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Memoria histórica. Detenidos-desaparecidos en Chile. Primera parte 

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Las declaraciones del embajador Miguel Otero al diario Clarín de
Argentina demuestran cuán necesario resulta en recordar la realidad de
lo ocurrido en Chile durante la cruel dictadura de Pinochet.

Es abismante escuchar a este destacado miembro de RN decir que ignora la
participación de Estados Unidos en la desestabilización del gobierno de
Allende, que ha sido tan extensamente documentada. También es increíble
que, sobre las violaciones a los derechos humanos, exprese: “yo no creo
sinceramente que haya sido un acto institucional… hay gente que abusa
de la autoridad y se extralimita”. Es grave ver que esta inconcebible
opinión tuviera el respaldo de Carlos Larraín y de Juan Antonio Coloma,
presidentes de RN y la UDI, respectivamente. Más seria aún fue la
manifestación de absoluta concordancia manifestada por el senador José
García Ruminot. Indefinidas parecieron las declaraciones del canciller,
Alfredo Moreno, al expresar: “No representa la postura del gobierno. Son
opiniones personales que son respetables y que naturalmente respeto”.

Como testigo directo de lo acontecido en Chile durante la tiranía de
Pinochet considero indispensable tomar partido por la verdad. Por ello,
presentaré una serie de artículos sobre un tema extremadamente
lamentable y penoso: los detenidos-desaparecidos. Este es el primero de
ellos.

El encontrar los cuerpos de los detenidos-desaparecidos en una dictadura
y descubrir los culpables para juzgarlos es un problema casi
insoluble.. Esto es especialmente dificultoso cuando las tiranías
terminan en una transición pactada, que subrepticiamente garantiza
impunidad. En España, la unanimidad del Consejo General del Poder
Judicial ha suspendido al juez Garzón por intentar ubicar los restos,
después de trascurridos más de 34 años de la muerte de Franco. En Chile,
en la mayoría de los casos, se desconoce el destino de los cadáveres,
lo que constituiría un desprestigio para los partidarios de la
dictadura. Pero, paradojalmente el partido político, nacido al amparo de
Pinochet, es mayoritario por votación popular y el Presidente Piñera,
elegido por una coalición de derecha, fue uno de los fervientes
defensores del dictador cuando estuvo detenido en Londres.

No cabe duda que la principal violación a los DDHH es asesinar y hacer
desaparecer los cuerpos de las víctimas. En Chile, antes del 11 de
septiembre de 1973, los casos de desapariciones forzadas, realizadas por
agentes del Estado, habían sido motivo de gran conmoción pública.
Originó gran revuelo el caso el profesor Manuel Anabalón Aedo ocurrido
en 1932, durante la breve dictadura de Carlos Dávila, que luego
provocaría el asesinato del periodista Luis Mesa Bell por su denuncia
del hecho. El impacto social de estos crímenes motivaron al presidente
Arturo Alessandri Palma a cambiar la dependencia del Servicio de
Investigaciones, desde Carabineros, al Ministerio del Interior

Raíz de la uniformidad metodológica de la represión en América Latina.
En 1962, el Secretario de Defensa del gobierno del presidente Kennedy,
Robert McNamara, como una reacción a la estabilización de la revolución
cubana, después del fracaso de la invasión de la Bahía Cochinos,
estableció la teoría de Seguridad y Desarrollo extendida a la totalidad
de los países latinoamericanos. Con esta maniobra se pretendía impartir
una ideología común antimarxista y evitar que otra nación de la zona
siguiera el ejemplo cubano. Surgió así la Alianza para el Progreso y el
establecimiento de una política de concientización y entrenamiento en
contrainsurgencia de los militares de América Latina. Tenía la ventaja
de no requerir invasiones con sus propias fuerzas armadas, lo que
despertaba animadversiones nacionalistas en su contra. En los hechos se
instalaba una especie de protectorado castrense de los países
hispanoamericanos bajo la tuición de Estados Unidos. Las palabras
expresadas por McNamara, al iniciar este proyecto, fueron claras
respecto a su objetivo:

“Probablemente el mayor rendimiento de nuestras inversiones en ayuda
militar proviene del adiestramiento de oficiales seleccionados y de
especialistas claves en nuestras escuelas militares y sus centros de
adiestramiento en Estados Unidos y ultramar (…) Son los líderes del
futuro, los hombres que dispondrán de pericia y la impartirá a sus
fuerzas armadas. No es necesario que uno se detenga a explicar el valor
de contar con hombres en cargos directivos con conocimiento de primera
línea de cómo los norteamericanos actúan y piensan. Para nosotros no
tiene precio hacernos amigos de esos hombres (…) Tenemos un largo
camino que recorrer para crear e instrumentar las contramedidas
efectivas a la guerra revolucionaria”.

