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Chile: una foto coyuntural de las elecciones presidenciales de 2009 

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1.
Apliquemos la imaginación sobre las posibilidades que comporta la política oficial, la dominante, la legitimada por los medios del poder, la ilustrada y comandada por los de arriba. Esto es, por el fenómeno político cuyas tramas profundas tienen origen de clase y que habitan la dinámica de las contradicciones internas del propio capital.
Entonces se puede aventurar una fotografía meridianamente informada sobre las proyecciones presidenciales de finales de 2009, poniendo entre paréntesis, por un momento, la plataforma económica capitalista que cruza una de sus crisis mayores, con enormes niveles de incertidumbre respecto de su eventual estabilización. Es decir, colguemos por un instante la desaceleración económica mundial, el terremoto de la hegemonía del capital financiero especulativo, el alza histórica de los alimentos y la energía, la caída del dólar, la inflación galopante, la dependencia de la acotada economía chilena en el concierto planetario y fijemos la vista en los dramas palaciegos.
 
2.
Supongamos que en la primera vuelta de las presidenciales, por el lado de la Concertación, asisten los candidatos Ricardo Lagos Escobar (PPD –PS) y Soledad Alvear (DC); por la Alianza por Chile, Sebastián Piñera (RN) y Joaquín Lavín (UDI); por los “colorines” y Chile Primero, Adolfo Zaldívar; y por la izquierda tradicional extraparlamentaria, Tomás Hirsch (PH) y Cristian Cuevas (PC). Es sólo una fotografía coyuntural, un instante de un proceso relativamente complejo, dinámico, en tránsito y todavía no resuelto.
 
3.
Sin decirlo explícitamente en el ámbito público, Ricardo Lagos Escobar, ya ha expresado a través de sus guiños habituales sus ganas palpitantes de ser presidente de la República por un nuevo período, cuando sectores del PPD y algunos socialistas lo han alentado y alientan hoy mismo. La administración Lagos se caracterizó por la privatización hasta de las sanitarias y las carreteras, llevando hasta el paroxismo la ortodoxia neocapitalista; los tratados de libre comercio (que consolidaron las relaciones asimétricas transaccionales entre los países desarrollados y los pobres), la subordinación a las políticas imperialistas de cuño norteamericano, y la naturaleza antipopular de la Concertación. Por ello, su mano derecha, José Miguel Insunza recibió como premio la Secretaría General de la decorativa Organización de Estados Americanos (contando con el voto venezolano, pese a todo), y el mismo Lagos se llenó de condecoraciones pontificadas por el gran capital y el gobierno usamericano. Sin duda, es un candidato que ofrece enormes garantías a la Confederación de la Producción y el Comercio (la agrupación de la burguesía gremializada), como en su momento lo testimoniaron los propios patrones de Chile, supeditados a la estrategia del capital monopólico transnacional. Y en términos formales y estilísticos, para un sector de la clase política, es un “verdadero hombre de Estado”, es decir, “tiene pachorra”, habla dictando cátedras y ostenta sin temblores su “mano dura cuando es preciso.” Es un auténtico “padre”, sentado en la cabecera, ordenando con el ceño adusto. Eso sí, es un padre que tiene favoritismos evidentes hacia los dueños de todo, y un conveniente olvido para los trabajadores y el pueblo. Eventuales casos de corrupción en los que puede estar involucrado, todavía están en la justicia (MOP GATE), y otros menos escandalosos podrían estallar cuando El Mercurio así lo quiera. Lo cierto, es que el espaldarazo a la actual presidenta Michelle Bachelet, y la reducción a cuatro años de los mandatos presidenciales, sólo fueron un par de condiciones cuidadosamente articuladas para construir su retorno a La Moneda en gloria y majestad el 2009. Su retorno a la contienda electoral es más que probable, y más que trágico para los de abajo.
 
