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El lenguaje del Mercurio o El lenguaje de la violencia 

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Cuando salí de mi trabajo hoy por la tarde, llevaba en mi mente la noticia que ya conocía y que me ha golpeado fuerte: el asesinato de un joven comunero y estudiante mapuche de agronomía. Acribillado con una subametralladora y bala de guerra de nuestra policía, que hoy trabaja como simples guardias privados de latifundistas que se adueñaron de tierras que nunca les pertenecieron.
Me detuve como de costumbre en el kiosco de la esquina, para mirar los diarios y ver como los quiltros de Don Agustin informaban sobre el asesinato de este joven mapuche. A pesar de los años, la imaginación para generar titulares que representen y defiendan sus intereses sigue fértil. Ayer por ejemplo, La Segunda decía:

Al leer los diarios de la cadena de El Mercurio pareciera que la violencia parte de los mapuches, siendo que estos han sido perseguidos y masacrados durante 5 siglos. Hablan de enfrentamiento cuando hubo un solo bando, el de la policía, que portaba y utilizó armamento de guerra, contra jóvenes desarmados. Hablan de robos, siendo que los mapuches han sido expulsados de los territorios que ellos poseían antes de la llegada de los europeos. Dicen que los jóvenes mapuches son buscados “por  aire y tierra”, como si se tratara de una fuerte unidad militar, cuando los jóvenes estaban refugiados en una escuela tratando de lograr que la iglesia católica hiciera de testigo al momento de la entrega del cadáver de su compañero asesinado, para así evitar que fuera manipulado y se lo presentara en una versión que lo incriminara, que mostrará a la policía como víctimas y a los mapuches como terribles terroristas. Escribe como noticia que “aparece cadáver de universitario”, siendo que este estuvo siempre ubicable y rodeado de cientos de policías.

El Mercurio describe todo como si se tratara del enfrentamiento a un enemigo, al que hay que exterminar, como sea, para asegurar una supuesta “paz interna”. Es el mismo lenguaje de los años de la dictadura, el mismo lenguaje de los años contra la Unidad Popular, el mismo lenguaje de siempre, el mismo lenguaje de los patrones. Justificando y defendiendo sus intereses.

Como escribió Daniel, un lector de piensaChile, “…Con que cara Chile se postula para ocupar el cupo de los DD.HH. en la ONU. Si este Mártir hubiese muerto protestando contra Chávez, la OEA, la ONU estarían sesionando para promover el derrocamiento de Chávez, pero como lo hizo el peón mas obediente de EEUU. es un acto de violencia legitimo” y así lo presenta La Segunda, un diario de la cadena El Mercurio.

Al leer esto no pude dejar de pensar en el libro de Victor Klemperer sobre el lenguaje de los nazis. Filólogo y académico de la universidad de Dresde, Klemperer debió vivir la violencia nazi, camuflada como defensa de lo verdaderamente nazi. Expulsado de su cátedra en la universidad, con prohibición de acceso a las bibliotecas y para adquirir libros, Klemperar se dedicó a generar su propio libro, oculto bajo la sigla LTI (Lingua Tertii Imperii). Allí fue anotando todo el uso y abuso del idioma que hacían los nazis para justificar, ocultar y presentar sus acciones y políticas bajo la luz que les interesaba.

No resisto llevar a Uds. el mensaje de Klemperer llamándonos a estar alertas “sobre la degradación permanente a la que se ve sometida la palabra, por el poder o la estupidez”
No se dejen engañar. Piensen. Aún estamos a tiempo de reaccionar y de evitar un mayor drama para nuestro país.


Victor Klemperer: LTI. La lengua del Tercer Reich

por Pedro Lomba.

Por primera vez se traduce al español (cincuenta y cinco años después de la edición alemana)la parte de los diarios de Victor Klemperer en que se ocupa de estudiar la lengua del Tercer Reich. Pero no se trata de una obra erudita, académica, aunque en muchas de sus páginas brillen destellos de la vasta cultura de su autor; se trata de los apuntes que un filólogo toma en sus diarios acerca de la peculiar forma como el nacionalsocialismo se apropió de una lengua y la modificó hasta convertirla no ya en instrumento de difusión de su ideología, sino en lengua en la que la mayoría de sus expresiones se convierten en expresión de la ideología nacionalsocialista.