En 1965, quizás aún no se cosechaban los frutos de tal preparación en
los militares dominicanos por expertos estadounidenses. Así, en el mes
de abril de ese año, se produjo una rebelión constitucionalista,
encabezada por el coronel Francisco Caamaño que pretendía reponer en su
cargo de Presidente en la República Dominicana al escritor y político de
tendencia socialista Juan Bosch, que había sido derrocado en 1962 por
un golpe militar, apoyado por Estados Unidos, a los siete meses de
desempeñar la Primera Magistratura. Invocando evitar una nueva Cuba,
Lyndon Johnson, calificando a Bosch de comunista, ordenó invadir el país
con 20.000 marines. Las tropas estadounidenses permanecieron allí hasta
preparar el acceso al poder de un hombre de su confianza, el
oportunista y ubicuo político Joaquín Balaguer.

En Brasil, en 1964, ya se habían logrado las condiciones para que los
militares entrenados en Estados Unidos depusieran al popular Presidente
izquierdista Joao Goulart, siguiendo la Doctrina Continental de
Seguridad Nacional entendida como la eliminación radical de los
marxistas. Allí los uniformados brasileros usaron los métodos de
contrainsurgencia aprendidos tales como matar despiadadamente, torturar,
hacer desaparecer, violar, reprimir violentamente a  cualquier
individuo rotulado de comunista o afín a éstos. Fueron aún más lejos
instalando, un centro de adiestramiento con asesores franceses
experimentados en la guerra de liberación de Argelia.

Después cosecharían plenos resultados en Bolivia, Uruguay, Chile y
Argentina, lo que explica la gran similitud de los procedimientos
represivos utilizados en Brasil, cuyos militares servirían de eficientes
asesores. Todos los golpes militares en esos países tendrían el mismo
sello de deshumanización de terrorismo de Estado asimilado en la Escuela
de las Américas.  Esto explica que no hubiese diferencias en la forma
de represión y asesinato de personas calificadas de marxistas en países
de larga tradición democrática y tolerancia a diversas ideologías como
Uruguay y Chile, porque sus Fuerzas Armadas y policiales tenían la misma
formación doctrinaria y adiestramiento en los centros norteamericanos
de contrainsurgencia. El general, Martín Balza, fue el único Comandante
en Jefe latinoamericano que pidió perdón por las atrocidades cometidas
por sus compañeros de armas, por lo cual fue duramente denostado por
Pinochet, calificándolo de traidor. Balza. comentaba que el golpe dado
en Argentina en 1976, había sido muy diferente a los anteriores por la
brutalidad ejercida. Esta desigualdad se debió a que la represión estuvo
a cargo de eficientes alumnos de la Escuela de las Américas.

 El éxito en implantar la ideología que los estadounidenses consideraban
necesaria a sus intereses, se comprueba patentemente en una carta del
coronel ® Benjamín Escobar Moreira publicada en la revista PEC de 26 de
julio de 1968 que, en su parte final, decía: “Una cosa si puedo
establecer perentoriamente. Que siendo un convencido y leal partidario
de la democracia, estaré con Estados Unidos en su lucha contra la
esclavitud y gustoso ofrendaré mi vida antes de aceptar la ignominia de
la subyugación a las fuerzas imperialistas y regresivas del comunismo
infamante”.

De todas formas, Estados Unidos no descartó totalmente la invasión con
sus propias fuerzas armadas. En octubre de 1983 la pequeña isla de
Granada, de 90.000 habitantes, fue ocupada para detener la llamada
“revolución del pueblo” encabezada por Maurice Bishop, muerto poco antes
de la invasión. Ronald Reagan declaró “llegamos apenas a tiempo para
evitar la ocupación de Granada por los cubanos”. En diciembre de 1989,
George Bush padre, ordenó la operación “causa justa” para derrocar a
Manuel Noriega, en base a la Doctrina de Seguridad Nacional.. Este
corrupto dictador había sido agente pagado de la CIA y colaborador de
los contra en Nicaragua, se le llamaba “el hombre de Washington en
América Latina”. Pero había cometido el pecado de hacer cerrar la
Escuela de las Américas y convertirse en una gran traficante de drogas
hacia Estados Unidos. En esta acción murieron entre 3.000 y 5.000
panameños. Noriega fue apresado y condenado en USA, en donde recibió un
trato preferencial. Ha sido liberado recientemente  y extraditado a
Francia, pero la Justicia panameña reclama que retorne a su país para
responder por sus crímenes

Motivaciones para hacer desaparecer los cadáveres.

