Un socialismo sin exclusiones ante el injusto orden neoliberal
por José Galiano H. (Chile)
18 años atrás 6 min lectura
Un esquemático diagnóstico de la realidad económica mundial revela que en las tres últimas décadas -período en que el liberalismo económico no ha tenido obstáculos para su expansión y su integral aplicación- la pobreza extrema sigue afectando al 25% de la humanidad; su mayor daño en la intensidad de sus efectos y en la cantidad de víctimas sigue afectando a las naciones en vías de desarrollo y más duramente, a los países más débiles de América Latina, África y del sur de Asia. Esta pobreza distribuida en los territorios más vulnerables por razones naturales y culturales, agrega a las ya sufrientes condiciones de sus pueblos, la marginalidad que virtualmente estratifica su deprimente situación.
La humanidad está en deuda con esa cuarta parte de sus miembros; y esta deuda -en un mundo en que los avances científicos han eliminado las distancias, han reducido los tiempos y han superado los inconvenientes para realizar actividades y empresas que hace 50 años parecían imposibles- ya no es sólo una deuda económica, sino también moral. Hay que decirlo de una vez, categóricamente: la tragedia de la extrema pobreza ya no es consecuencia de la incapacidad económica ni del insuficiente desarrollo tecnológico; sino de la indiferencia moral de que adolece la humanidad. Esa indiferencia, pareciera ser la inspiración de un orden económico basado rigurosamente en el interés material de cada uno de los agentes del sistema.
¿Cómo encontrar alguna vía que nos aproxime a la solución de este eterno lastre de la pobreza? Parece lógico distinguir, desde luego, entre algunos paliativos de las situaciones más urgentes; y el modo de abordar el problema bajo el objetivo de eliminarlo definitivamente.
En relación a lo primero no puede desconocerse, que se ha intentado por parte de los organismos especializados de Naciones Unidas, atenuar situaciones extremas de pobreza, que provocan muertes masivas por hambre. También es cierto que la acción de la FAO, vinculada a la cooperación de algunos gobiernos y de organizaciones no gubernamentales, ha conseguido paliativos o soluciones parciales. Pero es preciso reconocer, que nunca se ha formulado un proyecto concreto que resuelva, por lo menos los casos de indigencia con riesgos de desnutrición y muerte, en forma permanente y respecto de todos los territorios cuyos pobladores se encuentran en esa situación.
¿Qué razones pueden invocarse para descartar un programa de aplicación ininterrumpida con un propósito tan elemental y de tan extrema exigencia moral? No puede esgrimirse un pretexto financiero: si todos los Estados miembros de la ONU destinaran solo el uno por mil de sus gastos anuales en armamento, el monto acumulado sería más que suficiente para financiar permanentemente el programa propuesto.
Un segundo problema que se debería abordar con urgencia es el drama del desempleo en los países del tercer mundo, al menos cuando la cesantía supera el 8% de la población laboral. Tampoco se trata de un programa imposible de financiar ni de aplicación inmanejable. La solución al desempleo, que lo generan las crisis periódicas del régimen neoliberal globalizado y que por lo mismo, su responsabilidad no suele ser imputable a un desorden macroeconómico de los países afectados, puede abordarse mediante la creación de fuentes de trabajo en el territorio afectado o a través de ayudas financieras que hagan posible el establecimiento de sistemas de subsidio al desempleo. Ambos caminos son factibles si los Estados se comprometen universalmente a financiar la creación de una Comisión Ejecutiva que asuma la aplicación práctica de los programas correspondientes.
Las soluciones en el largo plazo pasan por abordar el capitalismo clásico y sus consiguientes secuelas de crisis cíclicas, pobreza extrema, marginalidad e injusticia social; y considerar que no es el único sistema económico posible en el mundo de hoy; y que no lo ha sido en la historia de la humanidad. El derrumbe del socialismo que se aplicó en la Unión Soviética y en la Europa del Este, no fue tampoco el fracaso de todos los socialismos posibles. La idea socialista está en la conciencia de todos los seres humanos, capaces de percibir que el pleno desarrollo personal y la felicidad de vivir, no es posible en medio de una colectividad aplastada por el sufrimiento. En la utopía socialista hay amor por la vida, por la vida humana y por la vida propia, en proporciones equivalentes, o tan próximas, que el valor y la plenitud de la vida individual es inalcanzable sin el valor de la vida colectiva, ni al margen de la biosfera. Nuestro colectivismo no descarta el personalismo, pero lo incorpora y lo inscribe en una noción inseparable de solidaridad.
Si realmente nos asiste la esperanza optimista de una vida mejor, es requisito ineludible que seamos capaces de reconstruir un socialismo sin exclusiones, desde una perspectiva de paz, de modo que nuestra lucha por sustituir el orden injusto sea una lucha de convicciones, de participación en los valores éticos de una justicia objetiva y racional, basada en el más sensato y óptimo equilibrio entre la libertad y la igualdad. Sólo una visión moral, sinceramente compartida, tolerante y confiable de un socialismo filosófico amplio, puede construir un socialismo político eficaz, libre y naturalmente respaldado por pueblos que comprendan generosamente la necesidad de sus propios deberes como condición de una vida colectiva mejor. Y solo ese socialismo político podrá levantar, a su vez, un orden económico justo, basado en el trabajo de todos con la aspiración de una vida sencilla pero digna, tranquila, compartida, sin exclusiones ni elitismos; sin marginalidad ni exitismos; sin pobrezas angustiosas; ni tampoco de acumulaciones abusivas de riqueza, que lleguen a generar formas ilegítimas de poder y soberanía. No es necesario que sacrifiquemos la libertad responsable para que conquistemos la auténtica equidad.
Esa utopía social a la que aspiramos, va a ser realidad algún día, porque la racionalidad humana no se perturba definitivamente; y porque la naturaleza no es contradictoria y nunca ha sido cómplice de su propia destrucción. No sabemos cuanto tardará nuestra utopía en adquirir vigencia real; pero es tiempo de empezar a levantar sus cimientos y parece lógico, que ese trabajo comience en América Latina, suscribiendo los acuerdos que nos comprometan solidariamente a defender nuestros intereses, históricamente comunes, como avance previo y cautelar para abordar unidos la extensa pradera de la globalización que continúa ocupada por el monstruo fagocitario del neoliberalismo. En esta América es una instancia idónea y legítima para convocar a la recuperación de esa esperanza.
(*) El texto corresponde a un extracto del trabajo “Vulnerabilidad, pobreza y marginalidad social”.
– El autor es profesor de Ética Jurídica y Derecho Penal
Arena Pública, Plataforma de Opinión de Universidad Arcis
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