Chile entre dos Centenarios: Historia de una democracia frustrada

PiensaChile entiende que no podemos avanzar hacia el futuro de forma inteligente sino somos capaces de entender nuestro pasado. El trabajo de nuestro colaborador, el historiador y profesor universitario Rafael Luis Gumucio Rivas, es un significativo aporte en ese esfuerzo. Invitamos a Uds. a leerlo, darlo a conocer y comentarlo.

Resumen:

En este artículo se analizan las frustraciones de la lucha democrática en diversos períodos de la historia de Chile: en pocos lapsos de la historia nuestro país ha logrado una alta participación popular y la expresión plena de la soberanía de los ciudadanos como lo hizo en los años 70, en que gracias a las reformas electorales se  amplio el derecho a sufragio a los mayores de 18 años, a los analfabetos y se instauro la cedula única que elimino el cohecho. Largos trazos de nuestra historia se pueden definir, aunque parezca una contradicción, como una democracia oligárquica, heredera del despotismo ilustrado. En este trabajo, basado en el método histórico-comparativo, pretendemos contrastar los dos Chiles: uno en el Centenario, (1910), y otro en la actualidad, a menos de cinco años del Bicentenario. En ambos casos existen muchos elementos de similitud, a pesar de los diferentes contextos históricos.

Introducción 

El economista Aníbal Pinto escribió, hacia los años cincuenta, un libro clásico llamado, “Chile, un caso de un desarrollo frustrado”, en el cual afirmaba que Chile tenía una política sofisticada, con muchas similitudes a la europea y una economía igual a los países del tercer mundo. En la actualidad, parece que esta paradoja se ha puesto de cabeza: tenemos índices macroeconómicos excelentes y una política cada vez más desprestigiada .

La idea democracia nunca ha predominado en la historia universal y nacional: a pesar de su buena reputación, que hace que aun países totalitarios se vistan con su nombre, como era el caso de la fenecida República Democrática Alemana, la mayoría de los pensadores políticos no han demostrado demasiada afección al gobierno del pueblo, con el pueblo y para el pueblo. La política fue siempre concebida como una actividad de minorías preclaras y de gran capacidad tecnológica.

Para Sócrates parecía inaceptable que la polis pagara a granjeros, cultivadores de olivos, para que pudieran votar en igualdad de condiciones con los filósofos, buscadores de la justicia y de la verdad. Platón, su discípulo, buscará la polis ideal en el sentido del reino de los filósofos. Calicles, el más político de los sofistas, alabará la tiranía.

Sostengo que la utopía siempre estuvo en contradicción con la idea democrática: los mundos ideales, buscados por Tomás Moro y Campanella, son más bien sociedades igualitarias monásticas, donde junto a la búsqueda de la igualdad, siempre existe un orden jerárquico. Estas ciudades ideales están muy lejanas del autogobierno del pueblo. Tampoco las rebeliones campesinas, del siglo XVI están inspiradas en el ideal democrático: su base apocalíptica hace a los campesinos rebelarse contra un orden injusto, posiblemente para instaurar la igualdad, pero en ninguna de las jaqueríes hay una idea de autogobierno. Tampoco las teologías de la liberación, planteadas por Lamennais y otros, existe una concepción democrática que supere la búsqueda de justicia frente a la naciente explotación capitalista. No puedo ver en las Icarias o los falansterios de los utópicos del siglo XIX más que un orden perfecto de una sociedad igualitaria.

Los filósofos políticos modernos no se caracterizan por su adhesión a la democracia: tanto Maquiavelo, como Hobbes, pretenden liberar a la política de la tutela de la ética religiosa cristiana para centrarla en la teoría del poder; “más vale ser temido que amado”, sostiene Maquiavelo, y Hobbes, por su parte, dice que “el hombre es el lobo del hombre” y que la sociedad primitiva se caracteriza por la lucha de unos contra otros, y que debe ser contenida y regulada mediante la coerción, aplicada por este demonio que es el Leviatán. Para el liberalismo, lo central siempre será la libertad económica que, a través del mercado, reparte los bienes como en la multiplicación de los panes bíblicos, pero los Lazaros modernos siempre recogen sólo las migajas. Para Weber, el Estado aplica la violencia legítima, supuestamente aceptada de buen grado por los ciudadanos.

