Inmigración, xenofobia y crisis económicas
por Jorge Majfud (EE.UU.)
17 años atrás 5 min lectura
Hace algunos años iba en un bus de la ciudad y delante de mí iba un hombre leyendo en un periódico uno de mis ensayos sobre los mitos de la inmigración. En ese ensayo, simplemente daba datos y razones que contradecían los discursos repetidos en los medios de comunicación. El hombre llevaba ropa de obrero, la piel quemada por el sol y las manos embrutecidas por algún trabajo extenuante. Los gestos cansados de un intocable latinoamericano. Lo observé leer, aparentemente con atención y de cabo a rabo. Pensé entonces que ese ensayo estaba justificado; no sólo porque pretendía decir una verdad, sino porque esa verdad tenía un valor ético: era la verdad de los oprimidos, de los desheredados, la reivindicación moral de un hombre o de una mujer violentada por las relaciones de producción mundiales; pero aún más violentado por los discursos moralizantes.
En aquel ensayo observábamos las contradicciones del discurso que responsabiliza a los inmigrantes de afectar negativamente la economía de Europa y Estados Unidos con datos que indicaban precisamente lo contrario: los inmigrantes, aún aquellos trabajadores indocumentados, representan un sector importante en la producción económica y en el sustento del mismo Seguro Social. Estos hombres y mujeres invisibles, los eternos fugitivos, sustentan las economías de los países de los cuales fueron expulsados y de los países a los cuales son obligados a emigrar por el mismo sistema global que los desprecia.
También existe la superstición de que los inmigrantes son los responsables del aumento de los índices de criminalidad. Este mito social cae con más fuerza en la cabeza de los inmigrantes latinos, y muchas veces es reproducido por los mismos latinos, así como después de siglos de deformación colonial muchas veces fueron los mismos indígenas los que oprimieron a sus hermanos, recordándoles su condición de raza inferior, olvidándose que ni Machu Pichu ni Chichen Itzá ni Teotihuacan ni Tenotchitlan hubieran podido ser jamás levantados por sociedades de retardados mentales.
Según los datos recogidos a finales del siglo XIX y a principios del siglo XX, la inmigración de europeos a Estados Unidos había elevado los índices de criminalidad, de violencia organizada y de comunidades desorganizadas. No obstante, diferente a la historia antes referida y contradiciendo el discurso hegemónico de hoy en día, el incremento de la inmigración no ha provocado un aumento en los índices de criminalidad sino todo lo contrario. Como lo demuestra el profesor Robert J. Sampson de Harvard University, el incremento de la inmigración en los últimos veinte años se corresponde con una disminución proporcional de la criminalidad. El punto de inflexión de esta tendencia es el año 2000: es a partir de aquí que la inmigración comienza a disminuir y, también proporcionalmente, comienza a aumentar el índice de delincuencia.
Los sociólogos norteamericanos han verificado que los latinos son menos propensos a la violencia que el resto de la población, por lo que han llamado a esa revelación con el nombre de “Latino paradox”. La misma expresión demuestra un prejuicio previo. Este mito está en gran parte alimentado por la violencia permanente que viven varios países latinoamericanos, especialmente azotados por el narcotráfico y por los fenómenos pandilleros como el de las maras. No obstante, la violencia entre los inmigrantes latinos es la mitad que la alcanzada por las terceras generaciones de americanos.
La dramática diferencia que existe entre distintos grupos de “latinos” en diferentes contextos demuestra que si bien nadie está determinado sólo por la infraestructura económica tampoco existe el determinismo cultural: si las maras son un fenómeno “latino” ese fenómeno no obliga a la abrumadora mayoría de miembros de esa región cultural a comportarse como pandilleros. No obstante, la publicidad y los discursos xenófobos se aferran a las excepciones y no a las reglas. ¿Por qué? Primero porque todo discurso ideológico sólo ve y muestra lo que le conviene; segundo porque nuestra cultura visual está formada y deformada por el fenómeno de las excepciones y, por lo tanto, por las criminales simplificaciones: una cámara de televisión sólo puede enfocar excepciones; no puede, en cambio, mostrar una verdad sinóptica general, abstracta. Y lo que es peor: no se puede cuestionar a una persona que está embriagada por el mito de la libertad individual y el orgullo del éxito económico.
De la misma forma, observábamos que la idea del “mexicano haragán”, durmiendo la siesta debajo de un enorme sombrero, se contradice de forma dramática con los inmigrantes mexicanos (y latinos en general) que representan el grupo social más sufrido y trabajador, para los cuales hay más obligaciones que derechos. Si los radicales que desfilan armados por las fronteras fuesen un poco más coherentes, deberían dejar de comer pollo, frutas y verduras; deberían evitar caminar por aceras limpias o conducir sobre caminos donde se ha empleado mano de obra indecente; la mayoría de ellos debería cambiar sus casas por alguna carpa levantada sin ayuda extranjera y a la hora de cobrar la jubilación deberían arrojar a la hoguera un buen porcentaje del cobro, ya que no es despreciable la cuota que procede de aquellos aportes no reclamados por los hombres invisibles que escaparon a la cacería humana.
En abril de 2006 se los advertí:
“Estos tristes y orgullosos personajes no solo ignoran su presente sino también su propia historia. Ignoran, o han olvidado, que incluso después de los atentados terroristas de 1919 cundió en Estados Unidos lo que se llamó ‘el susto rojo’, lo que provocó una serie de razias y deportaciones de extranjeros. Desde entonces, el Congreso aprobó fuertes restricciones a la inmigración en 1921, 1924 y, finalmente, en 1929. Los años ’20 fueron los años de la Ley Seca, del resurgimiento del Ku Klux Klan y del desprecio por los inmigrantes no anglosajones; fue la década de las radicalizaciones, en que John T. Scopes fue enjuiciado por enseñar la teoría de Charles Darwin; la década de la gran prosperidad que terminó en la crisis económica más dramática del mundo Occidental moderno. Olvidan o recurren a su único argumento: no les interesa —aunque debería interesarles.”
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