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Hace 50 años se iniciaba el Movimiento de los No Alineados 

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Entrevista a Samir Ami, director del Foro del Tercer Mundo (Dakar) y del Foro Mundial de las Alternativas

El 50 aniversario de la conferencia de Bandung. ¿Hacia una nueva solidaridad renovada entre los pueblos del sur?
Pregunta de Rémy Herrera: Hace 50 años, en 1955, los principales jefes de Estado de los países de Asia y áfrica que habían recuperado su independencia política se reunían por primera vez en Bandung. ¿Cuál era su proyecto común?
Respuesta de Samir Amin: Los dirigentes asiáticos y africanos reunidos en Bandung eran muy diferentes entre sí. Las tendencias políticas e ideológicas que representaban, sus visiones de las sociedades que aspiraban a construir o reconstruir, y sus relaciones con Occidente, marcaban esas diferencias. Los movimientos de liberación nacional se repartían entre las tendencias radicales («socialistas») y las tendencias moderadas. Las causas de una u otra opción eran complejas, relacionadas con las clases sociales que apoyaban a los movimientos (campesinos, mundo urbano popular, clases medias o privilegiadas…), y con las tradiciones de su formación política y organizativa (partidos comunistas, sindicatos, Iglesias…). No obstante, había un proyecto común que les convocaba y daba sentido a su reunión. No había concluido la batalla histórica por la independencia. Entonces, su programa mínimo común incluía la descolonización política de Asia y áfrica. Además, todos estaban de acuerdo en que la independencia política recién recuperada sólo era un medio para lograr el fin de la liberación económica, social y cultural. Pero, sobre el modo de lograrlo, los asistentes a la reunión de Bandung se dividían en dos bandos: según la opinión mayoritaria, el «desarrollo» era posible en la «interdependencia» en el seno de la economía mundial; por su parte, los dirigentes comunistas proponían salir del ámbito capitalista para formar —con la URSS, o bajo su liderazgo— un campo socialista mundial.

Los dirigentes del Tercer Mundo capitalista, que no eran partidarios de «salirse del sistema» («desconectar»), tampoco compartían la misma visión estratégica y táctica del desarrollo. Pero todos ellos, en distinto grado, eran conscientes de que una sociedad desarrollada independiente —aunque fuera en la interdependencia global— implicaba algún tipo de enfrentamiento con el dominio occidental. La tendencia más radical era partidaria de poner coto al control de la economía nacional por el capital monopolista extranjero. Además, para mantener su recién conquistada independencia, se negaba a participar en el engranaje militar mundial y a servir de base para el cerco de los países socialistas que pretendía imponer el dominio estadounidense. Pero también pensaba que negarse a formar parte del bando militar atlantista no implicaba necesariamente colocarse bajo la protección de su adversario, la URSS. De ahí la neutralidad y «no alineación» que dio nombre al grupo de países y a la organización que surgiría del espíritu de Bandung.

R. H.: ¿Cómo reaccionaron las potencias occidentales frente a Bandung?
S. A.: Occidente no vio con buenos ojos el espíritu de Bandung y la no alineación, ni en su vertiente política ni en la económica. La verdadera saña con que las potencias occidentales atacaron a los dirigentes radicales del Tercer Mundo de los años sesenta (Nasser, Soekarno, Nkrumah, Modibo Keita), casi todos derrocados en esa época, entre 1965 y 1968 —cuando también se produjo la agresión israelí de junio de 1967 contra Egipto, Siria y Jordania—, demuestra que la visión política de los no alineados era inaceptable para la alianza atlantica.

R. H.: ¿Cómo ha evolucionado la «no alineación» con el tiempo?
S. A.: De cumbre en cumbre, durante los años sesenta y setenta, la no alineación, transformada ya en el «Movimiento de Países No Alineados» que incluía a casi todos los países de Asia y áfrica, fue perdiendo poco a poco su carácter de frente solidario centrado en las luchas de liberación y el rechazo de los pactos militares, para transformarse en un «sindicato» que planteaba reclamaciones económicas al Norte. Entonces, los No Alineados se aliaron con los países de América Latina que, excepto Cuba, no habían osado oponerse al hegemonismo estadounidense. El Grupo de los 77 —el conjunto del Tercer Mundo— fue la plasmación de esta nueva y amplia alianza de países del Sur. La batalla por un «Nuevo Orden Económico Mundial», presentada en 1975 tras la guerra [árabe-israelí] de octubre de 1973 y la revisión de los precios del petróleo, completó esta evolución y marcó su decadencia. Lo que se ha dado en llamar «ideología del desarrollo», hoy sumida en una crisis que puede serle fatal, tuvo su «época dorada» precisamente entre 1955 y 1975.

