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Sí, el Hambre es un Crimen, pero «con ternura, ¡venceremos!» 

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Palabras de Alberto Morlachetti – Coordinador Nacional del Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo- en Plaza de Mayo

18-05-07
Me tendrán que disculpar algunas cosas. No estoy bien de salud, por lo tanto, si se quiebra la voz, o renguea el ánimo, ustedes me van acompañar… Agradecer a los chicos heroicos, los que van a pedir pan para sus hermanitos. Agradecer a los educadores y a la madre coraje que es Norma Basconi. Agradecer a las distintas organizaciones. A la Central de Trabajadores Argentinos. A mi entrañable amigo Víctor de Gennaro que me acompañó metro por metro en esta Argentina. Al MTL, a mi querido Chile. A la Corriente Clasista y Combativa. A las distintas organizaciones sociales, perdón si me olvido de alguna. A la gente que vino solita. A los que vinieron a buscar un abrazo. Y gracias por este sol Carlitos Cajade, mi hermano del alma. Me decían antes que muchos medios habían invisibilizado a nuestra marcha, no me preocupa compañeros, nunca me preocupó. Se crece por abajo. El árbol es fuerte por abajo, si queremos buen ramaje, si queremos buenas hojas, si queremos buenas frutas, voy para abajo compañeros, al pie.
Permítanme unas cifras: casi dos tercios de nuestra población-país es pobre. Nueve millones de niños bajo la línea de pobreza, la mitad son indigentes. Treinta por mil de mortandad infantil en Formosa. Cuarenta y cinco por ciento de pibes desnutridos -o sea mutilados- en la Capital de Corrientes. Si realizáramos una encuesta en Florencio Varela o José C. Paz ¿qué cifras nos daría el horror?

Este Gobierno es productor de soledades y de hambres eternas: Ese experto futuro que nos inventaron. La imaginación inagotable del capitalismo en serio -que se domicilia en la caridad y desaloja a la justicia- todos los meses 150 pesos para que vivan bien dos hijos mamá y papá -y electrodomésticos si llega la hora de las urnas- intentando controlar con la limosna general la rebeldía de los humillados transformando la felicidad en una lejana esperanza celestial, mientras se aniquila el prodigio de la vida.

Por eso rechazamos, y por eso combatimos, esta política económica que favorece a las grandes empresas, entrega su petróleo, vende sus tierras y le quita pibes a los potreros.

Los desvaríos del Ejecutivo Nacional no se limitan a proponernos un tren bala, sino que omiten los derechos económicos, sociales y culturales para nuestros niños, cuando las leyes mayores ordenan al gobierno invertir en niños con el máximo de los recursos disponibles. Mandato que el Estado no cumple, que este presidente no cumple, incurriendo en deuda magna, a pesar de declarar que este gobierno dispone de casi 40 mil millones de dólares de reservas, violando sistemáticamente los derechos humanos que permiten el derecho a la vida. Sí, el hambre es un crimen.

Muchos funcionarios actuales que fueron un día progresistas de molde y que ahora contemplan con una sonrisa de Chicago la lucha de estos niños y educadores como una ingenuidad o como una antigualla. Tienen la memoria seca. No es sorpresa para nosotros, ya lloramos hace años.

A nosotros -educadores trabajadores- nos guían nombres germinales: Agustín Tosco, Rodolfo Walsh, Atilio López, René Salamanca, Germán Abdala y queremos completar sus vidas.

Lo decimos sin ambigüedades, el capitalismo inevitablemente corrompe, inevitablemente extingue la vida humana: Por eso el hambre, por eso el paco, por eso el gatillo fácil. Y tendremos que ser los trabajadores los que llevemos hasta el final “la obra de liberación, en nombre de generaciones vencidas”.

Construir una sociedad de semejantes no admite espera, porque la única materia prima no renovable son nuestros hijos: texturas del futuro. En la pizarra de los caminos los niños nos dejaron un legado: Los pibes no marchan porque son felices. Marchan por la felicidad, como “los pájaros no cantan porque amaneció, cantan para que amanezca”.

