El capitalismo, desde sus mismos orígenes, produce guerras, tanto para crear mercados como para cerrarlos. O bien para eliminar competidores. O para neutralizar resistencias.
En rigor -ya lo dijo Brecht- las guerras del capitalismo matan lo que sobrevive a su paz.
La simple verificación de que más de la mitad del dinero generado por el tráfico de cocaína, de marihuana y de otras drogas en el mundo -hablamos de 100 mil millones de dólares- se blanquea y desplaza dentro de los circuitos financieros legales, en los Estados Unidos, desbarata cualquier discurso hipócrita sobre la necesidad de “acabar con la cocaína” o “acabar con el narcotráfico”.
Sería como si una multinacional automotriz dijera “acabemos con los automóviles” o “luchemos por la energía barata y no contaminante”…
A nuestro humilde entender, el déficit de la teoría de Rascovsky está en la carencia de un estudio económico profundo sobre los motivos naturales y culturales del filicidio. él solo describió el comportamiento de una sociedad enferma que, como el cerdo, “devora las raíces de la parra que lo alimenta” (así lo escribió Kenneth Patchen). Y estigmatizó de freudiana manera a los padres, que vendrían a ser los autores del hijo y a la vez los autores del crimen del hijo.
El verdadero Moloch moderno, pensamos, a quien diariamente se ofrendan las vidas de niños y jóvenes, es el capitalismo trasnacional, en todas sus variantes. Al fin y al cabo, que sea “salvaje” o “civilizado” es una cuestión de matices.
ésta es nuestra breve y amarga reflexión cuando nos enteramos de que la Argentina “lidera el ranking” (así titulan los diarios) de consumo de cocaína en adolescentes de 13 a 17 años.
Un 2,5% -revela un sondeo realizado por la ONU- ha consumido cocaína por lo menos una vez, en el último año.
Además -y esto es más grave- la Argentina está en segundo lugar en el consumo de pasta base (“paco”), droga llamada alegremente “veneno de los pobres”.
Lo cierto es que el “paco” produce una adicción fulminante y un daño cerebral irreversible. El “paco” asesina rápido. Y si algún ministro, de los que nunca faltan se tranquiliza porque, al menos, “no vamos primeros”, hay que decirle que el estudio de la ONU sólo comprende la población escolar censada, es decir, que deja afuera a más de la mitad de la juventud argentina, especialmente esa que sobrevive en los cordones de pobreza de las grandes ciudades.
Todo tiene una razón o un fundamento económico. La Argentina era un país de tránsito de la droga, un lugar donde se terminaba o fraccionaba la cocaína, antes de seguir viaje.
Mientras existió la paridad cambiaria con el dólar, una parte de la cocaína terminada -como cualquier otro producto- se quedaba en el país de tránsito, abastecía el mercado interno. Al desaparecer la paridad, se redujo notablemente el mercado interno.
A partir de allí, sólo pudieron consumir droga “de calidad” los chicos de la clase media alta y las familias ricas. A los de clase media baja y los pobres, les quedó el “paco”, un residuo de fabricación, sobras de muerte en un lugar que produce continuamente distintas variedades de muerte.
Chile lidera el consumo de cigarrillos entre los jóvenes. Cuatro de cada diez fuman. Y han comenzado antes de los 15 años.
Brasil es el imperio del “pegamento” y de los “inhalables”, sobre todo entre los chicos más pobres. La ferreterías y comercios aumentan sus pedidos de adhesivos de contacto, aunque saben que serán usados por los filhos da rua (hijos de la calle) para narcotizarse. “Si sobreviven al pegamento (piensa el sistema, aunque no tiene el coraje de decirlo) entonces les mandamos los escuadrones de la muerte”.
Así están las cosas en el sur de América, esta tierra donde campea el filicidio. El filicidio de Estado, precisamos. El cerdo que devora las raíces de la parra que lo alimenta.
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