R. H.: ¿Cómo puede definirse la «ideología del desarrollo» de Bandung, la economía política del no alineamiento?
S. A.: Aunque la economía política del no alineamiento suele ser bastante imprecisa, podemos decir que comparte estos rasgos comunes: 1) un afán de desarrollar las fuerzas productivas, de diversificar las producciones, y especialmente de industrializar; 2) la atribución al Estado nacional de la dirección y el control del proceso; 3) la creencia de que los modelos «técnicos» son «neutros», que uno puede solamente reproducir, y controlarlos; 4) la creencia de que el proceso no requiere ante todo la iniciativa popular, sino únicamente el respaldo popular a las iniciativas del Estado; 5) la creencia de que el proceso no está en contradicción fundamental con el hecho de participar en los intercambios del sistema capitalista mundial, aunque surjan conflictos momentáneos con él.

Las circunstancias de la expansión del capitalismo en los años 1955-1970 propiciaron, hasta cierto punto, el éxito de este proyecto. Las políticas de desarrollo aplicadas en Asia, áfrica y América Latina han sido idénticas en lo fundamental, más allá de los distintos planteamientos ideológicos que las han acompañado. Se trataba, en todos los casos, de sacar adelante un proyecto nacionalista de modernización acelerada de la sociedad por la industrialización. Para comprender este denominador común, baste recordar que, en 1945, casi todos los países de Asia (excepto Japón), de áfrica (incluida Suráfrica), y también de América Latina (aunque con matices), carecían de una industria digna de este nombre —excepto la extracción minera aquí y allá—, tenían una gran mayoría de población rural y sus regímenes políticos eran arcaicos o coloniales. Pese a sus diferencias, todos los movimientos de liberación nacional tenían las mismas metas de la independencia política, de la modernización del Estado, de la industrialización de la economía.

R. H.: ¿Todos estos países aplicaron realmente esta estrategia de desarrollo?
S. A.: Sería incorrecto decir que no la aplicaron todos cuando estuvieron en condiciones de hacerlo. Claro, las variantes son casi tan numerosas como los países, lo cual, en principio, justificaría los intentos que se han hecho de clasificarlos en grupos con arreglo a determinados modelos. Sin embargo, el riesgo es que los criterios de clasificación podrían responder a unas preferencias ideológicas, o por lo menos a la idea que tenemos o que se tenía en su momento de estas experiencias, de sus posibilidades y limitaciones exteriores e interiores. Por eso, al contrario, partiendo de un denominador común, creo que es preferible distanciarse de esas
clasificaciones y ver la historia a partir de hoy, volver a interpretarla a la luz de sus resultados.

R. H.: ¿Qué implicaba exactamente la industrialización?
S. A.: Industrializar implicaba, ante todo, crear un mercado interior y protegerlo de los ataques de la competencia que impediría su formación. Las fórmulas podían variar según las circunstancias y los planteamientos más o menos teóricos o ideológicos (prioridad a la creación de industrias ligeras de consumo o a la de «industrias industrializantes»), pero la meta final era idéntica. La tecnología necesaria para la industrialización sólo podía ser importada, pero no significaba que el capital extranjero fuese propietario de las instalaciones. Eso dependía de la capacidad de negociación. En cuanto al capital financiero, cuando no se facilitaba su inversión en el país, se tomaba prestado. También en este caso la fórmula propiedad extranjera privada _ financiación pública (garantizada con el ahorro nacional o la ayuda exterior en donaciones y créditos) podía ajustarse al cálculo que se hiciera de los medios y los costes.
Las importaciones que requerían estos planes de aceleración del crecimiento por la industrialización sólo podían hacerse, al principio, a cambio de las exportaciones tradicionales de productos agrícolas o mineros. Se podía hacer, en una fase de crecimiento general, como la de la posguerra, cuando la demanda de casi toda clase de productos iba en aumento continuo (energía, materias primas minerales o agrícolas…).
Los términos del intercambio variaban, pero no anulaban sistemáticamente, con su deterioro, los efectos del crecimiento de los volúmenes exportados. La urbanización, las obras de infraestructura de transportes y de comunicaciones, la educación, los servicios sociales… estaban dirigidos, en parte, a proporcionar mano de obra cualificada para la industrialización, pero también tenían sus propios fines, para construir un Estado nacional y modernizar los comportamientos, como se aprecia en el discurso del nacionalismo, que entonces era por naturaleza casi «transétnico». Aunque la modernización se basaba en la industrialización, tampoco se reducía a ella.

R. H.: ¿Así que la intervención del Estado se consideraba absolutamente decisiva para el desarrollo?
S. A.: Desde luego. No se hacía esa contraposición, hoy tan frecuente, entre la intervención estatal —siempre negativa, contraria en esencia a la supuesta espontaneidad del mercado— y el interés privado —asociado a las tendencias espontáneas del mercado. Ni siquiera se hablaba de ella. Al contrario, todos los gobiernos compartían el criterio de que la intervención estatal era un elemento fundamental de la creación de mercado y de la modernización. Claro, la izquierda radical, con su interpretación ideológica tendente al socialismo, asociaba la expansión del estatismo a la eliminación gradual de la propiedad privada. Pero la derecha nacionalista, sin tener la misma meta, no se quedaba a la zaga en materia de intervencionismo y estatismo: la construción y la defensa de los intereses privados, según ella, requería un estatismo vigoroso. En esa época, nadie habría hecho caso de las majaderías que se oyen en los actuales discursos dominantes.
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R. H.: ¿Pero el desarrollo no se concebía siempre como algo opuesto al capitalismo?
S. A.: Es verdad. Hoy en día existe la tentación de interpretar esta historia como una etapa de expansión del capitalismo mundial, que habría desempeñado, con más o menos acierto, unas funciones propias de la acumulación primitiva nacional, creando así las condiciones para la etapa siguiente, en la que nos encontraríamos ahora; una etapa caracterizada por la apertura al mercado mundial. Creo que no debemos ceder a esta tentación. Las fuerzas del capitalismo mundialmente dominante no crearon espontáneamente el (o los) «modelo(s) de desarrollo».