Ni un pibe menos. Con ternura venceremos.


Los niños marchantes

Por Oscar Taffetani

"El hambre, la violencia, la injusticia,
la voluntad del pueblo traicionada,
no harán sino, aumentar su rebeldía,
no harán sino, apurar en sus entrañas,
el hijo de la luz, que viene a unirnos,
en una misma espiga esperanzada.
Porque, América del Sur, tierra del futuro,
igual que la mujer, ¡vence de echada!".

No viene mal que nos acordemos de Jaime Dávalos, enorme poeta de Salta, que sólo aspiró en su vida a ser un Nombrador ("...soy el que canta, detrás de la copla / y el que en la espuma del río i’volver…"), alguien nacido para contar y cantar su tierra. Y para volver a ella y volver al rumor del río y al silencio, una vez cumplida la tarea.

Nuestra América, igual que la mujer (que la mujer maltratada, humillada, sometida) vence en el tiempo. Vence cuando suelta al mundo sus cachorros. El más bravo de ellos, el más fiel, el que llevará la ternura como un pan caliente hasta la victoria, todavía no ha nacido. Es un niño por venir. Es nuestro último -imprescindible- Chico del Pueblo.

Lo arropamos. Lo abrazamos. Y recibimos toda su ternura. Su fuerza nos hace invencibles.

Medios y miedos
Esta cuarta marcha de los Pibes que coronó el viernes pasado en Plaza de Mayo, entre cánticos y panes, entre aplausos y ovaciones, nos ha servido a algunos periodistas -no importa si peinamos canas- de aprendizaje.

Aprendimos, por ejemplo, que es muy difícil cambiar en un operador de medios una visión estandarizada, normalizada, de las cosas.

Hay cabezas que están configuradas (perdón por esta terminología informática) para reaccionar sólo "cuando un hombre muerde a un perro" o cuando se estrella un avión contra alguna casa de gobierno. Otra cosa no conmueve. Otra cosa "no impacta".

En rigor, esas cabezas configuradas para darle al mundo, periódicamente, un parte de la realidad, ya no piensan. Son enfermeros de una ambulancia que lleva noticias. Entregan rápidamente el paquete en destino, y van por el que sigue…

Para esa clase de operadores de medios, los niños marchantes (auténticos comunicadores del hecho) son una simple noticia, más o menos relevante, que pronto se perderá en el mar incesante de la "actualidad".

Felizmente, cada día son más los colegas y compañeros capaces de distinguir la calidad y la singularidad del niño marchante.

Es un niño que se ha puesto de pie; aunque esté sentado o acostado; aunque viaje encaramado a un Trencito que se abre camino, con alegría y canciones, entre Puerto Iguazú y Buenos Aires.

El niño marchante no es un niño mudo. No es un niño invisible. No es un niño triste.

El niño marchante es capaz de cantar y de gritar. Es capaz de decir "aquí estoy", rasgando los velos cómplices, los muros de silencio y omisión.

A la invisibilidad programada por el Sistema, le contesta el niño marchante. Le contesta un Chico del Pueblo.

La ternura invencible
La Plaza de Mayo se llamó alguna vez Plaza de la Victoria. Los Chicos del Pueblo ya se han ganado el derecho de llamarla así, otra vez.

Se lo han ganado después de cuatro marchas dirigidas -como dijo un compañero- "al centro de la conciencia argentina".

En esta última, la tribuna a la que se subieron los pibes, jubilosos, daba la espalda a la Pirámide de Mayo. Y también daba la espalda a la Casa Rosada. Al frente, el único símbolo que se veía era el Cabildo, el histórico Cabildo de Buenos Aires.

Algún adocenado periodista podría decir que los niños marchantes -como aquella muchedumbre congregada en la plaza el 25 de Mayo de 1810- querían "saber de qué se trata".

Pero no, colegas: allí hay algo distinto (¿no lo ven?). Estos chicos no le piden nada al poder. Estos chicos no quieren saber de qué se trata.

Vienen a traernos su ternura, invencible. Porque ellos ya saben, perfectamente, de qué se trata.

23/05/07
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