4.
Hace tiempo que la demócrata cristiana Soledad Alvear trata de hablar como candidata a la presidencia. Su pre candidatura es de profuso conocimiento. Para ello, junto a su marido Gutenberg Martínez (famoso por sus amistades con la CIA norteamericana, su conservadurismo como presidente de la Juventud Demócrata Cristiana un año después del golpe militar pinochetista (en la hora del horror), su anticastrismo y antichavismo declarado, entre otras perlas) sanearon la disidencia interna del PDC, para despejar el camino de Alvear. A todas luces, la eventual candidatura de la presidenta de la DC se entronca históricamente con los intereses imperialistas en Chile. Sin embargo, luego de la “limpieza interna”, la DC, ha sufrido importantes desprendimientos a través de los denominados “colorines”, signados por la derechización aún más franca de Adolfo Zaldívar y sus compinches. Independientemente de las buenas intenciones originadas en su Congreso Ideológico (un híbrido de notas redistributivas en lo económico y que riman a la perfección con la mirada de la mayoría del alto clero chileno y su naturaleza clasista), las propuestas de Soledad Alvear no consideran ninguna alternativa, ni siquiera de carácter limitadamente desarrollista para el país.

Por otra parte, y en un ámbito ligado a la figura misma de Alvear, ante la opinión pública, se recepciona como un personaje sin estatura presidencial, pocas luces, y a millones de años  de la sensibilidad popular e incluso de los sectores medios que pregona defender. Tanto Ricardo Lagos, como Soledad Alvear, son el lateral concertacionista del mismo bloque en el poder compartido con la Alianza por Chile. De un gobierno conducido por una DC en bancarrota sólo se puede esperar “más de lo mismo”, e incluso, si es posible en esta hora, una superior agudización del modelo antipopular imperante en el país. La DC del siglo XXI es un ex coloso que vivió su época dorada con Eduardo Frei Montalva; cobró nuevos bríos con el primer gobierno civil post dictadura conducido por uno de los principales políticos que facilitaron las condiciones del golpe de Estado de 1973, Patricio Aylwin; pero hoy es una trinchera dinosáurica, sin más proyecto que la administración neocapitalista del Estado, y también tocada por la corrupción. La inmensa mayoría de su militancia es puramente burocrática, persigue beneficios inmediatos y ausentes de vocación pública y ética presentable. Además de representar, históricamente, la versión burguesa social cristiana superada por los acontecimientos concretos de las últimas décadas.
 
5.
Adolfo Zaldívar, actual presidente del Senado, derechista vestido con piel cristiana y discurso anticorrupción, conspirador estrella de la política de los de arriba, populista anticuado y sin más horizonte estratégico que procurar la administración y recomposición de una derecha ampliada; si es que no es parte del concierto de la Alianza por Chile inmediatamente en la primera vuelta de las presidenciales de 2009, sería capaz, por pachorra, vocación de poder y desenfado, procurar su pre candidatura con el apoyo de Chile Primero (la diestra del PPD), y en la segunda vuelta, alinearse abiertamente con la derecha histórica. Su actuación ha funcionado como explicitación de la crisis de la Concertación y ha logrado que la derecha política logre mayoría en ambas cámaras del Poder Legislativo, como lo demostró el caso “Provoste”.
 
6.
El dueño de Renovación Nacional, la línea aérea LAN, Chilevisión, el equipo de fútbol más popular de Chile, Colocolo, y otras tantas adquisiciones, Sebastián Piñera, en la foto inmóvil de la clase política a nivel de palacio, se presenta como el principal adversario de la Concertación, por el costado de la Alianza por Chile, según encuestas cuyos expedientes siempre deben ponerse en duda (en Chile, quien manda y paga las encuestas de opinión, siempre gana). El empresario que pretende reivindicar la corriente liberal, democrático burguesa por excelencia, que dice que votó por el NO en el plebiscito que perdiera Pinochet en 1988, y que se hizo rico gracias a las políticas pro patronales del extinto tiranuelo, según una de las  hijas de Augusto Pinochet; que es un “pragmático” de “ideas audaces”, y que sostiene la filosofía del relevo político necesario a nivel del Ejecutivo para dotar de nuevos aires y legitimidad a la democracia de los patrones, hoy está en una situación inmejorable electoralmente. Sus potencias están asociadas a un discurso ecléctico, confuso, de filosofía de cuneta, que confunde y atrae a sectores incautos. De prosperar sus maniobras –que consisten en localizar al UDI Joaquín Lavín en un papel inofensivo para sus ganas presidenciales y observar tranquilamente el derrumbe concertacionista- abriga grandes posibilidades presidenciales. Las consecuencias concretas serían el empeoramiento de las condiciones de vida de los trabajadores y el pueblo, la reconsolidación del Estado subsidiario, y la subordinación estatal a los dictámenes imperialistas sin filtro alguno, ni ambigüedades.