Fue el desarrollo, como producto del movimiento de liberación nacional del Tercer Mundo de la época, lo que se impuso a estas fuerzas. Entonces, la interpretación que propongo destaca la contradicción entre las tendencias espontáneas e inmediatas del sistema capitalista, siempre guiadas por el mero cálculo económico a corto plazo característico de este modo de gestión social, y las visiones más amplias de las fuerzas políticas en ascenso, que por este motivo chocaban con las primeras. Por supuesto, no siempre es un conflicto abierto; el capitalismo se adapta a él, aunque no origina el movimiento.
El conflicto entre las fuerzas dominantes del capitalismo y los promotores del proyecto «desarrollista» de Bandung fue más o menos intenso según el modo de entender el estatismo aplicado, bien como sustituto del capitalismo, bien como parte de él. El ala radical del movimiento, que defendía la primera postura, chocaba con los intereses inmediatos del capitalismo, especialmente por las nacionalizaciones y la exclusión de la propiedad extranjera. El ala moderada, en cambio, procuraba conciliar los intereses enfrentados, lo que aumentaba así las posibilidades del ajuste. A escala internacional, esta diferencia solía plantearse en los términos del conflicto Este-Oeste entre el sovietismo y el capitalismo occidental.

R. H.: ¿Cuál fue el papel de las burguesías nacionales del Sur en estos movimientos?
S. A.: Todos los movimientos de liberación nacional compartieron esa visión modernista, y por eso mismo capitalista y burguesa. Lo cual no significa de ninguna manera que fueran inspirados, y menos aún dirigidos, por una «burguesía», en el sentido cabal de la palabra. Porque apenas existía una burguesía en el momento de las independencias. Y hoy sólo existe en estado embrionario, en el mejor de los casos. Lo que sí existía, en cambio, era la ideología de la modernización, que daba un sentido a la rebelión de los pueblos contra la colonización. Una ideología portadora de un proyecto que me atrevería a llamar, por extraño que parezca, «capitalismo sin capitalistas». «Capitalismo», por el concepto que tenía de la modernización, requisito para reproducir las relaciones de producción y las relaciones sociales esenciales propias del capitalismo: relación salarial, gestión de la empresa, urbanización, educación jerarquizada, ciudadanía nacional…
Otros valores característicos del capitalismo evolucionado, como la democracia política, brillaban por su ausencia —pero esto se justificaba por las necesidades de un desarrollo inicial y previo. «Sin capitalistas», en la medida en que, a falta de una burguesía de empresarios, el Estado debía reemplazarla; pero también, a veces, por la sospecha que inspiraba la aparición de una burguesía, que daría prioridad a sus intereses inmediatos frente a los de largo plazo en construcción. Esta sospecha se traducía aún en exclusión en el ala radical del movimiento de liberación nacional, que entonces entendía su proyecto como lo de la «construcción del socialismo» y reencontraba el discurso del soviétismo. Como su afán principal era «alcanzar» al mundo occidental desarrollado, el proyecto, por su propia dinámica, acabó creando un «capitalismo sin capitalistas».

R. H.: ¿Qué balance puede hacerse, en concreto, de esta estrategia de desarrollo?
S. A.: Los resultados son tan dispares que nos llevan a replantearnos la expresión común de «Tercer Mundo» para designar al conjunto de países que han aplicado políticas de desarrollo en las decadas de la posguerra. Hoy se distingue, no sin motivo, entre un Tercer Mundo de industria
lización reciente, parcialmente competitivo (los llamados «países emergentes»), y un Cuarto Mundo marginado (los «países excluidos»).

R. H.: ¿Cuáles han sido los resultados según el criterio de la «construcción nacional»?
S. A.: En conjunto los resultados han sido discutibles. Porque, en épocas anteriores, el desarrollo del capitalismo había propiciado la integración nacional, aunque la globalización operando en las periferias del sistema, por el contrario, desintegra las sociedades. Ahora bien, la ideología del movimiento nacional desconocía esta contradicción, pues estaba atrapada en el concepto burgués de «superar el retraso histórico», y lo entendía como participación en la división internacional del trabajo —en vez de su negación por la desconexión. Sin duda, los caracteres específicos de las sociedades precoloniales y/o precapitalistas determinaron que los efectos de esta desintegración fuesen más o menos acusados.
En áfrica, donde las fronteras coloniales artificiales no habían respetado la historia anterior de sus pueblos, la desintegración producida por la periferización capitalista permitió que sobreviviera el «etnicismo», pese a los esfuerzos de la clase dirigente surgida de la liberación nacional por superar sus manifestaciones. Cuando sobrevino la crisis y se cerró el grifo del excedente que había servido para sufragar las políticas «transétnicas» del nuevo Estado, la propia clase dirigente se dividió en bandos que, al perder la legitimidad basada en los logros del desarrollo, buscaron nuevos apoyos, y esto les llevó a replegarse en el etnicismo.

