1 de mayo de 1886, Chicago: la historia no concluye
por Eduardo Zurita Gil (Altercom)
19 años atrás 14 min lectura
La Guerra de Secesión (1861-1865) conlleva varios resultados para los trabajadores en EE.UU. Se producen grandes cambios socioeconómicos. El desarrollo de las fuerzas productivas consolida el gran capital; no obstante, entre las décadas de los setenta y ochenta, como resultado de la crisis de sobreproducción, se ocasiona la Gran Depresión que, sumada a la automatización de las labores específicas, provocó desempleo, disminución del salario y mayor explotación. “El exceso de mano de obra en los mercados de trabajo siempre ha debilitado las posiciones de quienes la ofertan garantizando las de quienes la compran” (A. Galkin).
Un año después de la Comuna de París, en Chicago, miles sin hogar y hambrientos a causa del Gran Incendio, hicieron manifestaciones pidiendo ayuda. Muchos llevaban en pancartas inscritas las palabras “Pan o sangre”. Recibieron sangre. Corridos al túnel debajo del río Chicago, fueron abaleados y golpeados.
En 1882 lograron el reconocimiento al derecho de organización. Pero es a fines de los años setenta y comienzo de los ochenta, particularmente, durante la crisis económica (1882-1885) que aparecen las primeras uniones o sindicatos en los estados de mayor concentración obrera e industrial (Nueva York, Pennsylvania, Massachusetts, Ohio e Illinois).
Llegó el Primero de Mayo. En la fábrica de maquinaria agrícola Mackormic Reaper, en medio de la agresión y provocación diaria de esquiroles protegidos por la policía, se desarrollaba una huelga. El 3 de mayo, Spies se presentó para animar a los huelguistas con uno de sus tantos discursos. Le escuchaban alrededor de 6000 obreros cuando apareció la policía para escoltar a los rompehuelgas que en ese momento salían de la planta. No pudo concluir su intervención. Los precursores del Pentágono guardaban intenciones de cortar todo de raíz y apurar el desenlace, las instrucciones eran amedrentar y escarmentar. La ira demostrada por los trabajadores frente a los esquiroles fue razón suficiente para que la policía abra fuego, mate a seis y hiera a muchos de los reunidos. Esa misma noche Spies escribió …esta tarde mataron a seis de sus hermanos de la fábrica Mackormic, les mataron porque ellos, igual que ustedes, tuvieron el coraje de desobedecer la suprema voluntad de sus dueños. Les mataron porque habían osado pedir que se le redujera las horas del trabajo pesado. Les mataron para demostrarles a ustedes “libres ciudadanos de América”, que deben estar satisfechos y contentos por lo que sus amos tengan la condescendencia de permitirles, si no quieren ser asesinados…”
Fischer y Engel, otros de los dirigentes, promovieron para este día en la plaza de Haymarket (mercado del heno), un mitin para protestar contra la matanza. Se concentraron varios miles de obreros. Se inició a las siete y media de la noche. Los oradores fueron Spies, Parsons y Fielden. Fueron discursos esclarecedores no de incitación. Cuando intervenía Fielden, empezó a llover y más de la mitad de los asistentes se retiraron. El mitin estaba por concluir, cuando se escucharon botas que chapoteaban arrogantes cruzando la plaza. Un numeroso grupo de policías fue a apostarse desafiante junto al vagón que servía de tribuna.
De inmediato comenzó la cacería y los registros generales. Se encarcelaron a todos los activistas y se inició causa contra los principales dirigentes: Ausgust Spies, Michael Schwab, Samuel Fielden, Albert R. Parsons, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg y Oscar Neebe. La acusación era el asesinato del policía Mathias J. Degan en la plaza de Haymarket. De los ocho indiciados solo dos estuvieron presentes en la plaza; no obstante, el New Cork Tribune, reclamaba que “todos los líderes obreros fuesen ejecutados de inmediato”. El Gran Jurado se constituyó, no como debió hacerse, por sorteo; se seleccionó de entre 981 candidatos, a doce sujetos que profesaban “un odio abierto a los obreros”; el alguacil, al igual que los escogió, garantizó, con desparpajo, la horca como desenlace. Sin pérdida de tiempo, el 17 de mayo se reunió e instauró el llamado “Proceso de Haymarket”. El juicio se fijó para el día 21 de junio ante la Audiencia Criminal de Cook County. Antes de iniciado el juicio, se conocía el destino fatal de los acusados. Mientras se armaba el tinglado judicial se construía el cadalso para la ejecución. Se había dado comienzo a un “linchamiento legal”.
Los necios no aprenden de la historia. Al concluir nos asalta una interrogación. Para evitar los inútiles costos de la confrontación y en el entendido de que ha de prevalecer la inteligencia y la civilización, exploramos con convicción la corriente de la mediación y el diálogo; mas ¿qué sucede cuando los dueños del poder político o económico envilecen el diálogo y lo usan frívolamente como ardid? ¿Las masas no recuperan el derecho de irrumpir por sus fueros y hacer uso de otros medios? ¿Podremos por convicción o conveniencia evitarlo?
El Congreso de la II Internacional, realizado en París en 1889, declaró al primero de mayo “Día de la Solidaridad Internacional de los Trabajadores”. Y así es como debemos conmemorar y entenderlo: Día de la Solidaridad de los Trabajadores. No es, pues, simplemente el “Día del Trabajo”. En el momento actual los que demandan, en primera línea, nuestra solidaridad, son los trabajadores jubilados, su causa debe ser la causa de todos. Su injustificada situación no es tan solo ocasionada por los gobiernos, como señalan algunos empresarios queriendo desentenderse de su responsabilidad; pues resulta que los gobiernos siempre han sido representantes y exponentes de los intereses empresariales. No obstante, todos debemos comprometernos en darles una solución ya y ahora. Los trabajadores jubilados no tienen tiempo para esperar.
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