Para los de abajo el enemigo estaría más claro, pese a que en los núcleos estratégicos de su política, existe total coincidencia con la Concertación. En la última elección presidencial, Piñera estuvo a 6 puntos porcentuales de la electa Michelle Bachelet. Al respecto, la novedad de una mandataria mujer de pasado de lucha antidictatorial, hija de un General constitucionalista, muerto producto de la represión pinochetista, le granjeó los votos necesarios y el apoyo de la izquierda extraparlamentaria para su victoria. No obstante, hoy el cuadro ha variado significativamente. Bachelet ha encabezado el peor gobierno  de la Concertación, amueblado por escándalos de corrupción, el criticado Transantiago y el alza gradual de luchas de estudiantes y trabajadores, como no se tenía noticia en los gobiernos civiles precedentes. El descontento de los electores abunda crecientemente, lo cual, sin proyectarse en el corto plazo una alternativa distinta a las visibles por el bloque en el poder y su monopolio sobre los medios de comunicación de masas, jugaría a favor de Sebastián Piñera.
 
7.
El ala integrista, populista y clientelar de la derecha histórica de la Alianza por Chile, capitaneada opacamente por Joaquín Lavín (que en las elección de 1999 estuvo a tres puntos porcentuales de Ricardo Lagos Escobar), aventura una táctica de conciliación con el gobierno. Lavín quiere ubicarse “sobre el bien y el mal”, sobre “el debate mezquino” al interior del bloque en el poder. Desdeñando su eventual candidatura a la Municipalidad de Santiago, su equipo ya anunció la eventualidad de una senaturía para el Opus Dei Joaquín Lavín. Sin embargo, tras el aviso, podría tramarse una estrategia mediática tendiente a recolocar al ex colaborador de Pinochet que, de acuerdo al curso de los acontecimientos, podría resituarlo en la carrera presidencial. La otra alternativa, es que, eventualmente posicionado en el Senado del próximo gobierno, proyecte su figuración pública para las elecciones de 2013. Tanto Piñera, como Lavín representan las ramas intercambiables e interdependientes –con contradicciones adjetivas en la actualidad- de la derecha tradicional. El plus de la UDI, sin duda, está en su significativa penetración en el campo popular ante el reflujo de la izquierda luego del término de la dictadura militar. Al respecto, la izquierda en las poblaciones pobres tiene que batírselas cotidianamente con mucha UDI en los municipios y el avance del narcotráfico. El Partido de Lavín, a punta de obsequios, cooptación de juntas de vecinos, promesas populistas, paseos y entretención para sectores de la tercera edad, y una práctica formal de “buen patrón”, ha logrado lo que nunca antes había alcanzado la derecha en Chile: tener una clientela no menor de pobres leales a la hora de votar. La audacia cínica políticamente del lavinismo sería capaz de ofrecer una administración gubernamental con ministerios multicolores, mantener los insuficientes programas sociales de la Concertación, y terminar de privatizar lo poco que queda del cobre, el petróleo y la industria nacional. Sin embargo, esa política sólo duraría un período relativamente breve ante las dramáticas perspectivas económicas que están ya manifestándose y cuya profundización resultarán nefastas para los trabajadores y el pueblo.
 
8.
La izquierda tradicional, en crisis evidente, tanto de proyecto, como en el plano de la acumulación de fuerzas (fenómenos interdependientes), apuesta hoy al ingreso simbólico al parlamento, a través, primero de un acuerdo electoral para las próximas municipales de fines de 2008, y luego mediante fórmulas heterodoxas con los presidentes de los partidos de la Concertación. En los hechos, los acuerdos en carrera y los que vendrán, desdibujan por completo los contenidos anticapitalistas que nutrieran y guiaran históricamente a la izquierda nerudiana. La colaboración con la franja concertacionista que apela a la implementación de políticas económicas redistributivas (sin tocar un solo aspecto de los problemas nucleares del modelo fundado en la reificación de la propiedad privada, el fetiche de la mercancía y las relaciones de producción y poder reinantes en Chile desde hace 35 años), corresponde a una política vertical que confunde a sus propias bases y al conjunto del pueblo. Haciendo una mala lectura de la construcción de hegemonía política, al parecer la izquierda tradicional pretende llegar -a través de un derrotero ya transitado y probadamente fracasado para los intereses de las clases subalternas- a una suerte de nuevo frente popular (con otros denominativos) que, en el mejor de los casos y sin correlación de fuerzas auspiciosa, sostendría postulados nacional desarrollistas (en su punto de llegada).