R. H.: Y según el criterio (o los criterios) del «socialismo», ¿cuál es el balance?
S. A.: En este caso, los resultados son aún más desiguales. Claro, para empezar, se entiende por «socialismo» lo que proclamaba la ideología populista radical. Era una visión progresista, que hacía hincapié en la movilidad social máxima, la reducción de las desigualdades en los ingresos, una tendencia al pleno empleo en la zona urbana, algo así como un «Estado del bienestar (Welfare State) en versión pobre». En este sentido, los logros de un país como Tanzania contrastan vivamente con los de Zaire, Costa de Marfil o Kenia, por ejemplo, países donde las desigualdades más extremas no han hecho más que aumentar en los últimos 40 años, tanto en los momentos de crecimiento económico acelerado como después, con el estancamiento.

R. H.: ¿Y según el criterio capitalista de capacidad de ser competitivo en el mercado mundial?
S. A.: Según este criterio, la diferencia es máxima entre el grupo de los principales países de Asia y América Latina, que han llegado a ser exportadores industriales competitivos, y el conjunto de los países africanos, que siguen anclados en la exportación de productos primarios. Los primeros forman el nuevo Tercer Mundo —la futura periferia en mi análisis— y los segundos lo que se denomina ya el «Cuarto Mundo» —destinado a quedar marginado en la globalización capitalista. Por lo tanto, el abanico de los progresos realizados por los nacionalismos de Bandung, y sus equivalentes latinoamericanos, es sumamente amplio. Un hecho de esta magnitud no se puede abordar sin estudiar la influencia concreta de los factores internos y externos en cada país, unas veces para acelerar el desarrollo y otras para frenarlo.

R. H.: ¿Eso significa que, hoy, no sigue habiendo una solidaridad entre los países del Sur?
S. A.: En este momento, la solidaridad entre los países del Sur, que se había expresado con fuerza desde Bandung (1955) hasta Cancún (1981), tanto en el aspecto político —con la no alineación— como en el económico —por las posiciones comunes de los 77 en las instancias de la ONU, especialmente en la CNUCED—, parece que ya no existe. Las tres instituciones internacionales que trabajan por la integración de los países del Sur, la OMC, el Banco Mundial y el FMI, seguramente tienen mucha responsabilidad en el debilitamiento de los 77, de la extinta Tricontinental y del Movimiento de No Alineados —aunque este último está dando señales de un posible renacer. Otra de las causas de esta evolución es el aumento de las desigualdades en el Grupo de los 77.

R. H.: ¿De modo que los países del Sur ya no tienen unos intereses comunes que defender entre todos?
S. A.: Eso es cierto para quienes sólo ven las cosas a corto plazo y las «ventajas» inmediatas que unos y otros pueden obtener, supuestamente, de la globalización neoliberal. Pero no lo es a largo plazo, ya que el capitalismo realmente existente no tiene mucho que ofrecer, ni a las clases populares del Sur, ni tampoco a los países, pues no permite que se recuperen por su «catching-up» o «rattrapage»; es decir, que se sitúen como socios en las mismas condiciones que los centros (la tríada: Estados Unidos, Europa, Japón) en la conformación del sistema mundial. Y una vez más lo político lleva la delantera, ya que está resurgiendo la conciencia de que es necesaria una solidaridad entre los países del Sur. La arrogancia de Estados Unidos y la aplicación de su designio de «control militar del planeta» han provocado una fuerte reacción en la reciente cumbre de los No Alineados celebrada, en Kuala Lumpur, en febrero de 2003.
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R. H.: Esta cumbre de Kuala Lumpur ha pillado a muchos por sorpresa, pero ¿puede interpretarse con el verdadero renacimiento de un frente del Sur?
S. A.: Puede que esta última cumbre de Kuala Lumpur pillara por sorpresa a algunas cancillerías adormecidas, que estaban convencidas de la insignificancia del Sur en la nueva globalización neoliberal. Sometidos a planes devastadores de reajuste estructural, debilitados por la sangría de la deuda externa y gobernados por burguesías compradoras, ya no parecía que los países del Sur fueran capaces de cuestionar el orden capitalista internacional, como lo hicieron entre 1955 y 1981. Sorpresa: los No Alineados han condenado la estrategia imperialista de Estados Unidos, su afán desmedido y criminal de control militar del planeta, la aplicación de su designio mediante una sucesión interminable de guerras planeadas y decididas unilateralmente por Washington. Los países del Sur son conscientes de que la globalización neoliberal no tiene nada que ofrecerles y, por ese motivo, tiene que recurrir a la violencia militar para imponerse, conforme a los planes estadounidenses. Ahora, el Movimiento es de no alineación con la mundialización neoliberal y con la hegemonía de Estados Unidos.