La acción de eliminar los cuerpos de las víctimas es aberrante y
impropia a un comportamiento civilizado. Históricamente ha sido la forma
más agraviante de dañar a un adversario. La desaparición definitiva del
cadáver implica el permanecer en el limbo histórico de las “no
personas”, constituyendo el mayor ultraje que se puede infringir a un
ser humano. Las razones de los asesinos pueden ser diversas:

1.- En la tradición judeocristiana, es considerado trascendental
enterrar los fallecidos y honrar sus tumbas. En los griegos, eran muy
importantes las honras fúnebres, pues creían que el alma de un cuerpo
que no era enterrado estaba condenada a vagar por la tierra eternamente.
La célebre tragedia de Sófocles, “Antígona” recalca su trascendencia.
Dentro de estos valores sociales, el impedirlo implica incrementar el  
dolor y la pesadumbre ocasionada por la defunción. El occiso, fuera de
la muerte, sufre la afrenta de aparecer como una persona que nunca
hubiese existido. El odio irracional, puede llevar a un individuo
enajenado a provocar intencionadamente este inmenso daño psicológico a
los familiares. Un escalofriante ejemplo es el caso del fiscal militar,
Alfonso Podlech, quién, en Temuco, se negó a entregar el cadáver del
jefe zonal del Servicio Nacional de Salud, doctor Hernán Henríquez. Este
médico, consciente de no haber cometido delito alguno, al ser citado,
se había prontamente presentado al regimiento respectivo, junto al
dirigente de la FENATS, Alejandro Flores. Días más tarde se comunicó que
ambos habían sido muertos en un intento de fuga y enterrados. A la
viuda, Ruth Kries, Podlech se rehusó a entregar los restos de su marido,
aduciendo rudamente: “los enemigos de la Patria no tienen derecho a
tumba”.

 A los militares chilenos no les importó la existencia del artículo 120,
del Convenio de Ginebra que, de acuerdo a su honor, estaban
comprometidas a respetar. Esta disposición, que debe ser acatada por
todas las fuerzas armadas del mundo, establece: “las autoridades en cuyo
poder se encuentren los prisioneros, se cuidarán de que los fallecidos
en cautiverio, sean enterrados honorablemente, si es posible, con
arreglo a los ritos de la religión a que pertenezcan y de que las
sepulturas sean respetadas, decentemente mantenidas y marcadas de modo
que puedan ser siempre reconocidas. Los prisioneros serán enterrados
individualmente, salvo caso de fuerza mayor que imponga una tumba
colectiva”.

2.- El hacer desaparecer el cuerpo de un occiso, es un recurso utilizado
con frecuencia por el victimario, para escapar de ser condenado por el
crimen. Es difícil configurar el delito, si el cuerpo de la víctima no
aparece, no puede tenerse absoluta certeza de su muerte. Generalmente,
los asesinatos considerados perfectos, lo han sido por haber tenido
éxito en el ocultamiento o eliminación definitiva de los restos de sus
víctimas.. Esto hace entendible que, años después, cuando se
descubrieron los cadáveres en los hornos de Lonquén, Pinochet, con
mentalidad de tinterillo, adquirida en sus frustrados estudios de leyes,
dio la orden de hacerlos desaparecer definitivamente. Los militares se
preocuparon de desterrar todos los restos posibles, para eliminarlos,
incinerándolos, lanzándolos al mar o llevándolos a lugares inaccesibles,
evitando así el hallazgo de más cuerpos. Demuestra que Pinochet tenía
conciencia del delito y su pretensión de encubrirlo a toda costa.
Confiaba en que el pacto de silencio de los uniformados nunca se
rompería, pese al gran número de involucrados. Nunca se imaginó que, con
su detención en Londres, al producirse la instalación de una mesa de
diálogo para ayudar a su regreso, la muralla del silencio se derribaría
al reconocer los militares una masiva eliminación de los cuerpos.

