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Ahora la guerra de la oligarquía colombiana es contra Venezuela 

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La clase dominante colombiana, rancia y oligárquica, atascada en una
visión retrógrada y aristocrática del mundo, ha sido secularmente la
quinta columna del imperialismo estadounidense dentro de América Latina.
Se trata de un estamento social fosilizado, que comenzó a formarse en
el período colonial y que ha logrado monopolizar férreamente el poder
hasta nuestros días, principalmente mediante la violencia.  Racista,
fascista y absolutamente refractaria al progreso social, ha generado en
Colombia una situación de conflicto interno endémico, que bien puede
afirmarse arranca desde la misma declaración de independencia en 1810.
De los doscientos años de vida republicana, Colombia ha pasado ciento
quince desgarrada por conflictos bélicos de distinta naturaleza, cuyo
origen se encuentra invariablemente relacionado con el accionar de la
oligarquía. En algunos casos los conflictos resultaron de
contradicciones entre las fracciones de dicha oligarquía, por el botín
que representaban los recursos del Estado. Sin embargo, durante la mayor
parte del tiempo en que Colombia ha estado sumida en la guerra, el
objetivo de la oligarquía siempre ha sido el de preservarse a sí misma
como clase dominante, aplastando por la fuerza las luchas del pueblo por
la libertad y la justicia.

Uno de los episodios más horrendos de esa represión sistemática del
pueblo trabajador fue la llamada Masacre de las Bananeras: en diciembre
de 1928 en una localidad del Departamento de Magdalena más de 10.000
trabajadores de la compañía estadounidense “United Fruit Company”
iniciaron una huelga para exigir derechos básicos establecidos en la
legislación y un aumento salarial. Atendiendo al llamado del Gobernador
los trabajadores se congregaron en la plaza del pueblo, creyendo que
ello significaba que había disposición para negociar sus
reivindicaciones. En lugar del Gobernador se despachó al sitio un
contingente militar que abrió fuego sobre la multitud asesinando a 3000
personas aproximadamente, según Gabriel García Márquez, premio Nóbel de
Literatura y uno de los más conspicuos cronistas de la masacre. La
United Fruit Company acumuló un tenebroso prontuario en América Latina,
no solamente porque sobreexplotaba despiadadamente a sus trabajadores,
sino porque provocó el famoso Golpe de Estado que derrocó a Jacobo
Arbenz, presidente electo de Guatemala, el 27 de junio de 1954,
orquestado por la CIA y apoyado explícitamente por el presidente Dwight
Eisenhower.

La última ola de violencia en Colombia se inició exactamente el 9 de
abril de 1948, tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en las calles
de Bogotá, por parte de un sicario contratado por representantes de la
oligarquía conservadora, con el tácito consentimiento de los servicios
secretos estadounidenses. Gaitán era un miembro del Partido Liberal de
ideas socialistas, quizá el mejor orador de toda la historia
latinoamericana, que había entablado una relación cuasi simbiótica con
las masas populares colombianas, sobre la base de sus valores éticos y
de su irrenunciable compromiso con el cambio social. “Yo no soy un
hombre, soy un pueblo, y el pueblo es superior a sus dirigentes”, solía
decir Gaitán. A raíz de su asesinato, la noticia se difundió a todo el
país. En Bogotá, una manifestación espontánea linchó al asesino del
dirigente liberal. Enseguida, la ciudad fue devastada: tras varios días
de revueltas el saldo fue de cerca de 3000 personas muertas o
desaparecidas y más de 146 edificaciones destruidas, sobre todo en el
centro de la ciudad. Pero las revueltas se verificaron en otras ciudades
del país, y lo que en lo sucesivo se conocería como “El Bogotazo”
marcaría el inicio de un período sangriento, de enfrentamiento entre
liberales y conservadores, que los historiadores han dado en llamar “La
Violencia en Colombia”, que ocasionó la muerte, solamente entre1948 y
1960, de más de 200.000 colombianos.

Con el propósito de frenar la violencia, y evitar una revolución social,
liberales y conservadores decidieron entonces conformar el “Frente
Nacional”, cuya vigencia se extendió de 1958 a 1974,  consistente en un
acuerdo conforme al cual ambos partidos se alternarían en el poder. Pero
ello no impidió que las luchas populares prosiguieran y se
constituyeran en ese contexto "repúblicas independientes" en diferentes
regiones del país, es decir, suertes de territorios liberados de
población campesina donde el ejército no podía penetrar, entre las que
destaca la llamada "República de Marquetalia", uno de cuyos fundadores
fue el fallecido Manuel Marulanda, hasta hace poco comandante de las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), creadas a mediados
de los años 60. Desde entonces, aunque adquirió otro carácter, toda vez
que esta vez la lucha armada no reivindicaba los ideales del Partido
Liberal sino del marxismo-leninismo, la guerra interna en Colombia se ha
potenciado y no hay perspectivas de que cese, a menos de que se
concluya un pacto durable entre los factores en conflicto.  El gobierno
del Presidente Chávez se ha ofrecido repetidas veces como mediador,
porque la guerra en Colombia nos afecta, al punto de que cuatro millones
de colombianos han emigrado a Venezuela, pero la oligarquía colombiana,
emulando de alguna manera a Israel en su actitud intransigente y
arrogante, parece no tener interés en que se instaure la paz.