R. H.: ¿Cuáles serían las líneas maestras de una gran alianza que recuperase la solidaridad entre los Estados y los pueblos del Sur?
S. A.: Tanto las posiciones tomadas por algunos países del Sur como las ideas que van abriéndose camino trazan esas líneas maestras de una posible reedición de un frente del Sur. En el ámbito político, condenan la nueva doctrina de la politica de Estados Unidos —la de «guerra preventiva»— y exigen la evacuación de todas las bases militares extranjeras en Asia, áfrica y América Latina. Aunque, en las circunstancias actuales, los No Alineados han aceptado guardar silencio sobre los protectorados estadounidenses del Golfo, su postura ha sido semejante a la que han defendido Francia y Alemania en el Consejo de Seguridad, lo que ha acentuado el aislamiento diplomático y moral del agresor.

La selección del espacio de las interve
nciones militares de Washington, ininterrumpidas desde 1990, se concentra sobre el Medio Oriente árabe (Irak y Palestina —en esta última, mediante el respaldo incondicional a Israel—), los Balcanes (Yugoslavia, nuevas implantaciones en Hungría, Rumania y Bulgaria), Asia Central y el Cáucaso (Afganistán, antiguas repúblicas soviéticas).

Los objetivos de Estados Unidos son: 1) apoderarse de las regiones petroleras más importantes del planeta, y así poder presionar a Europa y Japón para reducirlos a la condición de aliados subalternizados; 2) instalar bases militares permanentes en el corazón del Viejo Mundo (Asia Central, a la misma distancia de París, Johannesburg, Moscú, Beijing y Singapur), que les permitan desencadenar otras «guerras preventivas» dirigidas, en primer lugar, contra los grandes países que amenazan con imponerse como socios con los que «hay que negociar»: ante todo China, pero también Rusia y la India. Para lograrlo necesita instalar en los países de la zona gobiernos títeres impuestos por las fuerzas armadas estadounidenses. Tanto Beijing como Delhi y Moscú cada vez tienen más claro que las guerras made in USA en realidad van dirigidas contra China, Rusia y la India, y no tanto contra sus víctimas inmediatas, como Irak.
R. H.: Y en el ámbito económico, ¿cuáles serían las líneas maestras de una alternativa?
S. A.: En el ámbito económico, se están trazando las líneas maestras de una alternativa que el Sur podría defender colectivamente, porque en este caso los intereses de los países que lo conforman son convergentes. Vuelve a hablarse de la necesidad de controlar las transferencias internacionales de capital. La apertura de cuentas capital, impuestas por el FMI como un nuevo dogma, tiene un solo fin: facilitar la transferencia masiva de capitales a Estados Unidos para enjugar su creciente déficit —resultado, a su vez, de las deficiencias de su economía y de la aplicación de su estrategia militar. Los países del Sur no obtienen ningún provecho de esta hemorragia de sus capitales, ni de las posibles devastaciones causadas por las incursiones especulativas. Entonces, habría que revisar la sumisión a las incertidumbres del cambio flexible, consecuencia lógica de esta apertura. En su lugar, la creación de sistemas de organizaciones regionales para garantizar una estabilidad relativa de los cambios merecería que los países del Sur, No Alineados y Grupo de los 77, le dedicasen investigaciones y debates sistemáticos. A fin de cuentas, durante la crisis financiera asiática (1997-98), Malasia decidió restablecer el control de cambios y ganó la batalla. El mismísimo FMI tuvo que reconocerlo.

R. H.: ¿También vuelve a hablarse de regular las inversiones extranjeras?
S. A.: Hoy en día, los países del Sur ya no se plantean, como hicieron algunos en el pasado, cerrar sus puertas a todas las inversiones extranjeras. Al contrario, hay demanda de inversiones directas. Pero el modo de acogerlas vuelve a suscitar reflexiones críticas, a las que no son indiferentes algunos gobiernos del Tercer Mundo. Estrechamente relacionado con esta regulación, también se discute el concepto de derechos de propiedad intelectual e industrial que quiere imponer la OMC ahora. Se ha comprendido que este concepto, lejos de propiciar una competencia «transparente» en unos mercados abiertos, va dirigido a reforzar los monopolios de las transnacionales.

R. H.: ¿Y qué ocurre con la agricultura, tan importante para los países del Sur?
S. A.: En este ámbito, son muchos los países del Sur que han comprendido hasta qué punto es imprescindible una política nacional de desarrollo agrícola, que tenga en cuenta las necesidades de proteger al campesinado frente a las consecuencias devastadoras de la «competencia» promovida por la OMC y de asegurar la alimentación de la nación. Con la apertura de los mercados de productos agrícolas, Estados Unidos, Europa y unos pocos países del Sur (los del Cono Sur americano) pueden exportar sus excedentes al Tercer Mundo; esto amenaza los objectivos de seguridad alimentaria, sin contrapartida; pues las producciones de los campesinados del Sur tropiezan con dificultades insuperables en los mercados del Norte. Pero la estrategia neoliberal, que desintegra estos campesinados y acelera la emigración del campo a los suburbios pobres, provoca la reaparición de luchas campesinas en el Sur, que alarman a los gobiernos.

