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Religiosidad y bienestar personal 

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Humanizar

A finales del siglo pasado, en su discurso inaugural como presidente de
la American Psychological Association, el conocido psicólogo Martin E.
P. Seligman dio carta de ciudadanía a la Psicología Positiva, ámbito de
investigación que se ha ido desarrollando con una fuerza cada vez mayor
en los últimos años, como perspectiva complementaria al modelo centrado
en la psicopatología, considerado hoy día como sesgado e insuficiente
por muchos.

La Psicología Positiva supone el desarrollo de un «modelo salugénico» en
Psicología, orientado a la promoción y el desarrollo personal,
complementario del tradicional «modelo patogénico». En ella se albergan
muchas esperanzas teóricas y aplicadas, especialmente en la Psicología
Clínica y de la Salud. Se aboga por una Psicología orientada a la salud,
el bienestar subjetivo y psicológico y el crecimiento personal, como un
nuevo campo de investigación empírica con garantías científicas y
aplicaciones directas en la prevención de trastornos mentales (incluso
físicos) y en la intervención psicoterapéutica, al que Seligman denomina
Salud Positiva (Positive Health).

Psicología positiva y salud

En relación con ello, se sigue la definición de salud de la OMS, que ya
no es entendida, tampoco desde la Psicología, como la mera ausencia de
enfermedad, sino que incluye necesariamente el bienestar psicológico
junto al físico y social. Esta organización define la salud me n t a l c
omo u n estado de bienestar en el que se es consciente de las propias
capacidades, se es capaz de afrontar las tensiones normales de la vida,
se puede trabajar de forma productiva y fructífera y se es capaz de
contribuir a la propia comunidad. La Psicología Positiva puede
contribuir enormemente a la salud, no sólo mental sino general, de la
población.

Para Seligman, la dimensión subjetiva de la salud positiva incluye
sentido de bienestar físico, ausencia de síntomas de pesadez, sentido de
durabilidad, resistencia y confianza en el propio cuerpo, un locus de
control sobre la salud interno, optimismo, alto nivel de satisfacción
vital, emoción positiva, mínima y adaptativa emoción negativa, alto
sentido de com promiso y sentido de la vida. Además de los beneficios
para los individuos, es obvio el beneficio que para la sociedad en
general tiene potenciar el bienestar psicológico y subjetivo de los
individuos, promover su salud general, la capacidad de afrontar amenazas
y evitar la aparición y/o agravamiento de padecimientos físicos y
mentales.

Felicidad y emociones

Quizás el término que sintetiza todas estas ideas, de manera plena, es
el de «felicidad», constructo procedente del ámbito de la filosofía
moral que se relacionaría, según Seligman, con tres tipos de emociones
positivas: las relacionadas con el pasado (satisfacción, realización
personal, orgullo y serenidad), las relacionadas con el presente
(placeres momentáneos, que pueden ser corporales y superiores, y
gratificaciones duraderas) y las relacionadas con el futuro (optimismo,
esperanza, fe, confianza y seguridad).

La felicidad, para este autor, se logra a través de lo que podríamos
denominar la «buena vida»  (pleasant life), el compromiso (engagement
life) y la vida plena de sentido (meaningful life). En tanto que
bienestar subjetivo, sinónimo de felicidad y de satisfacción vital, se
entiende en relación con un estado psicológico consistente en la
satisfacción con la propia vida (factor cognitivo), nivel elevado de
afecto positivo y nivel bajo de afecto negativo (factores afectivos),
con beneficiosos efectos sobre la salud, el bienestar personal y el
desarrollo personal.

La religiosidad

Llegados a este punto, podemos plantearnos el siguiente interrogante en
relación con el título de este artículo: ¿Qué relación existe entre la
religiosidad, la felicidad y el bienestar personal? ¿Están las personas
religiosas más satisfechas con su vida y experimentan ésta con mayor
sentido que las no religiosas? ¿Son, en definitiva, las personas
religiosas más felices que las no religiosas? Según la literatura
especializada, la religiosidad se halla íntimamente vinculada al
fenómeno humano de la búsqueda de significado de la realidad y, de
manera especial, a la propia existencia personal.

e inserta, con ello, en un proceso de búsqueda global de significado. Se
enmarca dentro de una tentativa que trata de «dar un significado» al
hombre mismo, al mundo y a la relación del hombre con el mundo. Ofrece
un horizonte de sentido desde el cual orientar la propia existencia. En
relación con esto, Viktor Emil Frankl, fundador de la logoterapia,
sugería que para poder ayudar a las personas a encontrar el sentido de
sus vidas era importante, y en ocasiones de crucial interés, remitirse a
sus creencias y convicciones religiosas. Y antes que él, autores
clásicos en el estudio de la religión como E. Durkheim, W. James y M.
Weber hacían referencia a los efectos positivos de la religiosidad sobre
la salud, tanto física como psicológica.

