Auge y caída de los ácratas chilenos, 1912-1927
por Rafael Luis Gumucio Rivas (Chile)
17 años atrás 7 min lectura
La Matanza de la Escuela Santa María de Iquique produjo un reflujo del movimiento obrero: las huelgas disminuyeron – producto de la brutal represión burguesa – y se acrecentó el temor de los movimientos sociales. En 1912, la economía chilena, dependiente del salitre, comienza a mostrar signos de recesión e inflación, que se radicalizarán a comienzos de la Primera Guerra Mundial, (1914), gobernaban Chile, durante ese período, el senil Ramón Barros Luco – que había ocupado todos los cargos posibles en la República y que era como un bufón que endulzó con anécdotas el derrumbe por venir – y Juan Luis Sanfuentes, un especulador, maquinero, que hacía y deshacía gabinetes y, sobre todo, que instalaba a sus camaradas en los mejores cargos fiscales – algo no muy distinto a la Democracia Cristiana de hoy-.
Como toda bonanza llega a su fin – tal cual como ocurre hoy – el salitre perdió valor y fue reemplazado por el nitrato artificial, cerrándose muchas Oficinas en el Norte Grande con la consecuente cesantía y emigración de los obreros cesantes a las grandes ciudades. En Santiago y Valparaíso se organizaron ollas “comunistas”, dirigidas por los ácratas que servían para paliar, en parte, el hambre del pueblo.
En 1912 se multiplicaron las huelgas: los panaderos, los tranviarios, el transporte público, los portuarios, y otros. El peso chileno perdía valor frente a la libra esterlina y los sueldos no alcanzaban para vivir, provocando, la emigración hacia Argentina, especialmente. Una serie de atentados, en su mayoría provocados por la misma policía, provocaron pánico en Santiago- el convento de los Carmelitas Descalzos y de la Casa de María sufrieron el efecto de las bombas, que eran achacadas a los libertarios-.
El 13 de julio de 1912, Efraín Plaza Olmedo, un joven muy sensible y de familia acomodada, reaccionó indignado cuando supo la noticia de la muerte de trabajadores, en la montaña, camino al Teniente por un alud; desesperado, se dirigió a la calle Huérfanos con Ahumada y disparó contra dos transeúntes, con resultado de muerte; el primero era un aristócrata y, el segundo, un humilde empleado de tienda. En ese tiempo, el poder judicial estaba completamente corrompido: los jueces eran nombrados a dedo por Juan Luis Sanfuentes y, en su mayoría, eran venales militantes del Partido Liberal Democrático; el magistrado de turno se ensañó con Plaza Olmedo, condenándolo a cuarenta años de prisión, quien al lograr la liberta, después de muchos años, se suicidó o fue asesinado por la policía.
Antonio Ramón y Ramón tenía un medio hermano que murió en la Matanza de Santa María de Iquique y no podía dormir con el recuerdo de su hermano vilmente asesinado. Arrendó una casa cerca del Parque Cousiño para esperar a Silva Renard, el responsable de la matanza en Iquique. El 14 de diciembre de 1914 apuñaló a Sirva Renard, pero no logró matarlo, sino herirlo en un ojo – desde ahí Silva Renard portó un parche de pirata. El juez y la Corte condenaron a Ramón y Ramón a varios años de prisión acusándolo, falsamente, de un homicidio frustrado.
Carlos Aldunate, parlamentario conservador, leyó en un Diario inglés noticias sobre atentados terroristas en Europa, perpetrados por la IWW (Internacional de Trabajadores del Mundo); espantado, propuso al Parlamento una Ley de residencia, por la cual se permitía expulsar del país a los extranjeros, en base a un procedimiento administrativo. Juan Luis Sanfuentes aplicó esta ley sin tasa ni medida: todos los ácratas se consideraban agitadores peligrosos. Julio Rebosio, hijo de italiano y de madre nacida en Tacna, tenía una gran capacidad intelectual y oratoria; publicó La verba roja, periódico anarquista, muy difundido en la época. Como la policía no tenía motivos para acusarlo, se aprovechó de que era un remiso del Servicio Militar para tomarlo preso, sin embargo, esta acción era inútil, pues en abril de 1918 se había dictado una amnistía general como conmemoración de la Batalla de Maipú; Rebosio, sin acusación alguna, fue torturado y escarnecido y, como consecuencia de estos tormentos, adquirió una voz cavernosa y una depresión aguda.