Cuando se aborda la cuestión agrícola, especialmente en el marco de la OMC, suele ser para hablar de las subvenciones que conceden Estados Unidos y Europa, tanto a los productos de sus agricultores como a sus exportaciones agrícolas. Esta fijación con el comercio mundial de productos agrícolas deja de lado los problemas que acabo de mencionar. Además da pie a ambigüedades, dado que los países del Sur acaban defendiendo posturas aún más liberales que las adoptadas por el Norte. No hay nada que impida desligar las subvenciones de los gobiernos a sus agricultores de aquellas cuyo fin es fomentar el dumping de las exportaciones agrícolas del Norte.

R. H.: Otro asunto fundamental, la deuda externa. ¿Hoy, no es económicamente insostenible?
S. A.: No sólo se considera la deuda económicamente insostenible, sino que además se empieza a cuestionar su legitimidad. Va cobrando fuerza el rechazo unilateral a las deudas odiosas e ilegítimas y la reclamación de un derecho internacional de la deuda digno de este nombre, que hoy por hoy no existe. Si se hiciera una auditoría general de las deudas externas aparecerían muchas ilegítimas, odiosas, o incluso crapulosas. Pues bien, sólo los intereses que se pagan por ellas ascienden a cantidades tan elevadas que la exigencia de su reembolso, jurídicamente fundada, cancelaría de hecho la deuda, y revelaría que esta operación es una forma primitiva de saqueo. Las deudas externas deberían sujetarse a una legislación normal y civilizada, lo mismo que las internas. Esta idea podría abrirse camino en el marco de una campaña que promueva el derecho internacional, y fortalezca su legitimidad. Es porque el derecho calla que se imponen en este caso relaciones de fuerza salvajes. Por eso se consideran legítimas unas deudas internacionales que, si fuesen internas, si el acreedor y el deudor perteneciesen al mismo país, sentarían estos últimos en el banquillo por «asociación de malhechores».

R. H.: En este contexto, ¿es posible un nuevo Bandung hoy en día?
S. A.: El sistema mundial actual difiere demasiado en sus structuras de lo que había al término de la segunda guerra mundial para que podamos pensar en una reedición, un «remake» de Bandung. Los No Alineados se situaban en un mundo bipolar, con un equilibrio militar que impedía la intervención brutal de los países imperialistas en sus asuntos. Esta bipolaridad juntaba a los socios de los centros capitalistas (Estados Unidos, Europa Occidental, Japón) en un bando unificado. De modo que el conflicto político y económico por la liberación y el desarrollo enfrentaba a Asia y áfrica con un bando imperialista unificado. El mundo de hoy es militarmente unipolar. Al mismo tiempo, parece que están surgiendo diferencias, fracturas entre Estados Unidos y algunos países europeos sobre la gestión política del sistema globalizado, que en conjunto ha abrazado los principios del liberalismo. En la gestión económica de la globalización neoliberal, por lo menos en principio, los Estados de la tríada central forman un bloque aparentemente sólido. La cuestión, ineludible, es saber si estas evoluciones responden a un cambio cualitativo duradero —el centro ya no se conjuga en plural, y se ha vuelto definitivamente «colectivo»&md
ash; o sólo son circunstanciales.

R. H.: Entonces, ¿cómo se puede reconstruir politicamente un frente antiimperialista en el Sur?
S. A.: La reconstrucción de un frente sólido del Sur requiere la participación de sus pueblos. Los regímenes políticos de muchos países del Sur no son democráticos, es lo menos que se puede decir, y a veces son francamente odiosos. Estas estructuras autoritarias de poder favorecen a los sectores compradores, cuyos intereses están vinculados a la expansión del capitalismo imperialista global. La alternativa —la construcción de un frente de los pueblos del Sur— pasa por la democratización. Esa democratización es un camino difícil y largo. Pero desde luego no pasa por la formación de gobiernos títeres que entreguen las riquezas de su país a las transnacionales estadounidenses; unos gobiernos instalados por el invasor, aún más frágiles e ilegítimos que sus predecesores. Y la meta de Estados Unidos no es promover la democracia en el mundo, a pesar de sus declaraciones hipócritas.
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R. H.: Pero, ¿cómo podria librarse el Sur de las ilusiones neoliberales?
S. A.: En este momento, todavía hay gobiernos del Sur que pelean por un neoliberalismo «auténtico», por un «juego limpio», con reglas aceptadas por todos los socios, tanto del Norte como del Sur. Tarde o temprano, los países del Sur comprobarán que esa esperanza es totalmente ilusoria. Entonces, tendrán que admitir que todo desarrollo es necesariamente autocentrado. Desarrollarse es, ante todo, definir unos objetivos nacionales para modernizar los sistemas productivos y crear las condiciones internas que los pongan al servicio del progreso social; luego, es someter las modalidades de las relaciones de la nación con los centros capitalistas desarrollados a las exigencias de esta lógica. Esta definición de la «desconexión» —mi definición, que no es la «autarquía»— sitúa el concepto en el polo opuesto del principio liberal de «ajuste estructural» a las exigencias de la globalización, que la somete a los dictados exclusivos del capital transnacional dominante y profundiza las desigualdades a escala mundial.

