Las nuevas prácticas políticas emergidas con fuerza desde las
resistencias y luchas de los movimientos sociales han conformado una
nueva militancia: capaz de concertar voluntades diversas y dispersas, de
dedicar parte de su tiempo a tareas de capacitación para que las
mayorías puedan participar con protagonismo creciente desplegando al
máximo sus potencialidades. Se trata de una militancia consecuente con
las propuestas que levanta, impuesta de que los desafíos
socio-transformadores no son tarea de élites mesiánicas, sino que
reclaman la participación protagónica plena de las mayorías conscientes.
Esto habla de diversidades que habrán de articularse y conjugarse, de
pluralidad de cosmovisiones, de horizontalidad en las interrelaciones y
miradas, de un nuevo tipo de organización y poder que se construye desde
abajo, con el protagonismo de los tradicionalmente considerados de
abajo.
Esto modifica de raíz lo que hasta ahora se suponía era la “razón de
ser” y actuar del militante: llevar las ideas y propuestas del partido
hacia el pueblo y sus organizaciones, aceptando la hipótesis de que la
misión histórica de las masas populares es la de organizarse para actuar
como “fuerza material” capaz de realizar (materializar) el programa
elaborado por el partido político (auto)considerado vanguardia.
La creciente movilización social y política de amplios sectores y
actores sociales ha ampliado el ámbito de los político, modificado el
accionar político y sus modos y, consiguientemente, llama a modificar la
concepción de la militancia y sus modalidades de actuación política,
generalmente centrada en la asistencia a las reuniones partidarias
periódicas, en el análisis de documentos internos, en disputas
domésticas, en debatir su perspectiva en los congresos, etc. Sin objetar
estas actividades, está claro que resultan insuficientes y confinadas
al “internismo”.
El desafío socio-transformador actual es civilizatorio. Construir una
nueva civilización es una tarea de gran magnitud para la que no alcanza
la movilización de los activistas, requiere de la participación y
creatividad de millones. A ello pueden contribuir todos aquellos que se
van comprometiendo con la actividad sociopolítica y también los
intelectuales orgánicos. Esto reclama desarrollar sostenidamente
prácticas democráticas, horizontales y participativas en lo que se va
construyendo, en el pensamiento y en la acción.
Se trata de ir configurando en las prácticas una pedagogía de la nueva
praxis política, aportando valiosos ejemplos para la conformación de un
nuevo tipo de militancia: solidaria, autónoma, consciente, responsable,
participativa, constructora y concertadora de la participación desde
abajo, en sus comunidades, con sus compañeros/as en su sector de
trabajo, en el campo, en la universidad, en el ámbito sociocultural
donde actúe, en la vida familiar, y en la organización social o política
en la que participe. En sus alforjas inspiradoras cuenta con los
aportes de la educación popular, cuyos principios y concepción fecundan
el pensamiento y las prácticas colectivas de la transformación social.
Es lamentable que todavía se halle tan disociada de las prácticas
políticas de la izquierda. Ello evidencia, de hecho, la sobrevivencia de
la cultura vanguardista.
Es tiempo de que la izquierda partidaria y su militancia pongan fin a su
distanciamiento jerarquizado respecto de los sectores sociales
populares; es vital suprimir las famosas "correas de transmisión" y
sustituirlas por el diálogo permanente, el aprendizaje mutuo, la
horizontalidad en las decisiones y el control popular.
Para decirlo de un modo comprensible para todos/as: la izquierda tendría
que realizar una autotransformación homóloga a la ocurrida en la
Iglesia Católica cuando el Concilio Vaticano II. Allí se explicitó que
“la Iglesia” no radicaba en el edificio del templo, sino en el pueblo de
Dios, y se les dijo a los curas que había que salir de los claustros,
llegar al pueblo y convocarlo a construir lo que sería entonces “su”
iglesia. Esto implicó para los sacerdotes desde cambios en su
indumentaria (sacarse la sotana distanciadora), hasta modificaciones en
su forma de practicar su religión: salir a buscar y escuchar al pueblo,
convivir con la población donde quiera que ella estuviese y fuese.
Aquel impulso cristiano sustentó prácticas comprometidas de curas y
mojas militantes, abrió las puertas a los llamados “curas del Tercer
Mundo” y la “Teología de Liberación”. Si resultó luego mediatizado,
relegado y hasta perseguido por sectores retrógrados de la institución
religiosa fue precisamente porque la experiencia fue un éxito en
relación con los objetivos.
Si la izquierda partidaria y su militancia hicieran “su concilio”
abriéndose hacia los pueblos, cambiando su lógica y sus prácticas,
tomando como punto de partida las realidades socioculturales de los
pueblos, asimilando y aceptando su diversidad de identidades y
cosmovisiones, apuntalando sus prácticas, impulsando la maduración de
pensamientos liberadores y de liberación, contribuiría a un cambio
cultural y político colectivo radical y revolucionario. Sería razón
suficiente.
* Fuente: Rebelión
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