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Los fundamentos del paro nacional en Chile 

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1.   
El capitalismo
en Chile se resume en la hegemonía y concentración económica -y por extensión,
política y militar- de los grandes propietarios nativos y extranjeros
(intervinculados) versus la ampliación del trabajo precario, informal,
flexible, rotativo, polifuncional y sin regulaciones. El capitalismo es el modo
ordenador de la realidad de manera compleja, integral y contradictoria; y
organiza el trabajo y la reproducción general de la vida de acuerdo a su
movimiento y las demandas históricas -coyunturales y estratégicas- de sus
intereses. La desigualdad social (el país está dentro de los 10 más
inequitativos en la distribución de la renta del planeta) es sólo una de las
formas en que se expresa la más brutal apropiación privada de la riqueza humana
y natural, la soberanía, y los bienes y servicios generados socialmente por las
mayorías productoras. Esto es, la desigualdad social, únicamente es el efecto
de la liberalización extrema de la economía, devenida en paraíso para los
inversionistas transnacionales, y la privatización general de todos los
derechos sociales y recursos naturales (salud, educación, seguridad social,
previsión, vivienda, minerales, agua, energía, territorio, aire). Si bien, en
particular en Chile, la rectoría del capital financiero y la especulación sobre
los otros momentos del capital (productivo, comercial) comenzaron a mediados de
los 70 del siglo pasado, en plena dictadura militar, la tendencia se incrementó
-incluso con mayor legitimidad y fuerzas- durante los gobiernos civiles post
Pinochet.

Cuando se habla de la hegemonía del capital financiero,
quiere señalarse un estadio concreto del devenir del capitalismo donde regenta
el momento financiero de la economía capitalista encargado de reciclar la parte
del capital (que es puro trabajo acumulado) que, a causa de la sobreproducción,
no le es posible revalorizarse en la producción concreta de bienes y servicios.
El sistema financiero por sí solo no crea valor nuevo. Es decir, es puro
capital ficticio y especulativo no productivo, y, en general, renta respecto de
un interés en relación a un crédito, a una deuda, a una promesa de pago. El
cambio realizado por la economía norteamericana a inicios de los 70, al liberar
al dólar de su respaldo en oro, incrementó de manera sideral el rol del capital
financiero sobre la producción real, e inició un nueva fase signada por la
mundialización financiera y comercial del mercado, la destrucción cada vez
menos creativa de fuerzas productivas (síntesis de una dinámica
contradictoria), la deslocalización, y el gobierno de la bolsa. Ello no
significa que se termina el capital productivo y su momento de distribución o
comercialización, sino que el capital financiero subordina la producción y
comercialización mismas del capital como nunca antes en la historia de la
humanidad.  En Chile este proceso fue
facilitado por la dictadura militar (victoria contundente en las relaciones de
fuerza del capital sobre el trabajo) y se manifiesta, por ejemplo, en las
formas de capitalización individual del antiguo sistema de previsión social, y
en la creciente colocación de la riqueza producida por la exportación de cobre
en activos e instrumentos financieros 
contra intereses en el gran casino planetario. Este fenómeno ha
intensificado el carácter rentista e interdependiente de la fracción del
capital antes llamado "nacional", pero en la realidad sometido por la tasa de
ganancia del gran capital mundial cada vez más concentrado. Esta es la misma
naturaleza  de la clase dominante que
opera en el país.

Por otra parte, pero siempre en el mismo sentido, los
Tratados de Libre Comercio, por ejemplo, firmados por el democratacristiano
Eduardo Frei Ruiz-Tagle y el socialista Ricardo Lagos Escobar, sólo han
rubricado formalmente la destrucción de lo que quedaba de industria criolla
-incapaz de competir con los gigantes mundiales-, y consolidado la situación de
Chile como una nación condenada a la exportación de materias primas no
elaboradas, como el cobre, la madera (en un lejano segundo lugar), y el pescado
(en un todavía más distante tercer lugar). Las arcas fiscales (aval del capital
y en las últimas décadas, subvencionadora de los programas sociales
asistencialistas de los gobiernos de turno) están sometidas al precio del
cobre, en un contexto donde únicamente el 27% continúa en propiedad del Estado,
mientras un 73% es explotado por el capital privado y extranjero que, por lo
demás, paga impuestos insignificantes y cuyas ganancias son convertidas en activos
financieros e inversiones fuera de Chile.