R. H.: Por lo tanto, ¿en el Sur, la opción de un desarrollo autocentrado se queda ineludible?
S. A.: Desde luego. El desarrollo autocentrado ha sido, históricamente, el carácter específico del proceso de acumulación de capital en los centros capitalistas y ha determinado sus formas de desarrollo económico, que se rige principalmente por la dinámica de las relaciones sociales internas, reforzada por relaciones externas puestas a su servicio. En las periferias, por el contrario, el proceso de acumulación de capital deriva sobre todo de la evolución de los centros, se incorpora a ella, y de alguna manera es «dependiente».

 El desarrollo autocentrado implica, por lo tanto, el dominio de cinco condiciones, esenciales, de la acumulación: 1) el dominio local de la reproducción de la fuerza de trabajo, lo que supone, en una primera fase, que la política de Estado asegure un desarrollo agrícola capaz de producir excedentes alimentarios en cantidad suficiente y a precios compatibles con las exigencias de rentabilidad del capital y, en una segunda fase, que la producción de bienes salariales siga la expansión del capital y la de la masa salarial; 2) el dominio local de la centralización del excedente, lo que supone no sólo la existencia de instituciones financieras nacionales, sino también que estas sean relativamente autónomas de los flujos del capital transnacional, para garantizar la capacidad nacional de orientar su inversión; 3) el dominio local del mercado, ampliamente reservado a la producción nacional, incluso cuando no existan fuertes protecciones tarifarias o de otro tipo, y la capacidad complementaria de ser competitivo en el mercado mundial, por lo menos selectivamente; 4) el dominio local de los recursos naturales, que supone, más allá de su propiedad formal, la capacidad del Estado nacional de explotarlos o reservarlos; y por último 5) el dominio local de las tecnologías, inventadas en el país o, si son importadas, que puedan reproducirse rápidamente sin tener que importar siempre los insumos esenciales.

R. H.: ¿El debate sobre el desarrollo autocentrado supera al que contrapone las estrategias de sustitución de importaciones a las estrategias orientadas a la exportación?
S. A.: Sí. El concepto de desarrollo autocentrado, que se podría contraponer al concepto antinómico de desarrollo dependiente, producido por el ajuste unilateral a las tendencias dominantes que acompañan a la expansión mundial del capitalismo, no puede reducirse a la antinomia estrategias de sustitución de importaciones / estrategias orientadas a la exportación. Estos dos últimos conceptos son propios de la economía «vulgar», desconocedora de que las estrategias económicas siempre son obra de bloques sociales hegemónicos, a través de los cuales se expresan los intereses dominantes de la sociedad.

Todas las estrategias aplicadas en el mundo real combinan sustitución de importaciones y orientación exportadora en proporción variable, según las necesidades del momento. La dinámica del desarrollo autocentrado se basa en una articulación fundamental, que relaciona estrechamente, de manera interdependente, el crecimiento de la producción de bienes de producción con la de la producción de bienes de consumo masivo.

Las economías autocentradas no están cerradas; al contrario, están agresivamente abiertas, puesto que conforman el sistema mundial en su globalidad por su potencial exportador. A esta articulación le corresponde una relación social cuyos términos principales son los dos bloques fundamentales del sistema: la burguesía nacional y el mundo del trabajo. La dinámica del capitalismo periférico —la antinomia del capitalismo central autocentrado por definición— se basa, por el contrario, en otra articulación, que relaciona la capacidad de exportación con el consumo (importado o producido localmente con sustitución de importaciones) de una minoría.

R. H.: ¿No es necesaria una lectura crítica de los intentos históricos de desarrollos autocentrados, populares y/o socialistas?
S. A.: En los últimos tres cuartos de siglo, prácticamente todas las grandes revoluciones populares contra el capitalismo realmente existente se han planteado la cuestión del desarrollo autocentrado y de la desconexión: lo hicieron tanto las revoluciones socialistas rusa y china como los movimientos de liberación de los pueblos del Tercer Mundo. Dicho esto, hace falta una lectura crítica permanente de las respuestas históricas que se han dado a esta cuestión, relacionándolas con las que se han dado a todos los demás aspectos de la problemática del desarrollo de las fuerzas productivas, de la liberación nacional, del progreso social, de la democratización de la sociedad… para aprender de sus éxitos y de sus fracasos.

