Un volcán extinguido resiste contra el poder
por Jaime Riera (Italia)
15 años atrás 4 min lectura
La "elite literaria
mundial" está celebrando por estos días con alborozo el triunfo de Mario Vargas
Llosa, nuevo campeón mundial de la especialidad, como si se tratara de una
gesta deportiva obtenida tras haber luchado contra "enemigos" o "rivales" que
se escondían hipócritamente en las sombras. Los mismos que desde los pisos
altos de esta elite del negocio editorial se venían quejando amargamente porque
desde hace años se concedía reiteradamente el Nobel a oscuras figuras que nadie
leía (o que por lo menos ellos no leían), poniendo oblicuamente en duda el
prestigio y la validez del premio sueco, ahora celebran que se haya hecho
justicia, que se haya iluminado el escenario en el que refulge un verdadero
ícono de la literatura.
A decir verdad, el prestigio y la validez del premio Nobel no ha sufrido
grandes mellas en la publicística de este ramo de la industria multinacional, a
pesar de la discutida arbitrariedad (no podría ser de otra manera, tratándose
de literatura) que sostiene sus decisiones. Cada año, en el mes de octubre, el
mundo editorial sigue, imperturbable, transmitiendo sus ansias y expectativas
contagiosas ante el inminante dictámen del oráculo nórdico.
No es el caso de realizar una vez más el balance de los grandes escritores que
no han obtenido el Nobel ni de los muchísimos mediocres que sí se lo han metido
al bolsillo. Advertimos, sin embargo, que una de las constantes en estas
decisiones del jurado es que cada cierto tiempo opta por premiar a un volcán
extinguido. Esto es lo que pasa con Vargas Llosa, escritor que en su juventud y
primera madurez fue uno de los buenos, uno de los mejores, pero que luego, ya
hace bastante tiempo, vio agotarse su veta propiamente literaria, aunque no su
vena polémica y su talento de publicista y articulista de periódicos. Se dirá
que ésta es materia opinable, y es cierto. Pero de opiniones y de gustos está
hecha la materia literaria, y son muchas las voces que han opinado, abierta o
solapadamente, sobre el eclipse de la creatividad de Vargas Llosa, incluso
asociándolo a la evolución de sus ideas políticas.
Sobre este punto, sin embargo, no convendría exagerar. Vargas Llosa nunca ha
manifestado simpatía por las dictaduras abiertas y sanguinarias o cosas por el
estilo, más aún, acusarlo impropiamente termina por favorecerlo en sus letanías
liberales. Desde el punto de vista político, Vargas Llosa abraza un liberalismo
decimonónico que no ha actualizado sus textos de referencia, pero digamos que
esto no es pecado mortal. Incluso su apoyo público a la candidatura de
Sebastián Piñera en Chile no puede ser visto como un viraje inesperado o como
una traición, sino simplemente como una inepcia que manifestaba el orden
natural de su evolución política.
¿Hay una relación directa entre el eclipse creativo y la radicalización
neoliberal en la obra de Vargas Llosa?
Dicho de otra manera, ¿lo segundo ha influido en lo primero? Es difícil
decirlo, parafraseando al mismo escritor: ¿en qué momento se nos jodió Vargas
Llosa? Los escritores son a menudo unos analfabetos políticos, bastaría citar
en el mismo ámbito geográfico a ilustres personajes como Borges o García
Márquez, quienes podrían incluirse en la categoría de los volcanes extinguidos,
pero no en aquella de los que se cambian de chaqueta (reaccionario uno y
conformista el otro, amigos de dictadores ambos, a nadie le importaba mucho).
Pero tampoco habría que exagerar en el sentido opuesto: el jurado del Nobel ha
explicado que Vargas Llosa se merece el premio "por su tenacidad en la
resistencia contra el poder". Curioso como justificación de un premio
literario, pero también ininteligible: ¿Cuál es el poder contra el que resiste
Vargas Losa? ¿Se ven sus heridas en esta heroica lucha contra el poder? ¿Es "el
poder" una entelequia ahistórica que nos permite pasar por resistentes sin
entrar en detalles? ¿Dónde está el poder, para la academia sueca? Durante mucho
tiempo, Vargas Llosa ha declamado su lucha contra los fantasmas del poder,
queriendo hacernos creer que el enemigo de la humanidad es todavía el
totalitarismo de la primera mitad del siglo veinte y que el avance libre e
incontenible del capitalismo más voraz abre las puertas al triunfo de la
libertad en el mundo entero. Allá él, cada cual es dueño y señor de sus opiniones
y despropósitos, pero cabe dudar de que se lo pase muy mal en las trincheras de
esta enconada resistencia.
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