3.- El temor y el odio a las víctimas, por haber constituido una amenaza
inminente a las propias vidas, puede conducir hacia conductas extremas,
como el asesinato con extrema crueldad y el hacer desaparecer los
cuerpos. El afán de venganza resulta incontenible, todo aparece
justificado al presentarse como una anticipación a la acción mortal del
adversario Este fenómeno ocurrió en Uruguay y Argentina con los
movimientos guerrilleros a los cuales se les atribuyeron funestos planes
que amenazaban la vida de la población. En Brasil, los militares dieron
a conocer un supuesto plan en que los partidarios del presidente
Goulart pretendían asesinar a militares y a partidarios de la derecha.
En Chile, copiando la pauta brasileña, se inventó la existencia del plan
Zeta. Se utilizó la estrategia de hacer aparecer al golpe militar como
un acción preventiva que se había anticipado a los propósitos criminales
de los marxistas. Mediante esta táctica, los represores no se sienten
dañando a seres indefensos, sino a perversos individuos que pretendían
matarlos a ellos. Se promovió la falsa disyuntiva: eran ellos o nosotros
Con este objetivo, se falsificaron pruebas de un plan de aniquilamiento
de opositores, tanto de militares como de civiles, supuestamente
fraguado por la Unidad Popular. El diario El Mercurio participó
gustosamente en la maquinación de la dictadura informando el 23 de
septiembre de 1973:  “La abertura a dinamitazos de la caja fuerte de la
subsecretaría del Interior dejó al descubierto el minucioso plan
elaborado para que se cumpliera el 17 de septiembre, a fin de asesinar
simultáneamente a los jefes de las Fuerzas Armadas, políticos de
oposición, periodistas y profesionales que discrepaban con el gobierno
depuesto”

La mayoría del PDC creyó en  la existencia del plan Zeta, y colaboró a
su difusión tanto en Chile como en el extranjero. El 17 de septiembre,
Patricio Aylwin, declaró a la prensa: Chile estuvo al borde del “Golpe
de Praga” que habría sido tremendamente sangriento, y las Fuerzas
Armadas no hicieron sino adelantarse a ese riesgo inminente“. Siete días
más tarde manifestó al diario NC News Service “La verdad es que la
acción de las Fuerzas Armadas y del Cuerpo de Carabineros no vino a ser
sino una acción preventiva que se anticipó a un autogolpe de Estado, que
con enorme poder militar de que disponía el Gobierno y con la
colaboración de no menos de 10.000 extranjeros que había en este país,
pretendía o habría consumado una dictadura comunista”. El ex presidente
Frei Montalva fue aún mas lejos en estas apreciaciones en sus
declaraciones a diario ABC y en su carta a Mariano Rumor. “Ya estaban
armadas las masas de guerrillas y bien preparado el exterminio de los
jefes del Ejército (…) el marxismo chileno disponía de un armamento
superior en número y calidad al del Ejército, un armamento para más de
treinta mil hombres, y el Ejército chileno no pasa normalmente de esa
cifra (…) Los militares han salvado a Chile y a todos nosotros, cuyas
vidas no son ciertamente tan importantes como la de Chile, pero son
muchas vidas humanas y todas amenazadas perentoriamente eran pocos los
pasos que quedaban por dar para instaurar en plenitud en Chile una
dictadura totalitaria”

Muchas torturas, muertes y desapariciones se debieron a este supuesto
plan que se demostró fue una siniestra artimaña para justificar el golpe
militar. La propia CIA registró su inexistencia en sus informes. El
general Gustavo Leigh admitiría, después de ser expulsado de la Junta
Militar, que él fue engañado por falsos documentos –hojas sueltas-  que
le fueron presentados por  el vicealmirante Patricio Carvajal, durante
una sesión de la Junta.

 4.- Hay un motivo aún más tenebroso y amargo de recordar. La muerte ha
sido realizada con tal saña, que los cuerpos presentan horrendas
lesiones, impresentables para cualquier persona, especialmente para los
familiares. Es el caso de los ejecutados por la “caravana de la muerte”,
encabezada por el general Sergio Arellano Stark. La impactante
entrevista dada a TVN por el general Joaquín Lagos, 25 de enero del
2001, da una muestra de esta monstruosidad:: “Me daba vergüenza verlos.
Si estaban hechos pedazos. No eran cuerpos humanos. De manera que yo
quería armarlos, por lo menos dejarlos en forma decente, más o menos
(…) Si les sacaban los ojos con los corvos, les quebraban las
mandíbulas, todo, les quebraban las piernas… al final les daban el
golpe de gracia. Se ensañaron… En la forma que procedieron me sentí
con dolor, con impotencia, con rabia”. . Realmente el general Lagos se
quedó corto, pues la imagen era: ojos, narices u orejas arrancadas con
corvos, múltiples huesos fracturados,  cráneos deshechos por heridas de
bala, pedazos de cerebro esparcidos en el suelo, o heridas abdominales,
con vísceras expuestas al exterior, era el espeluznante escenario. Este
comandante de la Primera División del Ejército relató ante las cámaras
que inicialmente no se atrevía a entregar los restos de estas personas
tan cruelmente asesinadas, sólo lo hizo después de intentar ponerlos
algo presentables con la ayuda de médicos, forzado por las
manifestaciones de inmenso dolor y angustia de los familiares.