Victor Klemperer, judío (primo del famoso director de orquesta Otto Klemperer), catedrático de filología en la Universidad de Dresde, se disponía a escribir un estudio acerca de la Ilustración francesa (“la obra de mi vida”) cuando las llamadas leyes raciales de Nuremberg hacen que sea despojado de su cátedra en 1935 y le impiden el acceso a todas las bibliotecas públicas e incluso la posesión de todo libro que no sea un libro “para judíos”.

A partir de entonces se dedica a escribir un diario personal en el que, a la vez que sus anotaciones más íntimas, va quedando consignado todo aquello que, en la vida cotidiana del Tercer Reich, le llama la atención en tanto que filólogo. Este diario, dice, le ayuda a “evadirse” del horror que supone el haber sido convertido de repente y por decreto en enemigo de casi todo lo que hasta entonces ha amado (un pueblo, una lengua, una cultura) y a soportar con más ánimo las brutales consecuencias que esto trae consigo; le ayuda a mantenerse con vida, a mantener el equilibrio “como si del balancín de un funambulista se tratase”; a nosotros, esta parte de sus diarios nos ayuda a comprender -más allá del hecho de que, foucaultianamente hablando (y si se me permite el anacronismo), todo discurso comporte una práctica, un poder- que la práctica política, el poder político, puede apropiarse de todo discurso, incluso de la totalidad de una lengua, y convertirla en uno de los medios más propicios para el cumplimiento de sus fines.

LTI (Lingua Tertii Imperii) es el testimonio de cómo el nacionalsocialismo creó un lenguaje -grupal en sus orígenes- que acabó, y muy pronto, impregnándolo todo; es decir, el testimonio de cómo acabó convirtiéndose prácticamente en el único lenguaje, en la lengua sin más de una comunidad. En este sentido, puede decirse que uno de los más rotundos éxitos del nazismo consistió en transformar el lenguaje de tal manera que quedase revestido de unas propiedades que se mostraron terriblemente efectivas a la hora de suscitar en la inmensa mayoría de sus usuarios un estado de ánimo (y de eso se trató: de un estado de ánimo que supliese la convicción racional) propicio para el cumplimiento de su programa político.

Su éxito como ideología se debió en gran parte a su éxito en la creación y manipulación del lenguaje. Tratando de descifrar las relaciones entre un determinado lenguaje y el poder –variación característica de las relaciones entre conocimiento y poder-, y obligado por las circunstancias a abandonar su estudio sobre la Ilustración francesa, Victor Klemperer emprende un trabajo de ilustración en el sentido más rigurosamente filosófico de la palabra. Una escritura cuya pretensión no dejó nunca de ser la de servir de alivio, de descanso, a una situación intolerable, se transforma en escritura que denuncia la mentira y la abyección de un régimen analizando cómo estas mentira y abyección se normalizan y convierten en sentido común cuando su lenguaje se convierte en el lenguaje a secas.

En estos diarios quedan consignadas las múltiples novedades y variaciones lingüísticas y lexicológicas que la potente propaganda del partido nacionalsocialista introduce en el lenguaje. Tantas que se puede hablar de un lenguaje –pero sobre todo en un lenguaje- propio de este partido. A este respecto, destaca Victor Klemperer la proliferación de las siglas, la utilización del entrecomillado (siempre irónico: por ejemplo: “ciencia” judía, “Estado mayor” bolchevique, “estrategia” rusa, etc), el gusto por los nombres propios nórdicos, la constante recurrencia de los románticos conceptos de “sangre” y “tierra” con todas sus implicaciones, la utilización excesiva de una terminología religiosa en política, la valorización del término “fanatismo” (y en general de todo lo “pasional” frente a lo “intelectual”), etc.