El problema esencial consiste en que, al privilegiar la inserción a la democracia burguesa por arriba, subordina el complejo dinámico de lucha de clases y sus ricas expresiones a esa maniobra. Sin fuerzas consistentes, el apoyo explícito brindado al militante del Partido Socialista y Presidente de la Central Unitaria de Trabajadores, Arturo Martínez, y a su compañero Osvaldo Andrade, actual Ministro del Trabajo, no provoca la agudización efectiva de una crisis de la Concertación, sino que sólo fortalece las tímidas políticas redistributivas del propio Gobierno (las cuales, en el fondo, tienen por objeto controlar los “desbordes” populares y propiciar la paz social necesaria para el sostenimiento de las tasas de ganancias del gran capital). Las organizaciones sociales y políticas, y los actores en lucha del pueblo no han dado un paso hacia la izquierda. Lejos se está de ello. En realidad, la conducción de la izquierda tradicional ha dado un paso a la derecha.

Coherente con la táctica –que contiene en su seno una estrategia de viejo cuño, sin porvenir histórico probado-, en una entrevista aparecida en El Siglo, uno de los principales miembros de la dirección política del Partido Comunista, Lautaro Carmona, ante  la pregunta: “En las elecciones presidenciales Tomás Hirsch fue candidato del Juntos Podemos Más y del PC. ¿Cuál es la situación ahora?”,  responde: “Ahora la situación es distinta. Los comunistas no hemos discutido ni resuelto el tema de una candidatura presidencial. Tenemos la mayor consideración y respeto por Tomás Hirsch. Pero consideramos que se están escribiendo páginas nuevas en la lucha del movimiento popular, incluyendo las que surgen del movimiento de los trabajadores, que van a dar cuenta de un liderazgo desde esa perspectiva.” Al respecto, es dable pensar en una candidatura presidencial testimonial de uno de los protagonistas sindicales de la lucha de los subcontratistas del cobre, Cristian Cuevas, cuya estatura e inteligencia en la organización de los asalariados de ese sector resulta indudable e irreprochable, pero en caso alguno es transferible con  perspectiva de éxito relativo siquiera, en la arena electoral presidencial. Cuando podría ser un nombre lleno de sentido para presidir una CUT que despliegue su vocación histórica por el enfrentamiento entre el capital y el trabajo con mejores proyecciones, la dirección política del PC, sin mencionarlo, lo sugiere como candidato de sus filas para las presidenciales de 2009. En este sentido, la fórmula es sencilla: la izquierda tradicional lleva un candidato extremadamente débil a la carrera presidencial, como concesión abierta para apoyar en primera vuelta al candidato de la Concertación a cambio de los cupos municipales primero, y parlamentarios después.

Por su parte, el líder del Partido Humanista, Tomás Hirsch, obtuvo casi un 6 % en las presidenciales de 2005. En pleno período de reamorío con la izquierda tradicional, en orden a convenir acuerdos electorales luego de la crisis provocada por el llamado a votar nulo que hiciera el PH en segunda vuelta contra el llamado explícito a votar por Bachelet por parte del PC, la apuesta a ingresar simbólicamente al parlamento  de ambos conglomerados, es la carta de navegación que sus direcciones han decidido para enfrentar el presente escenario político. No obstante, el Partido Humanista, cuyos movimientos están digitados convenidamente desde una Internacional, se vería obligado a llevar, hasta el momento, a un candidato de sus filas a las elecciones presidenciales, independientemente de sus resultados electorales. El hombre, claro, no sería otro que Tomás Hirsch.  

La extensión de este artículo no permite desarrollar los pormenores y una cantidad de elementos sustantivos que apoyarían el análisis aquí planteado. Solamente, para terminar parcialmente el texto, y guardando la proporción y los contextos, es preciso que la izquierda tradicional criolla observe con mucha atención lo ocurrido con las izquierdas italiana y española en las últimas elecciones, luego de su fatal determinación de confundirse y establecer acuerdos con el rostro democrático y aparentemente socialdemócrata de conglomerados homologables a la Concertación chilena. Hoy esas izquierdas electoralmente desaparecieron y están en plena crisis de sentido y debate radical. Y hasta hoy, no se advierten salidas a sus respectivas debacles.
Mayo de 2008

– El autor es Miembro del Polo de Trabajador@s por el Socialismo

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