El sufragio universal fue una conquista gradual de las organizaciones obreras, y fue visto por las élites con verdadero horror: Cómo puede ser que las masas ignorantes y desposeídas tengan la  misma participación, por medio del voto, en el gobierno de la nación. Por ejemplo, a comienzos del siglo XX, José Ortega y Gasset escribió  libro “La rebelión de las masas”, en el cual, en forma casi cinematográfica describe cómo las masas ignorantes invaden todos los lugares que antes eran de uso exclusivo de las élites; el dominio de la masa terminará por destruir todo concepto de aristocracia intelectual, invertebrando a las sociedades.

Muchas formas se inventaron para limitar y domesticar el sufragio universal: primero fue el sufragio censitario – sólo votan quienes posean propiedad o bienes demostrables-; posteriormente, el voto plural, que entregaba más sufragios a quienes poseía mayor educación; cuando todas estas estrategias fallaron apareció, como correctivo del sufragio universal, el cohecho, que consiste en la compra de conciencia por dinero. Para domesticar el peligroso sufragio universal se formaron los partidos políticos, muchos de ellos nacidos de las organizaciones sindicales, como el laborismo o la social democracia. Duverger los llama partidos de masas, que poco apoco fueron burocratizándose y sosteniendo oligarquías en el poder. Con razón Michels sostiene que donde hay organización surge la burocracia.

Por esencia, los movimientos libertarios niegan la importancia de la política: están convencidos que una gran huelga general de masas destruirá tanto al Estado, como a la religión. Tampoco el espontaneismo, surgido tanto en Europa, como en América Latina, tiene como horizonte la democracia, el centro de su preocupación es la revolución autogestionaria de masas. Para Marx, la conquista final de la libertad sólo será posible en la sociedad comunista, una vez expropiado a los expropiadores, por medio de una dictadura revolucionaria.

En Chile, estas mismas fragilidades antes descritas, se dieron a través de la evolución histórica. Nuestra independencia no es más que la herencia de un despotismo ilustrado, de carácter republicano. Es cierto, como lo han probado historiadores como Joselyn-Holt (1999) y Luis Vitale (1967), que en este período existieron rebeldes propagadores de los ideales liberales de la Revolución Francesa, sin embargo, el predominio de la aristocracia castellana vasca, de Santiago y de los militares de Concepción, es difícil de contrarrestarlo con las prédicas del padre Origüela o las aventuras guerrilleras de Manuel Rodríguez.

El período que va desde la caída de O¨Higgins, hasta 1830, ha sido vilipendiado por la historiografía conservadora: autores como Encina, Edwards y Vial  describen, con tono burlón, aquella época en que los “pipiolos” buscaban formas de construir un Chile inspirado en los ideales liberales europeos. Personajes como el padre de la Patria, José Miguel Infante, quien buscó el federalismo frente a una aristocracia extremadamente centralizada, y José Joaquín de Mora, que redactó la primera Constitución liberal en Chile, en 1828, o son satanizados o presentados como utopistas locos o desconformados cerebrales, en el curioso lenguaje de Francisco Encina.

La guerra civil, que terminó con la batalla de Lircay, reimplantó el predominio absoluto del autoritarismo pelucón. El “peso de la noche”, de Portales, no es más que el afán de mantención del orden social, a todo precio. Incluso, Portales sostiene que si su padre se rebelara, de inmediato lo fusilaría. El manejo del Estado no es más que la defensa de los buenos soldados contra los pilluelos y malvados, estos últimos eran nada menos que Ramón Freire y los pipiolos. Palo y biscochuelo bien administrado, como sostenía Portales, resume todo el arte de gobernar. Para Jocelyn-Holt, Portales no es más que un pragmático del poder. La famosa frase portaliana, “el peso de la noche”, resume toda su concepción política. “El orden social se mantiene en Chile por el peso de la noche y porque no tenemos hombres sutiles, hábiles y cosquillosos: la tendencia casi general de la masa al reposo es la garantía de la tranquilidad pública. Si ella faltase, nos encontraríamos a oscuras y sin poder contener a los díscolos más que con medidas dictadas por la razón, o que la experiencia ha enseñado a ser útiles; pero, entre tanto…” (cit. por Jocelyn-Holt 199:148). Tampoco le importaban a Portales las leyes y constituciones: “En Chile la ley no sirve para otra cosa que no sea para producir anarquía, la ausencia de sanción, el libertinaje, el pleito eterno, el compadrazgo y la amistad…De mí se decirle que con ley o sin ella esa señora que llaman la constitución hay que violarla cuando las circunstancias son extremas. Y que importa que lo sea, cuando en año la parvulita lo ha sido tantas por su perfecta inutilidad”. (Cit. por F. Portales, 2004:3). Es evidente que la fantasía spengleriana del gobierno impersonal de Portales, y del famoso resorte de la máquina, no es más que la instauración del despotismo ilustrado bajo el ropaje de la  república.

