición: el ambiente se presenta propicio para tales reformas en las naciones de la periferia, especialmente luego del desprestigio en que han caído los sectores socialdemócratas en su afán de demostrar a las clases dominantes mayor eficiencia que su representación natural en la administración del Estado. Gobiernos cada vez más comprometidos con la defensa de esos sectores, integrados por su representación más legítima, han comenzado a reemplazar a quienes buscaron disputar con ellos mayor diligencia en hacerlo. La derrota de los sectores dominados también ha alcanzado a sus mentores.

Esta es una constante que puede, sin embargo, revertirse. Pero ello sólo es posible cuando un movimiento social de gran envergadura comienza a amenazar a las clases dominantes y a su fracción hegemónica, haciéndoles abandonar sus propósitos. Entonces, los intentos de percibir una cuota cada vez más alta de plusvalor absoluto, en virtud del aumento de la jornada de trabajo por veinticuatro meses -como ha sucedido en España y Francia, y parece amenazar extenderse a todo el orbe-, son desbaratados. La jubilación -cuya etimología proviene del latin jubilatio, que significa júbilo, gozo, alegría de vivir, término de la servidumbre y del trabajo, comienzo de una vida plena-puede, de esa manera, recuperar su verdadera naturaleza, y no continuar siendo la inevitable antesala de la muerte del trabajador, como pareciera ser el inconfesable deseo de las clases dominantes y de su fracción hegemónica.

Santiago, febrero de 2011

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