La Ley de residencia fue aplicada a muchos extranjeros pacíficos y que poco tenían que ver con los libertarios. Manuel Peña tenía una librería en Iquique y, como era un hombre generoso y confiado, prestaba libros revolucionarios a la bohemia intelectual del Puerto; fue condenado a la expulsión y tuvo que vender muy barata su librería y vivir en la miseria, en España; Casimiro Barrios cometió el error de decir que apoyaba a Arturo Alessandri, lo que le valió la expulsión del país.
Nuevos actores amplían el movimiento popular
En 1912, los anarquistas penetran sindicatos importantes como los de estucadores, albañiles, zapateros, panaderos, tranviarios, y otros. A raíz de esta activación, se suceden las huelgas con distintos resultados.
Las viviendas populares y los conventillos eran insalubres, caldo de cultivo para las distintas pestes que asolaban Santiago. La mortalidad en Chile era mayor que en la India; cuenta el escritor González Vera que muy pocos de sus amigos sobrevivían más allá de los 30 años. En 1914, en Valparaíso, se llevó a cabo el famoso mitin de los arrendatarios de viviendas populares y, en sus peticiones, destacaban una rebaja del 50% en los cánones de arrendamiento y el fin de los lanzamientos por incumplimiento en los pagos.
Los anarquistas comenzaron a organizarse a nivel nacional: formaron la Federación Obrera Regional de Chile, la IWW y integraron la FOM (Federación Obrera de Magallanes). En 1907, se creó la FECH (Federación de Estudiantes de Chile), donde sus integrantes constituían una mezcla de anarquistas, anticlericales, positivistas y simplemente independientes; sus líderes principales eran los hermanos Gandulfo, Carlos Vicuña Fuentes, el profesor Loyola, y otros. La biblioteca de la Federación contaba con los mejores libros de la época. En 1920, Alessandri era el candidato a la presidencia, que representaba al populismo y el rechazo a la “canalla dorada”, (la oligarquía). Juan Luis Sanfuentes y su ministro Ladislao Errázuriz inventaron una guerra contra Perú y Bolivia: era el pretexto para alejar de Santiago a los militares proclives a Alessandri, además de enriquecer a los poseedores de acciones bolivianas.
Los oligarcas formaron brigadas blancas patrioteras que obligaban a los jóvenes a besar la bandera; los miembros de la Federación de Estudiantes llamaban a la bandera, “la lavandera”, y su prédica en el Diario Claridad, órgano de la Federación era, fundamentalmente, pacifista, latinoamericanista, anticlerical y, sobretodo, de denuncia frente a la corrupción de la clase política. Jóvenes de la aristocracia dorada asaltaron el cómodo local de la Federación de Estudiantes, destruyendo su mobiliario y otros enseres del recinto. Le correspondió el caso de la investigación al juez José Astorquiza quien, en vez de acusar a los asaltantes, las emprendió contra las víctimas, ordenando la prisión de los líderes de la Federación de Estudiantes.
El poeta José Domingo Gómez Rojas fue tomado preso en uno de los tantos allanamientos a la IWW; el juez Artorquiza con él y lo mantuvo durante varios días incomunicado, hasta provocar su locura. Gómez Rojas murió más tarde en el manicomio, dejando como herencia su poema Miserere. El caso conmovió a la opinión pública y el corrupto juez Astorquiza recibía, diariamente, llamados telefónicos y cartas de pésame con el poema del poeta. El destino del juez fue la soledad por el abandona de su familia, pero siguió, con sus mismos vicios, en el poder judicial.
En el anarquismo no existe nunca una sola posición: hay individualistas, sindicalistas, anarco-comunistas, y otros; muchos de sus integrantes se encuentran siempre entre la filosofía de Nietsche, el naturismo, la teosofía, las ciencias ocultas, el espiritismo, el anticlericalismo del liberalismo rojo, posteriormente, socialistas y demócratas. Muchos de ellos participaron, por ejemplo, en las manifestaciones contra Monseñor Sibilia, delegado del Vaticano en 1903, o de las encendidas prédicas del pope Julio Elizalde.
Puerto Natales fue la primera comuna obrera chilena, en 1919 y, en 1920, los patrioteros se vengaron al incendiar el local de la FOM.
A partir de 1927, el anarquismo como tal se encuentra desorganizado y, muchos de sus líderes han engrosado las filas del comunismo o del ibañismo.
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