El mito del orden, en el siglo XIX, ya no resiste ningún análisis: a pesar de los intentos por anular la memoria de Bilbao y Arcos o de burlarse de los girondinos chilenos, la Sociedad de la Igualdad, como embrión de organización de los artesanos, puso en cuestión al autoritarismo pelucón. Santiago Arcos se niega a la alianza de las ideas socialistas y comunistas utópicas con el liberalismo; es el primero en plantear una reforma agraria y en herir en el corazón a una aristocracia castellano-vasca, pacata y autoritaria. Si bien el movimiento de las mutuales pasó por etapas de alejamiento de la política prefiriendo el socorro mutuo entre las víctimas de la explotación, en algunas ocasiones muy especiales apoyaron candidaturas de artesanos, o presidenciales, como en el caso Vicuña Mackenna, rápidamente abandonada cuando este recibe el apoyo de los conservadores.

Si bien el reformismo liberal logró limitar el período presidencial a cinco años y ampliar el derecho a voto a los veintiún años, presumiendo la posesión de un bien raíz, con exclusión de las mujeres, siempre siguió aplicándose la idea central del presidente de la república como el único elector, pues por medio de la intervención electoral lograba imponer a su sucesor y elegir a la casi totalidad, del Congreso. El partido conservador, clerical, surgido de la “cuestión del sacristán”, estuvo siempre proscrito de la actividad política. Todos los candidatos rivales del partido liberal fueron siempre fácilmente derrotados. Así ocurrió con Urmeneta, con Baquedano, con Vicuña Mackenna y con José Francisco.Vergara; de ahí que el partido conservador aparezca como libertario, pues defendía la libertad electoral frente al brutal intervensionismo presidencial. En una ocasión, ingenuamente, Abdón Cifuentes se atrevió  a preguntar al presidente Errázuriz Zañartu, cuándo habrá elecciones libres en Chile y el presidente le respondió que nunca. Más cínico aún, en su afán intervensionista, lo fue Domingo Santa María: “Entiendo el ejercicio del poder como una voluntad fuerte, directora, creadora del orden y de los deberes de la ciudadanía. Esta ciudadanía tiene mucho de inconsciente todavía y es necesario dirigirla a palos…Entregar las urnas al rotaje y a la canalla, a las pasiones insanas de los partidos, con el sufragio universal encima, es el suicidio del gobernante y no me suicidaré por una quimera. Veo bien y me impondré para gobernar con el mejor y apoyaré cuanta ley liberal se presente para preparar el terreno de una futura democracia. Oiga bien; futura democracia” (F. Portales,2004:3).

En todo el siglo XIX, tanto Portales, como Errázuriz, Santa María y Balmaceda, pospusieron la conquista de la democracia a un futuro utópico y lejano, cuando las costumbres y las virtudes se perfeccionen. Como en el despotismo ilustrado, se gobierna para el pueblo, pero sin el pueblo. A pesar del mito construido a posteriori sobre Balmaceda, este seguía creyendo en la fuerza de la intervención presidencial, al viejo estilo portaliano.

El objeto de este trabajo, después de esta somera introducción al contexto histórico del siglo XIX, está centrado en el estudio histórico comparativo de Chile entre sus dos Centenarios: el de 1910 y el que ha de venir en el 2010. Por cierto que la labor del historiador no es hacer profecías, como lo sostenía Hegel, sino analizar analogías y diferencias entre dos períodos que, a mi modo de ver, contienen más similitudes que las que un desaprensivo lector pueda captar.
Lea pronto la II Parte de la serie.
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