La exposición del general Lagos Osorio ante TVN despertó gran conmoción
pública y malestar e irritación entre los militares. Por esto, emitió
una declaración en que puntualizaba la razón que le había llevado a
entregar su testimonio: “Todo lo hice por mi honor de soldado y de
hombre. Lo hice por el cariño que tengo a mi patria. Lo hice por la fe
que tengo en Dios. Por la honorabilidad intachable de mi familia. Y más
que nada, por respeto a tantas generaciones de jóvenes que durante mi
carrera militar me correspondió el alto honor de educar. Hay que ser
leal con ellos y preocuparse de nuestra juventud”.

Ningún otro jefe militar de las zonas en donde ocurrieron estas
masacres, cometidas por la comitiva del general Arellano, se atrevió a
entregar los restos de los ajusticiados a los deudos. El coronel Ariosto
Lapostol, hizo sepultar prontamente los cuerpos en una fosa común del
cementerio de La Serena. El teniente coronel Oscar Haag, comandante del
regimiento motorizado N° 1 de Copiapó, hizo extender los certificados de
defunción y dispuso la sepultación inmediata de los cadáveres en una
fosa común del cementerio de la ciudad, negando a los familiares la
posibilidad de verlos. El coronel Rivera Desgroux, comandante en Calama,
enfrentado a la circunstancia que los cuerpos estaban tan horriblemente
masacrados, ofreció a las familias entregarlos un año después, pero con
el propósito anticipado de no hacerlo, porque aún persistirían las
terribles evidencias de la salvaje matanza.

Los miembros de la comitiva de Arellano, dirigidos por Sergio Arredondo,
predilecto de Pinochet, actuaron como una pandilla de psicóticos,
carentes de todo control racional, poseídos de un frenesí de muerte en
contra de seres humanos indefensos. Y esto sucedió en varias ciudades de
Chile. Causa inconmensurable indignación el imaginar a las víctimas con
sus cuerpos seriamente dañados, sometidos a una lenta y horrible
agonía, suplicando a los militares que los mataran de una vez. Calificar
este comportamiento como bestial, sería agraviar a las bestias que se
comportan  motivadas por sus instintos, inconscientes del daño que
provocan.

El día 24 de octubre de 1973, cuando la horrenda noticia de las masacres
perpetradas por la comitiva, daba la vuelta al mundo, el vicealmirante
Ismael Huerta manifestaba a la Comisión Interamericana de Derechos
Humanos: “El gobierno de Chile no puede aceptar bajo pretexto alguno que
se pretenda señalar que ha amparado ofensas al pudor y vejaciones.
Nuestro gobierno rechaza de la manera más enérgica cualquier denuncia al
respecto, la considera carente de fundamento y está en condiciones de
afirmar categóricamente que desde el 11 de septiembre no ha habido
ninguna actitud atentatoria a la dignidad humana. Cualquier atentado a
los derechos esenciales del hombre es, a nuestro juicio, incompatible
con la vida civilizada. Más aún, desde el primer instante el nuevo
gobierno instruyó a los efectivos militares a que actuaran
permanentemente en concordancia con los principios cristianos y
humanistas que inspiraban e inspirarán la acción del nuevo gobierno de
Chile y que hicieran cuanto fuera posible para salvaguardar los Derechos
Humanos”. Fue una declaración de inaudito descaro y desvergüenza que ha
quedado como un documento acusador de la dictadura de Pinochet ante la
opinión mundial.

Estas masacres no fueron una excepción, por el contrario, constituyeron
casi la regla. Cualquier persona que se vio en la necesidad de visitar
el Instituto Médico Legal en Santiago se encontraba con una situación
dantesca que nunca olvidaría, como ocurrió con el autor de este
artículo. Esto se subraya con la descripción de un dirigente
democratacristiano de la Maestranza de Ferrocarriles de San Bernardo que
concurrió a identificar los cadáveres  de compañeros comunistas
arrestados hacía varios días, a fines de septiembre de 1973, por
efectivos del Ejército.. Su relato fue: “Nunca olvidaré sus rostros y
cuerpos hechos pedazos. Estaban todos ellos apiñados en montones
humanos, prácticamente irreconocibles. No eran solo los proyectiles de
guerra, destrozando sus cuerpos y sus caras, era más que eso, era como
si la furia en su máxima crueldad e irracionalidad se hubiera
desencadenado sobre ellos despedazando todos sus miembros…” En esta
forma se lo relató al ex diputado Andrés Aylwin (Simplemente lo que vi.
1973-1990).
martes, 08 de junio de 2010

* Fuente
: El Clarin

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