Efectos que han sido evidenciados empíricamente por gran cantidad de
investigaciones, cuyos resultados parecen ser bastante claros respecto a
las relaciones entre religiosidad (creencias y prácticas tales como
asistencia al culto y la oración, formar parte de una comunidad que
comparte convicciones y emociones) y bienestar psicológico, satisfacción
vital, felicidad y logro de sentido existencial, entre otras variables.

¿Qué nos aporta la religión?

Para el mismo Seligman, la religión se asociaría positivamente a la
felicidad, básicamente por tres razones: aporta un sistema de creencias
coherente que permite encontrar un sentido a la vida, tener esperanza
ante el futuro y afrontar positivamente, con optimismo, las
adversidades; la asistencia al culto y formar parte de una comunidad
permite contar con apoyo social, emocionalmente significativo; y se
asocia a un estilo de vida más saludable, a un mayor y mejor cuidado del
propio cuerpo, de las relaciones interpersonales y del trabajo.

Así pues, creencias que aportan coherencia, esperanza y optimismo frente
a la adversidad, participación en actividades comunitarias que ofrecen
apoyo social y un estilo de vida saludable, todo ello promovido por la
religión, pueden ser importantes fuentes de felicidad. Además, la
espiritualidad es una fortaleza relacionada con la felicidad, pudiéndose
desprender que es un factor de crecimiento personal y resiliencia ante
la adversidad de primer orden.

Relaciones positivas

Sumariamente, algunas investigaciones empíricas realizadas durante las
últimas décadas al respecto indican que existe una relación positiva
entre:

• Religiosidad intrínseca, sentido de la vida y satisfacción vital.

• Pertenencia a un grupo religioso, importancia concedida a la religión y
aprecio por las tradiciones, asistencia al culto y práctica de la
oración, y felicidad, satisfacción vital, sentido de la vida y actitud
positiva ante la vida.

• Importancia concedida a la religiosidad, contento existencial y
esperanza de poder configurar la propia vida.

• Convicciones religiosas y autoestima.

• Experimentar sentimientos de pertenencia a «comunidades morales»,
especialmente las religiosas, y autoestima y logro de sentido de la
vida.

• Asistencia al culto y estabilidad a través de las distintas etapas
vitales, al enfatizar un sentido de la vida duradero e intrínseco,
promover un sentimiento de ser bendecido por Dios y proveer de recursos,
tanto personales como comunitarios, que incrementan el afrontamiento de
las pérdidas que acompañan el proceso evolutivo.

• Pertenencia a una comunidad de fe, que aporta apoyo emocional, y
bienestar subjetivo, sentimiento de felicidad y experiencia de emociones
positivas llenas de sentido, sobre todo en personas mayores. También
aporta recursos para afrontar el estrés y una expectativa de vida más
larga.

• Asistencia regular a los servicios religiosos, participación en
actividades religiosas y propensión a experimentar y expresar gratitud.
La religión, en cuanto supone un conjunto de creencias sobre la vida en
general como un don, podría ser un potente facilitador de la gratitud,
virtud que se ha demostrado fundamental para la felicidad.

Asimismo, las convicciones religiosas, la participación religiosa y/o la
práctica de la oración se asocian a mejor resultado sobre la salud
mental, inferiores niveles de distrés, menos síntomas depresivos y
disminución de la ansiedad, disminución de la probabilidad de ansiedad,
abuso y dependencia de alcohol y otras drogas, depresión clínica y
mortalidad. Esta relación positiva entre religiosidad, salud
psicobiológica y satisfacción vital se encuentra tanto en el
cristianismo como en tradiciones religiosas no occidentales.

Obviamente, no es condición imperativa ser religiosamente creyente y
practicante para gozar de salud, tanto física como mental. Pero, a la
luz de las investigaciones empíricas, parece innegable que existe una
positiva y significativa relación entre la religiosidad, bajo sus
múltiples modos de expresión –en términos de creencias y prácticas– y
variables asociadas al bienestar personal, incluyendo bajo esta
denominación el bienestar psicológico, la felicidad, la autorrealización
y el sentido de la vida.

Si las personas más religiosas se muestran más satisfechas con la vida y
felices que las menos religiosas, cabe concluir que se trata de una
variable a tener en cuenta en referencia con la salud y el bienestar.
Vale la pena, pues, conceder una oportunidad a la religión y a la
práctica de la espiritualidad, a través de la oración, la participación
cordial en la liturgia, la meditación, el yoga u otras formas válidas de
pacificar cuerpo, mente y espíritu, gozar saludablemente de ellos y
optimizar su funcionamiento.

(*) Joaquín García-Alandete, profesional de la Facultad de Psicología y
Ciencias de la Salud de la Universidad Católica de Valencia.

* Fuente: Redes Cristianas

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