2.   
¿Cómo en un país que tuvo una clase trabajadora ejemplarmente organizada entre
los años 50 hasta el golpe de Estado de 1973, la relación capital / trabajo se
encuentra tan descompensada cuando termina la primera década del siglo XXI?
Naturalmente, la represión criminal de las FFAA al servicio del capital es una
de las razones sustantivas. No sólo fueron demolidos los partidos y
destacamentos políticos populares más importantes que alcanzaron su apogeo en la Unidad Popular,
sino, de igual o peor forma, fueron exterminados los líderes, cuadros y
sectores más voluntariosos y concientes de los intereses de los trabajadores y
el pueblo. Esa es una razón. Otra, no menos relevante, corresponde a
incontables militantes de la izquierda, a niveles de dirección e intermedios,
que durante la década de los 80 hipotecaron el ideario socialista a cambio de
"un mejor pasar" y adquirieron las expresiones ideológicas provenientes de los
intereses de la clase dominante, minoritaria y gran propietaria. Esos fueron
los que negociaron la salida pactada de la dictadura -ya inútil para el propio
imperialismo-, manteniendo intacto el proyecto económico impuesto por la 
Escuela de Chicago, y estableciendo las maneras de una
democracia encorsetada, puramente formal y reproductora incesante de los mismos
intereses de clase que reinaron en el período anterior. Además de estas dos
razones poderosas que explican en gran medida las dificultades para la
recomposición del movimiento popular en el país, se encuentra el refinamiento
de los dispositivos de alienación y consenso empleados por la clase en el poder
para postergar y amañar la conflictividad social. Aquí no sólo es preciso
apuntar la ya tradicional concentración de todos los medios de comunicación de
masas, los programas escolares, las leyes antipopulares, la cooptación
política, la promoción de la delincuencia a través de la industria de la droga,
la exclusión de la juventud popular, la ignorancia premeditada, y la profusión
de religiones que, en conjunto, constituyen una estrategia general de
domesticación, normalización, fatalidad, racismo, patriarcalismo y legitimación
del actual orden de cosas como "el único posible". Un aspecto adicional,
gravitante y relativamente novedoso en el plano de la alienación social
digitado desde el Estado-corporativo o gran empresarial, es el endeudamiento
extraordinaria -o acceso sin regulaciones al dinero para consumo- de los
trabajadores y el pueblo, único medio que explica el doble movimiento del micro
crédito fácil. Esto es, por un lado engorda las utilidades de las casas
comerciales y bancos que venden crédito a intereses leoninos; y por otra parte,
mantiene a los endeudados, en especial a los trabajadores, esclavizados
respecto de las cuentas impagables, a expensas del fetiche de la mercancía, e
inmovilizados a la hora de pelear por sus derechos debido al temor a perder el
empleo -ya malo- y acabar incapacitados de renegociar sus deudas, con las
consecuencias jurídicas y penales que ello comporta.

3.   
Políticamente, los partidos tradicionales de la minoría dominante y sus
fracciones -en crisis permanente, pero con mucho tiempo para recrearse a causa
de la inexistencia de un movimiento popular constituido y de alta frecuencia-
se distribuyen bajo la lógica formal de la alternancia en la administración del
Estado (Concertación /Coalición por el Cambio), y estratégicamente representan
el mismo proyecto de clase como se ha probado objetivamente en innumerables
análisis e ilustraciones (de todo color) sobre las relaciones sociales
hegemónicas en el país,  y ante todo, a
través de la realidad dura y  mala vida
de la mayoría de los chilenos. Los matices de las componendas políticas, hoy
oficialista y ayer oposición, no impactan estructuralmente en la existencia
cotidiana de los trabajadores y el pueblo. Por eso los trabajadores y el pueblo
están mandatados a construir su propia alternativa política, y ella será hija
del movimiento real de la lucha social. Sólo de allí saldrán las pistas
cardinales para cambiar la vida y la nueva conducción política de las grandes
mayorías explotadas y oprimidas. Y, por otro lado, la superación del
capitalismo, como no funciona como necesidad histórica predeterminada, será
fruto, ante todo, de la relación dinámica de la voluntad de lucha y
organización, como de las propias condiciones materiales de la población
malograda.

