Evelyn, la envidiosa

Una información periodística de un medio electrónico relacionada con algún evento oficial del gobierno, que ya no recuerdo, exhibía la foto que acompaña esta nota. De dicha foto, me pregunté cómo podría yo expresar lo que la imagen gritaba; y heme aquí que rápidamente advino a mi memoria el insigne sociólogo y educador argentino José Ingenieros, rápidamente fui a mi biblioteca y allí estaba su imponente obra “El Hombre Mediocre[1], que en su capítulo quinto –La Envidia– estaban los contenidos que citaré casi textuales, porque describen de manera descarnada y precisa, el grave sentimiento de Evelyn Matthei hacia la persona de Michelle Bachelet, entonces presidenta de Chile. Evelyn imposibilitada de festejar reacciona biliosa y resentida, y desde su poder edilicio obstruye mendazmente la sana expresión de alegría, de un pueblo que lucha por su emancipación, al negarles la iluminación de la Plaza de la Dignidad, que festejaba la llegada de un nuevo año.

“La envidia es la más innoble de las torpes lacras que afean a los caracteres vulgares. La que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, sentida, reconocida. Es necesario sufrir del bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquiera culminación ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo carcome como la polilla, lo corroe como la herrumbre al metal.

Por deformación de la tendencia egoísta, algunas personas están naturalmente inclinadas a envidiar a los que poseen tal superioridad por ellos anhelada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la emulación.

La envidia es una adoración por las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la gloria ajena. Es el grillete que arrastra la fracasada. Es la amargura que paladea la impotente. Es un venenoso humor que mana de las heridas abiertas por el desengaño de la reconocida insignificancia propia. Por una situación deshonrosa pasará, tarde o temprano ella, que vive esclava de la vanidad: desfila lívida de angustia, torva, avergonzada de su propia tristura, sin sospechar que su bramido envuelve una consagración inequívoca del mérito ajeno.

La inextinguible hostilidad de la necia fue siempre el pedestal de un monumento, gusano que se arrastra sobre el zócalo de la estatua.

Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía -y lo repite La Rochefoucauld- que existen almas corrompidas hasta jactarse de vicios infames; pero ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa. Reconocer la propia envidia implicaría, a la vez, declararse inferior al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por ocultarla.

Sólo se odia lo que se cree malo o nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar a las cosas y a los animales; sólo se puede envidiar a los hombres. Estas dos pasiones, como plantas de una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se odia más a los más perversos pero se envidia a los más meritorios.

El odio es rectilíneo y no teme la verdad: la envidia es torcida y trabaja la mentira. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos enfermizos que se tornan terroríficos de noche, amplificados por el horror de las fantasmagóricas tinieblas. El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. La envidia es de corazones pequeños, secos, enjutos y carentes. La envidia nace, pues, del sentimiento de inferioridad respecto de su objeto.

La envidiosa pertenece a una especie moral raquítica, mezquina, digna de compasión o de desprecio. Sin coraje para ser asesina, se resigna a la vileza y el servilismo siniestro. Rebaja a los otros, desesperada de la propia elevación. La envidiosa pasiva es solemne y sentenciosa; la activa es un escorpión atrabiliario; posee una elocuencia intrépida, disimulando con cascadas de palabras su estitiquez de ideas. Por todas ella destila su insidiosidad de viborezna en forma de elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es el máximum de su valentía moral.  Pero, lúgubre o biliosa, nunca sabe reír de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa: ríe a contrapelo.

No retrocede ante ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue al mérito hasta dentro de su tumba. Es seria, por incapacidad de reírse; le atormenta la alegría de los satisfechos; siembra la intriga entre sus propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona.

El destino suele agrupar a los envidiosos en camarillas o en catervas mendaces, (UDI – RN)

«sirviéndoles de argamasa el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su rabia y amargura íntima, difamando a los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje a la superioridad del talento que los humilla.

Pero ella, sabiéndose de antemano repudiada por la gloria, se refugia en esos partidos donde

«los mediocres se empampanan de vanidad. Si alguna inexplicable paternidad complica la quietud de su madurez estéril, podéis jurar que su obra es fruto del esfuerzo ajeno.

Y es cobarde para ser completa; se arrastra ante los que turban sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce y la desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior.

La envidiosa cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que le ignora o desprecia, gusano que se arrastra sobre el zócalo de la estatua. Todo rumor de alas parece estremecerla, como si fuera una burla a sus gallináceos aleteos, chapoteando en el lodo de la indignidad.

Maldice la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad. El gemido que la insuficiencia arranca a la vanidad, es una forma especial de alabanza.»

Hay en esta doméstica ramplona,

«un sórdido afán de nivelarlo todo, un obtuso horror a la individualización excesiva; perdona al portador de cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, la hipocresía y la esterilidad; pero no perdona al que sale de las filas dando un paso adelante destacándose por su talento. Bastará eso para que esta  mediocre se estremezca de envidia.”

Notas:

[1] Ingenieros, José, (2015), El Hombre Mediocre, cap. V, pp. 125 – 134, Ed. EMU, México.

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