Palestina: Una lección de solidaridad

Murió en marzo del 2003, aplastada por un caterpillar que era conducido por un soldado israelí. Quería impedir una demolición que dejaría sin hogar a una familia palestina. Desde entonces la inmolación de esta universitaria norteamericana ha desatado la admiración de millones en el mundo. Su vida, incluso, ha inspirado una emotiva pieza de teatro que por estos días se monta en Lima. Esta es su historia.

En la última carta que envió a su madre, Rachel escribió: "Esto debe terminar. Debemos abandonar lo demás y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto termine. Este no es el mundo que tú y papá querían que viviera cuando decidieron tenerme".
 
El conflicto entre israelíes y palestinos es tan desigual y marca tan claramente a víctimas y victimarios que, muy lejos del Medio Oriente, despierta la solidaridad de miles. Ese fue el caso de Rachel Corrie. Cuando las comunidades palestinas empezaron a ser apartadas del mundo exterior con la construcción de enormes muros, desde los cuales francotiradores israelíes vigilaban sus movimientos, esta joven norteamericana sintió indignación.

Pero el atropello no quedaba allí. Para que las fuerzas de ocupación israelí tengan mayor visibilidad se ordenó derribar las viviendas ubicadas a menos de 70 metros de estos muros. Según la ONU, la mayoría de demoliciones no tenía nada que ver con el terrorismo palestino alegado por el gobierno israelí, ni con personas sospechosas de amenazar la seguridad local. Rachel Corrie, miembro del Movimiento Internacional de Solidaridad, murió tratando de salvar el hogar de un palestino que jamás había participado en una actividad hostil y a quien nunca se le imputó cargo alguno. Su casa fue destruida porque estaba ubicada dentro de la franja de seguridad que Israel había establecido como perímetro a demoler.

En el 2003, Rachel Corrie viajó como activista por la paz a la Franja de Gaza. Tenía 23 años y era estudiante de la Universidad Evergreen College, Olimpia (Washington). Rachel partió a Israel tras haberse unido al grupo Movimiento Internacional de la Solidaridad con el pueblo palestino. Con esta asociación participaba en acciones pacíficas para impedir que las excavadoras israelíes destruyan las casas en territorios palestinos. Rachel y sus compañeros habían denunciado que decenas de casas eran destruidas a diario y que los bombardeos dañaban los pozos de agua dulce en los campos de refugiados de Rafah, en la frontera de Gaza, los cuales no podían ser reparados por los palestinos sin exponerse a las balas de los israelíes.

Un niño palestino enciende una vela en memoria de Rachel Corrie cuatro años después de su muerte.
 
El 16 de marzo del 2003 mientras se encontraba en Rafah oponiéndose a las demoliciones, Rachel murió intentando obstruir el paso de una gigantesca excavadora bulldozer modelo D9 de las fuerzas israelíes de defensa. Los testigos cuentan que el tractor avanzó pero ella no le cedió el paso, se paró sobre una pila de tierra para ver a los ojos al conductor pero este le echó tierra encima y después la atropelló, dio reversa y volvió a aplastarla, destrozándole el cráneo, las piernas y todos los huesos de la columna. Ella vestía una casaca color naranja fosforecente y era imposible que haya pasado desapercibida, sin embargo el informe de investigación israelí asegura que el chofer no la vio. La reacción del soldado israelí que manejaba la máquina está grabada: tras el terrible incidente el militar sonrió y saludó a los testigos. No tuvo compasión.

Las autoridades israelíes han dado diferentes versiones del crimen, todas ellas desmintiendo la documentación fotográfica y los testigos. La joven fue asesinada a sangre fría de forma brutal mientras se interponía de forma pacífica y defendía con su propio cuerpo el derecho de los ciudadanos palestinos a tener un hogar. La muerte de Rachel Corrie fue un acto premeditado del régimen israelí para dar fin a un ciclo de enfrentamientos contra los escudos humanos del Movimiento de Solidaridad Internacional. Ningún soldado del ejército israelí fue condenado por lo sucedido.

Rachel era una joven que veía con mucha atención lo que ocurría en el Medio Oriente, una mujer sensible que perciba la exclusión y la desigualdad social. Las cartas que la activista por la paz estadounidense envió a sus familiares y amigos desde Palestina revelan su nivel de identificación. "Hace dos semanas y una hora que estoy en Palestina, y aún me faltan palabras para describir lo que veo. Me es extremadamente difícil pensar en lo que está ocurriendo aquí mientras me siento a escribir a Estados Unidos. No sé si muchos de los niños aquí han vivido jamás sin ver agujeros de granadas de tanques en sus muros y las torres de un ejército de ocupación que los vigila constantemente desde horizontes tan cercanos. Pienso, aunque no estoy totalmente segura, que incluso el más pequeño de estos niños comprende que la vida no es así en todas partes".

Las últimas palabras que Rachel escribió a su madre antes de perder la vida en la franja de Gaza son una prueba de que aún existe gente realmente comprometida y sensible frente los atropellos e injusticias que ocurren en el mundo: "Esto tiene que terminar. Hemos de abandonar todo lo demás y dedicar nuestras vidas a conseguir que esto termine. No creo que haya nada más urgente. Yo quiero poder bailar, tener amigos y enamorados y dibujar historietas para mis compañeros. Pero, antes, quiero que esto se termine. Lo que siento se llama incredulidad y horror. Decepción. Me deprime pensar que esta es la realidad básica de nuestro mundo y que, de hecho, todos participamos en lo que ocurre. No fue esto lo que yo quería cuando me trajeron a esta vida. No es esto lo que esperaba la gente de aquí cuando vino al mundo. Este no es el mundo en que tú y papá querían que viviera cuando decidieron tenerme". (Texto completo de la carta de Rachel)

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