Pues bien, hasta aquí, nos recuerda Klemperer, no tenemos nada que no suceda en el interior de todo partido político, de todo grupo, pues la utilización de un lenguaje específico, de unos determinados términos, de un determinado universo simbólico, es propia prácticamente de todo grupo que se distinga o pretenda distinguirse como tal. En esta utilización queda cifrada una de sus esenciales señas de identidad. Es tal vez esta utilización de un lenguaje propio uno de los principales factores de cohesión de todo grupo humano.

Pero otra cosa bien distinta –algo que de excepcional puede fácilmente convertirse en monstruoso- sucede cuando el lenguaje de un grupo o de un partido político se desborda de sus límites grupales e impregna aquello que anteriormente quedaba al margen de sus necesidades de cohesión grupal. En ese momento, la ideología que el lenguaje grupal expresaba se extiende a todos los ámbitos, a todas las acciones, en que se hace uso del lenguaje. Es decir, se extiende a todo. Es esto, dice Klemperer, lo que sucede con la lengua del Tercer Reich.

A partir de 1933, desde la instauración del gobierno nazi, la LTI “pasó de lenguaje de grupo a lenguaje del pueblo, es decir, se apoderó de todos los ámbitos públicos y privados: de la política, de la jurisprudencia, de la economía, del arte, de la ciencia, de la escuela, del deporte, de la familia, de los jardines de infancia y de las habitaciones de los niños” (pg. 37). A través de la apropiación y consiguiente recreación del lenguaje (por supuesto, contando con la mediación de su hiperactivo Ministerio de Propaganda, con su inmensa y poderosísima red de publicaciones y emisiones, etc), la ideología del Tercer Reich se encarna en el pueblo alemán.

Empleando la terminología de Carl Schmitt -quien de hecho estuvo muy cerca de quienes llevaron a la práctica esta apropiación y recreación-, se puede decir que esta operación sobre el lenguaje se muestra como un camino que conduce con la máxima efectividad hacia el denominado “Estado total”, hacia la situación en la que se da una identidad tal entre Estado y sociedad “que [el Estado] no se desinteresa de ningún dominio de lo real y está dispuesto en potencia a abarcarlos a todos”. El Estado nazi acaba por abarcar todos los dominios de lo real en acto.

Las escalofriantes consecuencias de esta situación son conocidas por todos, y no falta su descripción en el libro del que nos estamos ocupando. Pero el interés del escrito de Klemperer reside en su enfoque filológico y filosófico, en su profunda y desgarradora comprensión del adagio schilleriano según el cual toda lengua culta puede llegar a convertirse en “lengua culta que crea y piensa por ti”.

La lengua alemana habría llegado durante esta época a un grado tan absoluto de perversión ideológica, es decir, su ideologización la habría mecanizado tanto y, consiguientemente, la habría desvinculado de tal modo de la racionalidad –en el sentido en que este concepto se une indisolublemente a un concepto determinado de libertad-, que se habría cumplido en ella de manera casi absoluta, apenas sin resquicios, el adagio de Schiller. Un término preciso, indicativo de la ausencia de racionalidad en sentido ilustrado y de la preponderancia de lo pasional e irreflexivo, también de la injusticia y crueldad propias de esta época, es empleado ahora para denominar a esta sociedad, a esta comunidad lingüística y política. Klemperer nos habla en sus diarios de una “comunidad conjurada”.

En efecto, mediante esta permeabilización ideológica de la lengua se llega al punto máximo de intensidad en la distinción que, otra vez según Carl Schmitt, da sentido al concepto de lo político y que constituye el más fundamental de los múltiples factores que otorgan cohesión e identidad a todo grupo humano: la distinción amigo/enemigo. El judaísmo, como es bien sabido, fue convertido en la figura frente a la cual se cohesionó y definió su identidad la comunidad del Tercer Reich. Y lo hizo de tal modo que quedó del todo difuminada la frontera entre el llamado "Estado total" y el "Estado de guerra".

La comunidad se conjuró frente a un enemigo degradado hasta tal punto (mediante categorías morales, teológicas, económicas y de cualquier otro tipo que se nos ocurra) que fue, sin lugar a discusión posible, excluido ideológicamente –y poco faltó para que también lo fuera fácticamente de un modo absoluto- de la especie de la humanidad y territorializado sin excepción en el afuera del espacio de la legalidad.