Entretanto, la situación en Colombia se ha ido degradando. A pesar de
ser un país con un gran potencial, porque cuenta con una población
dotada de un inmenso amor al trabajo, ingeniosa y creativa, sin hablar
de sus recursos naturales, la violencia se ha hecho crónica, y los
indicadores socioeconómicos dan muestras de que la crisis social se está
profundizando. En efecto, según las Naciones Unidas, Colombia descendió
del puesto 49 en 1996 al 77 en 2009 en términos de Desarrollo Humano y
está hoy en día en el primer puesto en inequidad en América Latina. La
tasa de desempleo en 2009 era de 14,2% y la de pobreza superior al 46%.
Comparativamente, Venezuela ha realizado progresos considerables,
reseñados  por el coordinador residente en Venezuela de la Organización
de Naciones Unidas, Alfredo Missair, al afirmar que “Venezuela pasó de
ser un país de desarrollo humano medio a un país de desarrollo alto”. El
desempleo está en el orden del 6% y la pobreza disminuyó de 49% en 1998
a 26% en la actualidad. Asimismo, Venezuela tiene el grado de
desigualdad más bajo de toda América Latina.

Esta irrebatible evidencia no le impidió al representante de Colombia
ante la Organización de Estados Americanos, Luis Alfonso Hoyos, en su
sesión del 23 de Julio del presente año 2010 criticar las políticas
económicas y sociales adelantadas por el Gobierno Bolivariano
venezolano. Su diatriba en contra de Venezuela, denunciando la
existencia en nuestro país de bases permanentes de la guerrilla
colombiana, fue grotesca y carece de todo fundamento. Las pruebas
presentadas se reducen a fotografías que pudieron haber sido tomadas en
cualquier parte del mundo. 

El hecho es que la guerra en Colombia es un problema endógeno, que ha
sido exportado tanto a Venezuela como a Ecuador, países limítrofes en
los cuales no existen fuerzas insurgentes y donde los conflictos
políticos se dirimen democráticamente, vale decir, a través de procesos
electorales justos y transparentes, en los cuales participa la mayoría
de la población, y no como en Colombia, en donde la abstención (al igual
que la guerra) se ha hecho endémica, promediando desde hace muchas
décadas el 60% en cada elección. En Colombia es la mayoría de la minoría
la que elige los gobiernos “legítimos”, y ello concierne
particularmente al presidente saliente y “súper popular” Alvaro Uribe,
reelecto en el 2006 con una abstención superior al 55%, la misma tasa
por cierto que se verificó cuando resultó electo Juan Manuel Santos,
quien asumirá la presidencia el próximo 7 de agosto.

El país de América Latina que más porcentaje de su Producto Interno
Bruto destina a gasto militar es Colombia, con el 3,7%, dos décimas más
que Chile, que ocupa el segundo lugar. Por su parte, el gasto militar de
Venezuela apenas alcanza el 1,5% del Producto Interno Bruto, habiendo
sido el país latinoamericano que más redujo su presupuesto militar en
2009, precisamente en un 25%. Colombia cuenta con 500.000 efectivos
militares, lo que lo convierte en el ejército más grande de América
Latina,  y es además el tercer receptor de ayuda militar estadounidense
después de Israel y Egipto.  Más allá, los Estados Unidos han suscrito
un acuerdo con Colombia que les permitirá acceso irrestricto a 7 bases
militares en ese país. Si a ello añadimos las bases estadounidenses en
las Antillas Holandesas y Panamá, encontramos que Venezuela está
actualmente rodeada por 13 bases militares enemigas, a lo cual hay que
agregar el contingente de 15000 marines recientemente destacado en Costa
Rica, acompañados de 7 portaviones con sus flotillas y 3 submarinos. 

De acuerdo a un estudio reciente de la Agencia de Evaluación Geológica
de los Estados Unidos, Venezuela albergaría la más grande reserva de
petróleo recuperable a escala mundial, estimada en 514 millardos de
barriles. Así pues, las condiciones objetivas y subjetivas están
reunidas para que se produzca un ataque a Venezuela, en el cual la punta
de lanza será la oligarquía colombiana, que teme que el efecto
demostración de la Revolución Bolivariana soliviante a las masas
colombianas empobrecidas y explotadas, hartas de siglos de opresión.
Ojalá nos equivoquemos, pero tanto el imperialismo declinante
estadounidense y sus aliados, como la paranoica oligarquía colombiana,
son capaces de cualquier cosa, para preservar sus perversos y oscuros
intereses. La invasión a Iraq, la intervención militar en Afganistán,
las amenazas en contra de Irán y el respaldo incondicional a la
ocupación sionista en Palestina, constituyen pruebas elocuentes de que
la fuga hacia adelante del imperialismo estadounidense no conoce
límites. La historia los condenará…

– El autor es Embajador de la República Bolivariana de Venezuela en el Reino Hachemita de Jordania

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