La Habana: Crónica del 24 de Enero 2006
por Fernando Espinoza (Cuba)
21 años atrás 11 min lectura
La Habana: Crónica del 24 de Enero 2006.
La escuela primaria "Miguel Enríquez", arrinconando a la cafetería en el ángulo de la manzana, descansa a esta hora de los centenares de Pioneros bulliciosos y alegres que, en unas horas más, ocuparán todo el espacio de su amplia extensión, sin olvidarse, mientras estudian y juegan, del revolucionario chileno cuyo nombre ostenta. La casita de dos pisos del médico de la familia, en la esquina opuesta, está todavía a oscuras.
Arriba en el firmamento refulgen Orión, Tauro, las Pléyades, Casiopea…
Los vecinos que van llegando promedian la cincuentena de años; sin dudas, la mayoría de ellos estuvieron entre quienes asumieron en sus manos de niños, las primeras jornadas de lucha y construcción de la revolución cubana.
A las seis en punto de la mañana arriba la primera guagua. Es un viejo omnibus francés, alguno de los mismos que circularon hace décadas por las calles parisinas. Rápidamente llenamos asientos y pasillo y el bus parte ronroneando hacia su destino. Vislumbramos al pasar otros grupos de personas a los pies de los edificios de doce pisos de la avenida principal del barrio.
Por la Monumental, que es la autopista que enlaza los barrios del Este con la ciudad de La Habana, circulan ya otros vehículos de transporte diversos llevando sus pasajeros. La sensación no me abandona mientras sigo platicando con mis vecinos.
Cuando ingresamos al túnel que cruza bajo la boca de acceso a la bahía habanera, el ruido del motor ahoga nuestras voces. Surgimos otra vez a la superficie por la espiral ascendente de la vía que nos conduce directamente frente al Museo de la Revolución, otrora Palacio Presidencial; desde una esquina y oculta tras una valla de láminas de metal, nos observa como avergonzada la mansión que ocupa la embajada de España, mientras el poderoso haz proveniente desde el faro del peñón del Morro, se desliza sinuosamente por los muros de la ciudad con su pincelada de luz.
Pero ya puedo volver a respirar tranquilo al descender del bus. Hay allí miles de otros madrugadores de diferentes sexos, edades, ocupaciones, colores y aspectos que se dirigen bulliciosamente hacia el malecón habanero, el cual iluminado por sus potentes farolas brilla en la oscuridad como la vía señalada.
Me adelanto sorteando con dificultad este mar humano, tratando de llegar a la parte delantera de la marcha emplazada algunos kilómetros más adelante por el Malecón.
Cada cincuenta o más metros, se han improvisado sobre los desagües de la calle pequeñas casetas de madera o metal a guisa de urinarios; bordean también la avenida potentes equipos de amplificación de sonido, que nos entregan las voces de Carlos Puebla, de Silvio, o himnos de la Cuba libre y soberana… con sus servidores al pie de ellos, manipulando prestamente los teclados cual expertos DJs. Llevan ya en su función varias horas, desde que Fidel convocara a la movilización por la noche del 22 de Enero. Vendedores de refresco granizado, de helados, panes, empanadas de guayaba, rositas de maíz, terminan de instalarse con sus pequeños carritos.
Una mujer de unos setenta años comenta a su acompañante, mientras asciende lentamente por la rampa del malecón que enfrenta al hospital Hermanos Ameijeiras, otrora Banco Nacional, que allí ella fue operada de la columna. Adelanto un poco más allá a dos oficiales de las FAR, quienes como todos portan una jabita (Nota de la Red. : bolsita) en la que se adivinan la imprescindible botella con agua y algún pan.
Reposan mientras tanto sobre los muros del malecón innumerables parejas de enamorados, jóvenes o adultas, intercaladas por trabajadores y estudiantes; muchos contemplan hacia el mar Caribe todavía sumido en la oscuridad y desde el cual nos llega una bruma tenue y tibia. Entre los transeúntes destacan grupos familiares con niños de a pie, en brazos o en cochecitos.
Una dulce emoción de libertad y paz llena todo mi ser mientras avanzo entre esta multitud.
En la esquina con la calle 23 se ha instalado una barrera, tras la cual descansan sentados o recostados unos con otros miles de estudiantes de los nuevos programas de la revolución. Logro entrar en la zona delimitada, para caminar haciendo equilibrio entre este mar de juventud que llena todo el espacio hasta más allá del monumento al Maine, el mismo que perdiera en un golpe de pueblo al llegar la revolución, el águila que le adornaba desafiante como gesto imperial de dominio e humillación hacia los cubanos de antes de 1959.
Ya se ve el edificio de la SINA, cuya mole gris encierra la representación "diplomática" del gobierno de los EEUU ante Cuba; tengo curiosidad por conocer de cerca la nueva provocación lumínica que han instalado en uno de sus pisos, pero a esta hora los operadores del artilugio todavía descansan.
Enmarcados por personal de la Policía Revolucionaria y del Minint (Nota de la Red. : Ministerio del Interior), se encuentran apretadamente formados varios miles de estudiantes del Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas, popularmente conocido como la Lenin; ellos serán quienes encabezarán la marcha junto a los dirigentes de la revolución cuando esta se inicie en unos cuantos minutos más.