La “conjura” cobró cuerpo, efectividad, en virtud de la propagación, a través del lenguaje (aunque no sólo), del estado que la define; éste se convirtió, o fue conscientemente convertido, en su caldo de cultivo. El lenguaje propició decisivamente la creación en la comunidad que lo hablaba de los afectos y pasiones que hicieron posible que, sin apenas resistencia por parte de la mayoría de los miembros de esa comunidad, quedase cancelada “la distinción entre combatientes y no combatientes” propia de toda situación de guerra: el Estado y las relaciones que definen a toda sociedad fueron convertidos en los propios de una situación fáctica de guerra antes de la efectiva guerra que Alemania libró contra el resto de Europa.

El lenguaje ayudó a crear estos afectos y pasiones de combate con tanta eficacia como para hacer posible una situación total de “hostilidad presupuesta, conceptualmente previa” a la “guerra militar”. Situación previa que se expresa como guerra propagandística, económica, etc, y que en sus grados más altos de intensidad deviene irremediablemente en “guerra de exterminio”.

Pues bien, la LTI se muestra como algo tan potente y eficaz, como instrumento de dominación e ideologización tan preciso, que cala incluso en los círculos contra los que va dirigido su veneno. La LTI se extiende y asienta incluso entre los excluidos y perseguidos por esa comunidad en permanente conjura, incluso penetra los círculos más conscientemente judíos, los círculos sionistas (aquí es clave esa extraña ley de la dialéctica según la cual es posible constatar una común vinculación del nacionalsocialismo y el sionismo con un mismo universo simbólico: el del romanticismo alemán) . Y no deja de ser ésta una de las más sorprendentes constataciones de este libro y de este filólogo judío.

Sin embargo, los horrores del nazismo no lograron distorsionar su percepción intelectual del judaísmo y, por extensión, del sionismo. Es decir, no lograron hacer que confundiera ambas categorías. A diferencia de otros intelectuales germanos que sobrevivieron a los horrores del antisemitismo alemán y dejaron constancia de su experiencia, Victor Klemperer nunca dejó de sentirse alemán, nunca facilitó el trabajo a aquellos que quisieron no sólo situarle fuera de la comunidad alemana, sino también de la especie humana (pues en este contexto y según esta ideología ser (nacionalsocialista) alemán o ario y pertenecer a la especie humana es estrictamente lo mismo). Y es por ello por lo que sin duda nos encontramos ante un libro y un autor en los que el adagio schilleriano no se cumple, en los que el pensamiento cobra las suficientes fuerza y autonomía como para no dejar que nada ni nadie se arrogue su poder y su destino. No la violencia más descarnada. Tampoco la práctica totalidad de los integrantes de una comunidad extraviada a la que Klemperer –al igual que cierta minoritaria intelectualidad judía de la época- piensa pertenecer y a la que quiere pertenecer al margen de sus extravíos. Ni siquiera una “lengua culta”.

La mayor injusticia y crueldad privaron a Victor Klemperer de la posibilidad de llevar a término la “obra de su vida” acerca de la Ilustración francesa. Frente a la mayor injusticia y crueldad su irreductible pensamiento se vio en la necesidad, “para poder sobrevivir”, de realizar un trabajo de ilustración de la mayor potencia intelectual. Y es precisamente el hecho de que este diario, o este extracto de sus diarios, haya sido escrito en las condiciones más duras y haya servido de ayuda a la supervivencia moral, anímica, de su autor , lo que nos obliga a plantearnos con urgencia y apremio una pregunta: ¿es esta reacción ante una situación extrema prueba suficiente de la verdad, y sobre todo de la necesidad del mantenimiento, de los ideales de la ilustración?

* Fuente: Victor Klemperer: LTI. La lengua del Tercer Reich, Barcelona, Minúscula, 2001 

   Recomendamos tambien: El lenguaje de la violencia. Sandro Barrell  (La Nación, Argentina)

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