Muy poco alentadores, por decir lo menos, fueron los resultados de la
prueba Simce que se efectuó a estudiantes de enseñanza básica de
nuestro país, quedando en claro, una vez más, la inequidad que afecta
especialmente a quienes cursan su enseñanza en establecimientos
municipalizados y particulares subvencionados.
Pese a la constatación de este hecho, las autoridades pertinentes poco o
nada han hecho por elevar la calidad de la educación, disminuir la
brecha entre la educación pública y la privada, inyectar recursos a las
escuelas y colegios, renovar la malla curricular y terminar con la
educación municipalizada, traspasando al Estado tal responsabilidad.
En 2006, cuando miles de jóvenes salieron a las calles para manifestarse
por un cambio real en el sistema educacional chileno, la entonces
ministra del ramo hizo oídos sordos; acusó a los estudiantes de promover
“desórdenes” y de causar daños a la propiedad pública y privada, cuando
el verdadero daño es el que el país infiere a sus ciudadanos en
desarrollo.
En Chile, desde tiempos de la dictadura, la educación se entregó a los
designios del mercado, y la Concertación, durante sus 20 años en el
poder, no realizó las modificaciones profundas que se requieren para
ofrecer dignidad al profesorado y un buen producto a los estudiantes.
La proliferación –y negocio redondo- de universidades privadas y el
autofinanciamiento de los planteles pertenecientes al Consejo de
Rectores, entre otros yerros, ha sido una constante desde hace décadas,
razón por la cual los pobrísimos resultados no debieran sorprender a
nadie, menos al actual gobierno, que favorece la desigualdad pues sus
“cerebros” saben que están perpetuando un sistema educativo que sirve a
sus propósitos, que no es otro que formar, en colegios y universidades
privadas, la élite que heredará las riendas del poder político y
económico, en desmedro de la gran mayoría de jóvenes que servirán a esa
élite.
En este país, la cultura y la educación no son prioridad y cada chileno y
chilena apenas lee ni menos adquiere libros debido a los bajos ingresos
y al valor de un libro que, en países como México, Argentina, Cuba,
Venezuela, por nombras algunos de nuestro propio barrio, son mucho más
baratos.
Por otra parte, la escasez de bibliotecas públicas y de diversidad en
los medios de comunicación; una televisión absolutamente alienante,
vacía de contenidos y anestésica, así como nula oferta cultural en
general, hacen que Chile se sitúe entre los países de habla hispana
donde cuyos habitantes apenas se manejan con un puñado de palabras,
incluyendo a sus autoridades.
Para graficar esa ignorancia, basta con lo señalado por el presidente de
la República, Sebastián Piñera, quien expresó “en esta isla vivió,
durante cuatro largos años, Robinson Crusoe…”.
Es un archipiélago, señor presidente; no una isla; y Crusoe un personaje
ficticio.
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