4.   
Una de las formas de gatillar el prólogo de un nuevo ciclo de lucha social, es
el paro nacional. Esto es -lejos de cualquier consignismo-, la articulación
premeditada de la unidad de los más amplios sectores de los trabajadores y el
pueblo por demandas tanto históricas, como la renacionalización del cobre
-fuente principal del crecimiento real de la economía nacional y, por tanto,  base insoslayable para una eventual
industrialización y auténtica soberanía bajo paradigmas asociados al cuidado de
la naturaleza y al desarrollo sustentable y a largo plazo-; como de las
reivindicaciones y derechos sociales elementales, hoy inexistentes. Esto quiere
decir, salud, educación, vivienda y seguridad social públicas de excelencia y
acceso universal; salario adecuado, empleo estable (para frenar, tanto el
endeudamiento plástico, como las enfermedades y accidentes laborales);
posibilidad de créditos productivos de bajo precio y alta regulación del
sistema financiero. Asimismo, y de manera distintiva, se agregan en el mismo
estadio, las reclamaciones territoriales, políticas y culturales del pueblo
mapuche. Naturalmente, cada sector de los trabajadores y los pueblos tiene como
punto de arranque demandas propias que, voluntaria y premeditadamente deben
sintetizarse en una plataforma de lucha de sentido inmediato y urgente.  El paro nacional es, por un costado, un
inicio tendiente a romper el inmovilismo general y las luchas parciales, y por
otro, un punto de llegada táctico con indudable unidad de sentido. Se trata de
la política necesaria para un período (por ejemplo, el tiempo que comprende el
actual gobierno). Es decir, el paro nacional es producto de un proceso de
construcción de condiciones y concertación de fuerzas. Y, si bien Piñera no es
Pinochet, el aprendizaje político que dejó la lucha contra la dictadura
militar, indica que para el llamado airoso a un paro nacional -que en Chile
primero será mucho más el marco indispensable para una protesta nacional que
una huelga general en términos clásicos- debe realizarse la reunión -al menos
suficiente cualitativamente- de la autoridad histórica y legítima de las
grandes mayorías: los trabajadores. Claramente, la militancia popular debe
abocarse no sólo a la propaganda o a testimoniar las injusticias del
capitalismo. Su tarea prioritaria debe ser la concentración en particular de la
unidad, primero de los más organizados.

La convocatoria a un paro nacional que provoque las condiciones ampliadas de la
protesta social multisectorial y multicultural, tiene que llevarse a cabo por
los asalariados de los territorios estratégicos de la economía chilena. Esto
es, los trabajadores del cobre, la banca, los forestales, la pesca, el
comercio, el transporte y el cuentapropismo organizado. El horizonte táctico de
un paro nacional -de acuerdo a las formas descritas- no demanda una alineación
política de alta densidad ni pactos ideológicos. De acuerdo a la propia
realidad, las agrupaciones de trabajadores de las áreas estratégicas de la
economía deben convenir una plataforma básica, inclusiva, amplísima, plástica y
práctica, legible e incuestionable.  El
objetivo es que en las formas y los contenidos, los llamados a convocar al paro
nacional den cuenta de las demandas más sensibles de las mayorías nacionales.
Eso resultaría más que suficiente para desatar, de menos a más,  el malestar social todavía agazapado de los
populares. Aquí se propone una forma determinada por el descontento de los
muchos, que privilegia la lucha por abajo y en los espacios públicos hoy
empapelados por la publicidad y la vigilancia. Aquí se propone los pasos
primeros para devastar el fatalismo y la paz de cementerios que exige la
superexplotación laboral, el despojo de los recursos naturales, el castigo a la
disidencia. Aquí se propone una forma para comenzar la demolición a largo plazo
de una sociedad inhumana y estructuralmente desigual. Se trata de ofrecer, a
través de luchas dispersas, pero existentes, una respuesta a cómo, lo más
concertadamente posible, inaugurar un nuevo ciclo del movimiento social en
Chile con sentido.
Noviembre 6 de de 2010

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