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El Padre Hurtado y las banderas anticorrupción 

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Estoy convencido que la caída de las grandes civilizaciones de la historia obedeció siempre a la corrupción que se apoderó de sus instituciones, de los gobernantes, de los nobles y de los plebeyos; de los parlamentarios, de los jueces, del clero, de los empresarios, de los comerciantes, de los líderes sociales, de los profetas, de los comisarios del pueblo, de los creadores que vendieron su palabra al poder. Comparto el pensamiento de Lord Acton que señaló "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente". Sin embargo, Lucio Anneo Séneca nos marcó que había esperanza si apuntábamos al hombre virtuoso ya que "lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad".

Pienso, por ejemplo, que el desmoronamiento de la Unión Soviética se debió en gran medida a que la pretendida sociedad sin clases de la utopía marxista terminó estructurándose en un sistema verticalista, con grandes mayorías desprovistas y grupos políticos ortodoxos ligados a ese poder central detentado por una gerontocracia represiva, que buscaba gobernar sin límites.

La corrupción, por encima del color o ideología que inspire al poder, siempre significa privilegios para los incondicionales y todo el costo social para las grandes mayorías. En torno al nazismo, de igual forma, se estructuró una clase empresarial y política que concentró el poder y la riqueza. Fueron los que se beneficiaron de la maquinaria de guerra y el genocidio. En Estados Unidos, el asesinato de JFK es un histórico ejemplo del poder de las mafias ligadas al poder, grupos de poder que embarcaron a ese país en la guerra de Vietnam, inventando un atentado para poner en marcha una industria armamentista que hasta hoy controlan. Una decisión similar decidió en 1970, tumbar a un gobierno democráticamente electo en Chile por considerar que atentaba en contra de sus intereses. Hoy los archivos desclasificados de la CIA han permitido conocer la oscura trama de corrupción que envolvió esa época, con financiamiento de políticos, crimen político y mercado negro.

Abundarían los ejemplos. La clase política en torno a los dictadores siempre profitó del botín. Los bienes de los sindicatos, del Estado, de los partidos políticos fueron usurpados. Del mismo modo lo habían hecho al comienzo de la república con las tierras de las etnias originarias. Así continúan actuando en un marco planetario, para imponer la invasión a Irak, así persiguen el poder como un fin en sí mismo, mientras el planeta se remece en los límites críticos de la supervivencia futura. La naturaleza humana es la misma. Varían tiempos, circunstancias y motivaciones, pero el hombre sigue reaccionando con egoísmo, soberbia, ambición y crueldad, de manera predecible frente a situaciones similares.

Para conocer a alguien, basta con darle poder. Son pocos los que no se encandilan con el poder, son pocos los que resisten el halago interesado. A medida que el poder aumenta, las ambiciones se desatan, los principios morales van quedando subordinados a la proyección de una imagen, la realidad se distorsiona, el fin justifica los medios, los vicios se desarrollan y la corrupción aparece en toda su magnitud.

Sólo quienes son íntegros y tienen una formación espiritual sólida, pueden resistir las tentaciones del poder. Los que son consecuentes con sus principios suelen ser peligrosos para los poderosos. Por defender o buscar la verdad, muchos idealistas terminaron siendo mártires del poder y de sus zarpazos. Realmente, en la historia no abundan los héroes, pero los que se han elevado por encima de la corrupción, han alcanzado estadios de real y admirable santidad.
En Chile estamos precisamente celebrando la canonización de un santo varón, el Padre Alberto Hurtado, sacerdote jesuita, que fue sin duda, un luchador persistente en Cristo. Supo elegir el camino estrecho y duro de entrega a la causa del Amor, orientó su energía a los desposeidos, asumió la defensa de los más débiles, enfrentando a la jerarquía conservadora de la Iglesia Católica, a la oligarquía y a la derecha terrateniente que controlaba la política.
Paradójicamente, hoy elevan su imagen los mismos que ayer lo fustigaron como cura comunista, obrerista, revoltoso, revolucionario. Extrañamente, el poder pragmático tiene una habilidad sibilina para apoderarse de la imagen de los hombres íntegros para despojarlos de su esencia. Por eso abundan las poleras del Che Guevara en las nuevas catedrales del consumismo; por eso, el Neruda que hoy se promueve en los actos oficiales, es un Neruda políticamente correcto, romántico y de perfil macrobiótico, nada que hacer con el Pablo Neruda de España en el Corazón o de la odisea del Winnipeg.

Disculpará el lector, pero, había partido, reflexionando sobre corrupción y he concluido como Séneca invocando al hombre virtuoso. Corrupción es algo más que la ratería roñosa de la coima. No se trata sólo de saquear al erario público o abusar desde los monopolios en contra de los ciudadanos. También es corrupción violentar las leyes a conciencia o dictar las que sean necesarias para dejar las áreas grises intocables. Es corrupción inclinar la cerviz ante el dinero, actuar haciendo vista gorda frente a la contaminación, en perjuicio de las futuras generaciones por un lucro cortoplacista. Se corrompe al sistema cuando la soberbia del poder lleva a los gobernantes a descalificar a los adversarios, a blindarse frente a la crítica o a plantear querellas en contra de los atrevidos que pretenden transparencia y probidad en los actos públicos.
Según el índice de Percepción de la Corrupción 2005, preparado por Transparencia Internacional, la corrupción sigue alarmante en 70 países. Chile ha caído en esta evaluación sobre corrupción y no es algo casual, sino el recuento de una realidad transversal preocupante. Por eso, cuando surge la ocasión de movilizar las conciencias hacia la virtud, siguiendo las enseñanzas de un hombre bueno, de alguien que construyó y no sólo predicó, es el momento de ir al rescate de los principios.

Cuando rescatamos al Padre Hurtado que se preguntaba si era Chile un país católico, tal como Jesús llamara sepulcros blanqueados a los fariseos, es el momento de aplaudir su honestidad, ésa que mueve desde el corazón a actuar con corrección, más allá de cualquier legalidad que se quiera invocar.
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