Hoy se podría incluso sostener que las semillas de la modernidad, también en Chile y para bien o para mal, fueron sembradas en 1968, aunque muchos de esos sembrados fueran luego destruidos.
¿Qué es lo que pasó en Chile durante 1968? La memoria colectiva de este país no lo sabe, o lo recuerda vagamente paseando la mirada por ese espejo roto y fragmentado que es nuestro pasado reciente. A veces se recibe la impresión de que la historia contemporánea chilena haya comenzado en 1973 y que todo lo que ocurrió en la década anterior no tenga relación alguna con el presente.
Mientras en Europa y algunos países americanos, como Estados Unidos, México o Argentina, la conmemoración de la utopía antiautoritaria que estallaba hace 40 años ha promovido una cantidad de reflexiones histórico-políticas, de nivel desigual y de opuestos y encontrados puntos de vista, aquí se ha llegado, a lo más, a citar comentarios condescendientes de ínfimos personajes que nada tuvieron que ver con lo ocurrido entonces, o a reproducir unos pocos artículos de prensa procedentes de otros países, como si Chile en aquel entonces hubiera pertenecido a otro planeta.
La verdad es que el trienio 1967-1968-1969 puede verse en Chile como un pasaje fundamental, construido sobre la movilización social acumulada a lo largo de los ’60 y proyectado hacia los procesos que culminarían en el Gobierno de la Unidad Popular y en la drástica respuesta del golpe militar de 1973, proceso global que contribuye de modo decisivo a configurar el país actual. En ese contexto de transformaciones, conflictos y rupturas que dejaban atrás definitivamente la soñolienta y conformista provincia chilena -añorada hoy por algunos como la edad de oro de la tradición democrática nacional- , aquellos tres años irrumpieron como una señal inconfundible de que en el futuro ya nada sería igual, de que se estaban rompiendo amarras y liberando energías reprimidas desde hacía demasiado tiempo.
El 1968 chileno fue estudiantil, obrero y campesino, aunque estos tres movimientos sociales corrieran por pistas paralelas y a veces incomunicadas. La reforma agraria de inspiración socialcristiana, la crisis del desarrollismo industrial y la bancarrota cultural visible en las obsoletas estructuras universitarias generaban protagonistas del conflicto social que no se hablaban mucho entre sí, pero que coincidían en un momento crucial apuntando contra la hegemonía de un poder político desorientado y dividido.
Las primeras tomas de universidades en Santiago parten en noviembre de 1967, la misma semana en que se proclamaba la huelga general de trabajadores convocada por la CUT y se extendían las ocupaciones de tierras en el campo. Y en el caso de la Universidad Católica, el desafío cuestionaba directamente la autoridad vaticana. La chispa estaba encendida.
Como una prueba más de que la mentada globalización ya se encontraba en aquella época en pleno funcionamiento, el movimiento estudiantil chileno levantó a partir de marzo de 1968 reivindicaciones y consignas que muy poco se diferenciaban de las de sus colegas europeos y americanos (y no se contaba con los medios de comunicación instantánea que existen hoy). Libertad académica, co-gobierno de los organismos universitarios a todos los niveles, identificación con los trabajadores, subversión de los cánones impuestos por el autoritarismo familiar, sexual y social, eran contenidos de una revolución cultural que se venía gestando en los años anteriores, pero que salieron a la luz con toda su fuerza explosiva en coincidencia con la irrupción estudiantil en París, Berlín, Roma, Berkeley, Ciudad de México.
De un día para otro, las tensiones subterráneas que se venían manifestando en la intimidad de los individuos se convirtieron en urgencia colectiva y miles de personas se dieron cuenta de que juntos podían pelear para conquistar una vida mejor.
No es éste el espacio para hilar fino en el análisis de las transformaciones políticas, sociales, económicas y culturales que llevaron a la eclosión de 1968 y a todo lo que sucedió en los años que siguieron, y ni siquiera en la evocación, incluso anecdótica, de la desfachatez y valentía con que los jóvenes le plantaron cara al poder sin temor a la policía y a El Mercurio. Sin embargo, quizás no sería superfluo proponer un intento de resituar aquellos acontecimientos en una interpretación más productiva y honesta de la historia contemporánea del país y de sus generaciones. Labor que tropieza con innumerables dificultades, porque el clima creado posteriormente en el país tiende, como una aplanadora, a reproducir con gran eficacia la indiferencia, el olvido y la pasividad.
Hoy se podría incluso sostener que las semillas de la modernidad, también en Chile y para bien o para mal, fueron sembradas en 1968, aunque muchos de esos sembrados fueran luego destruidos. Lo cierto es que el destino personal de los cientos de protagonistas de primera fila del movimiento estudiantil, obrero y campesino de aquellos años ha sido muy disímil. Muchos murieron asesinados en los años de la dictadura, la mayoría tuvo que someterse a la implacable lógica de la reproducción en condiciones de total sometimiento, mientras algunos contaron nuevamente con la oportunidad de subirse al carro de la administración de lo existente, y otros se fueron del país para quedarse a vivir en un exilio voluntario y a estas alturas definitivo.
Pero creo que ninguna de estas variantes puede servir de paradigma para interpretar a rajatablas en un sentido u otro el significado de aquellos años. El cambio social transforma en primer lugar a las personas y no todas ellas son responsables de sus sueños pasados. Sería acto de generosidad reconocerlo, siempre que se asumiera en serio la tarea de exhumar tantos eslabones perdidos del sufrido cuerpo de este país.
* Fuente: La Nación
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