Está aclarando rápidamente pero la Luna menguante todavía intenta alumbrarnos desde un costado del Hotel Nacional, el mismo edificio en donde la mafia estadounidense y los ricos celebraban antaño sus bacanales.
Hasta donde se alcanza a ver, todo el tramo del malecón que acabo de recorrer está ya atiborrado de personas y de banderas. El amanecer se llena de risas y de consignas.
A las ocho en punto resuenan las notas y la letra del Himno Nacional, todo el mundo permanece erguido firmemente con la mano puesta sobre la frente o en los costados del cuerpo en señal de saludo y respeto. De entre un grupo de asombrados turistas, una joven de largos cabellos rubios no puede contener sus lágrimas.
Era también el momento esperado por los operadores para encender el lumínico instalado dentro de la SINA, quienes reciben instantáneamente en su madriguera el saludo despectivo de Fidel y la mofa de los allí reunidos. Por si esto fuera poco, el sol que acaba de salir irradia justamente hacia el costado del muro en donde está emplazado el panel de propaganda y aunque todos tratamos de "leerlo" entre risas, las cínicas letras de tenue luz rojiza que emite no logran distinguirse y son ahogadas inevitablemente por el mar de luz… un intento más del poderoso imperio que queda ridículamente impotente.
Fidel, implacable, claro y digno como siempre, resuena dentro de cada uno
de los allí presentes con su mensaje de lucha, objetividad y esperanza. Nadie que no haya escuchado y no se haya escuchado a sí mismo a través de la honestidad de las palabras de Fidel pudiera entender a este pueblo que se empalma dialécticamente con su querido comandante desde hace 47 años para enfrentar las dificultades y vencerlas.
Continúan el desfile gigantesco miles de estudiantes de las carreras emergentes: profesores, enfermeros, carreras artísticas, trabajo social, deportes, que ya colman y revolucionan incansablemente con su trabajo y juventud los diversos espacios de la sociedad cubana. A través de ese esfuerzo Cuba ratifica una vez más su propósito de hacer de esta revolución humana la más justa y libre que haya jamás existido.
No desfilan en esta ocasión los internacionalistas cubanos que prestan su servicio en variados y remotos « rincones oscuros » del planeta. Ellos, por miles, están a esta misma hora practicando el espíritu solidario de este pueblo feliz en medio de las nieves paquistaníes, o en las montañas centroamericanas y en ciudades o campos suramericanos, o entre sus abuelos del continente africano, curando el dolor y enseñando con su accionar cómo se puede construír con amor otro mundo posible y necesario.
Pero en cambio, vienen agitadas al viento las banderas de la nueva Venezuela, portadas en alto por los miles de hijas e hijos de la patria de Bolívar que estudian en esta Cuba acerca de la esperanza y sus múltiples vías.
Mirándolo todo con asombro y alegría, pasan grupos de centenares de jóvenes bolivianos con sus coloridas banderas, junto a otros latinoamericanos diversos; indígenas, caribeños , africanos, incluso algunos estadounidenses. Todos ellos han encontrado en esta patria cubana el lugar en donde aprender para retornar a sus pueblos a servir al nuevo ser humano que se gesta ya en nuestro planeta, después de milenios de humillación, dolor y espera. La mayoría son estudiantes en la ELAM, la Escuela Latinoamericana de Ciencias Médicas, esa respuesta típicamente cubana a la trístemente célebre "Escuela de las Américas" que fuera promovida por los amos de los mismos que se ocultan ahora en el edificio grisáceo de la SINA, para aleccionar a sus perros de presa latinoamericanos en los métodos de la muerte: la ELAM enseña en cambio a salvar la Vida.
Es probable que hoy estos individuos hayan optado por irse a tomar sol en alguna playa caribeña, a la espera de mejores días para cumplimentar su misión; regresarán después a urgar entre algún puñado de mercenarios cubanos de poca monta y menor honra algo para publicar sobre siniestras violaciones a los derechos humanos, torturas, persecuciones, cárceles injustas… como si en cualquier otro sitio del mundo actual no hubiese bastante tema y material concreto esperando para satisfacer con creces la tan loable y humanitaria preocupación de estos reporteros que en cambio prefieren esperar y esperar en Cuba, bronceados y daiquirí en mano.
Tampoco les interesa escribir con sus plumas acerca de los otros milagros de esta isla para con los humildes del planeta, ni mucho menos sobre el número efectivo de cubanos y otros que hoy caminan por este malecón digno y libre; pudieran consultar para saber su cantidad, por simple curiosidad y si así quisieran a los operadores escondidos tras los muros de la SINA, quienes de seguro en estos mismos momentos cuentan uno a uno y filman a este pueblo con sus sofisticados pero inútiles equipos láser computarizados y satelitales, afanados en ficharles para sus listas ignominiosas.
Mientras, el Che desfila flameando alegre e invencible en las banderas y los portadores que las empuñan continuan reproduciendo en millones cada día sus ideas; en sus ojos, que miran de frente y sin miedo, se expresa la decisión de continuar así marchando por estas calles y por la vida.
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