Al mismo tiempo, dado que el capitalismo se transforma y se adapta constantemente a los desafíos de las rebeliones populares, también los términos en que se plantean estas cuestiones evolucionan de manera permanente. Desarrollo autocentrado y desconexión no deben reducirse nunca a fórmulas acabadas, válidas para todas las situaciones y todos los momentos. Estos conceptos deben replantearse de acuerdo con las lecciones de la evolución de la globalización capitalista. La poderosa oleada de liberación nacional que barrió el Tercer Mundo en la posguerra se saldó con la f
ormación de nuevos poderes estatales, apoyados principalmente en burguesías nacionales que habían controlado en mayor o menor medida estos movimientos.

Estas burguesías discurrieron proyectos de desarrollo concebidos como estrategias de modernización para asegurar la independencia en la interdependencia. No se planteaban, pues, una verdadera desconexión, sino únicamente una adaptación activa al sistema mundial —opción que revela su naturaleza burguesa nacional. La historia acabaría revelando el carácter utópico del proyecto que, tras un aparente éxito entre 1955 y 1975, se agotó, y condujo a la recompra de las economías de la periferia, impuesta con políticas de apertura, privatización y ajuste estructural unilateral dictadas por la globalización capitalista.

R.H. : ¿Y las experiencias del «socialismo realmente existente»?
S.A. : En cambio, las experiencias del llamado «socialismo realmente existente», en la URSS y en China, se habían desconectado efectivamente, en el sentido que damos al principio de la desconexión, creando en este espíritu un sistema de criterios económicos independiente del que imponía la lógica de la expansión capitalista mundial. Esta selección, como otras que la acompañaban, revela las intenciones auténticamente socialistas de las fuerzas políticas y sociales que hicieron las revoluciones. Pero ante el dilema de «alcanzar a cualquier precio» a los centros capitalistas, con un desarrollo de las fuerzas productivas que requería sistemas de organización similares a los creados por dichos centros, o «construir una otra sociedad» (socialista), las sociedades soviética y china se inclinaron cada vez más por la primera opción y acabaron vaciando de contenido la segunda.

R. H.: ¿Hoy en día, cuáles serían, entonces, las condiciones para un desarrollo digno de este nombre?
S. A.: Un desarrollo digno de este nombre requiere una transformación profunda y difusa, que despeje el camino a la revolución agraria, y una densa trama de pequeñas industrias y de ciudades secundarias que ejerzan funciones imprescindibles en el apoyo del progreso general de la sociedad. Por supuesto, las selecciones concretas de las etapas de esta transformación general dependen del resultado de las luchas sociales e implican la formación y el éxito de alianzas nacionales, populares y democráticas, capaces de transitar fuera del carril de la compradorización.

En la aplicación concreta de las políticas por etapas deben definirse conceptos y criterios de eficacia social que sustituyan al concepto capitalista estrecho de «competitividad». Sin perder, al mismo tiempo, la perspectiva amplia, de largo plazo, del universalismo planetario. Para ello se necesita cierta apertura al exterior (importación rigurosamente seleccionada de tecnologías), aunque debe estar muy controlada para ponerla al servicio del progreso general en vez de obstaculizarlo. La evolución global aconseja crear grandes conjuntos regionales, especialmente en la periferia, y dar prioridad, en esos marcos, a las medidas que permitan preparar la modernización a escala mundial y transformar su naturaleza, despojándola poco a poco de los criterios del capitalismo.

Habrá que superar entonces, por estos conjuntos, los estrechos límites de los acuerdos estrictamente económicos y emprender la construcción de grandes comunidades políticas. Por supuesto, las formulaciones a esta escala del desarrollo autocentrado y de la desconexión implican la articulación negociada de las relaciones entre las grandes regiones consideradas, tanto en los planos de los intercambios y de la determinación de sus términos, del control y del uso de los recursos, como en los de las finanzas y de la seguridad política y militar. Es decir, una verdadera reconstrucción del sistema político internacional que, libre de los hegemonismos, se encamine por la senda del pluricentrismo.
R. H.: En esta perspectiva de un mundo pluricéntrico, ¿es posible un nuevo internacionalismo de los pueblos asiáticos, africanos, latinoamericanos, y europeos?
S. A.: Claro que sí. Existen las condiciones para un acercamiento, por lo menos, de todos los pueblos del Viejo Mundo. Se concretaría, en el ámbito de la diplomacia internacional, con la formación de un eje París-Berlín-Moscú-Beijing, y se reforzaría con el desarrollo de las relaciones amistosas entre dicho eje y el frente afroasiático reconstruido. La solidaridad con las luchas de los pueblos latinoamericanos es también fundamental, por supuesto. Es claro que cualquier avance en este sentido, lo de un internacionalismo entre pueblos asiáticos, africanos, latinoamericanos y europeos, anularía la ambición criminal de Estados Unidos, que se vería obligado a aceptar la coexistencia con unas naciones decididas a defender sus propios intereses. En este momento se trata de un objetivo absolutamente prioritario. La ejecución del plan estadounidense condiciona, sobredetermina todas las luchas: no podrá haber ningún progreso social y democrático duradero mientras no se frustre este proyecto hegemónico de Estados Unidos.
[1][**] Rémy Herrera, autor de la entrevistas, es investigador del CNRS —Universidad de Paris 1— Panthéon Sorbonne
Artículo publicado por el sitio Laberinto
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