Desmitificando la concepción liberal de la política

«Abierta o solapadamente, el pensamiento burgués conlleva una justificación ilimitada de la violencia y de la violación de los derechos humanos, frente a cualquier grupo capaz de sustituir la sociedad burguesa.»
Franz Hinkelammert

 

Introducción

Es del todo imposible llegar a comprender la realidad política de la sociedad liberal-capitalista, si no se ha entendido, primero, que esta se constituye y manifiesta a partir de una concepción particular de la política. En cuanto a esto, tiene toda la razón Norbert Lechner cuando afirma que «toda lucha política es siempre una lucha por definir lo que es la política» [1]. O como escribe el mismo autor en otra parte: «Para llevar a cabo reformas políticas necesitamos hacer, ante todo, una reforma de la política».[2].

En otros términos, quienes hacen política están siempre, implícitamente, postulando y defendiendo, una determinada concepción de ésta, la que, por cierto, será siempre funcional a los particulares intereses de clase que se quiera defender. En las páginas siguientes mostraremos como una de las astucias del liberalismo y del reformismo socialdemócrata, consiste en hacernos creer que su particular modo de entender y hacer política sería el único aceptable y legítimo.

Parte importante de la atracción  que la teoría liberal y su expresión institucional, el sistema político democrático-representativo, ha venido ejerciendo a través de la historia moderna, se explica a partir de la aparente plausibilidad de dos de sus pretensiones ideológicas fundamentales: 1: Que tal sistema haría posible una «sociedad abierta», y esencialmente democrática, tolerante y pluralista en la que todo problema colectivo puede ser siempre resuelto pacífica y racionalmente, mediante la competencia y la negociación; 2. Y que por lo tanto, aquel sistema sería el único capaz de hacer posible el cambio social sin violencia. En este artículo nos proponemos demostrar la falsedad de ambas pretensiones del liberalismo, sacando a luz sus verdaderos fundamentos teóricos. Finalmente, emplearemos algunas de las conclusiones de nuestro examen para dilucidar y explicar, muy brevemente, la génesis del actual sistema político chileno.

1. Dos visiones opuestas de la política

Como lo señalara el filósofo canadiense Charles Taylor, existen dos modos fundamentales de entender y por lo tanto de «hacer» política:  por un lado, la visión consensual de la política, y por el otro: la concepción de la política como polarización.[3] De acuerdo con la primera visión, el propósito de las instituciones políticas no sería otro que crear un consenso entre las diferentes demandas planteadas por los miembros de los distintos sectores de la sociedad. La creencia que se halla a la base de esta manera de entender y de hacer política, sería que por su intermedio se conseguirían satisfacer la mayoría de las demandas de aquellos sectores.

Uno de los supuestos en que se sostiene esta concepción del proceso político es la idea de que el sistema político representativo tendría un carácter neutral, esto es, que no privilegiaría los intereses de ningún sector o grupo humano especial de la sociedad. Aunque esta visión reconoce la existencia de los conflictos de clase, sostiene sin embargo que estos conflictos entre los distintos grupos de interés pueden casi siempre ser reconciliados por medio de la competencia y la negociación. Otros de los supuestos que se encuentran en la base de la visión consensual, observa Charles Taylor, es que este modo de hacer política permitiría la manifestación de lo mejor de cada individuo, al tiempo que incrementaría de un modo constante el bienestar y los intereses de la sociedad entera. En otros términos, el sistema político sería concebido como un eficiente mecanismo capaz de suministrar las condiciones necesarias para el desarrollo siempre creciente de las capacidades y necesidades de los individuos. De allí la creencia de la concepción liberal de que todos los grupos de la sociedad estarían más interesados en crear el consenso que en promover sus demandas particulares, porque cualquier intento de obstruir la operación del sistema implicaría siempre el riesgo de perjudicar a la sociedad entera.

De acuerdo con la visión consensual de la política, no solo la violencia y la insurrección serían conductas irracionales, sino cualquier otra acción que pudiera impedir el proceso de negociación y conciliación de los intereses de los diferentes grupos sociales, lo que se aplicaría, con mayor razón a cualquier intento de polarizar la lucha política, incluso aquellos que se abstengan de utilizar la violencia y la ilegalidad. De allí que de acuerdo con esta concepción, sería absurdo e irracional tratar de hacer girar la política en torno a cuestiones fundamentales o de principio [4], ya que ellas harían prácticamente imposible cualquier compromiso y solo conducirían a una alteración del adecuado funcionamiento del sistema.

El verdadero carácter de la visión consensual se pone de manifiesto, sin embargo, solo cuando se lo examina desde la perspectiva de la concepción opuesta. Como señala el filósofo canadiense Charles Taylor: «»    Si la visión consensual merece ser llamada liberal, la concepción de la política como polarización deber ser denominada socialista, porque ha sido la concepción fundamental del movimiento socialista, cuya expresión más conocida es, por supuesto, el marxismo.[5]

En la base de la concepción socialista de la política se encuentra, no la idea de consenso, sino la de conflicto, pero entendido de un modo específico. Porque si de acuerdo con la visión liberal de la política el conflicto existe como problema que puede y debe ser resuelto, el socialista entiende el conflicto como parte esencial, irreconciliable, de la sociedad capitalista liberal.

Como lo explica Ralph Miliband: «para el socialista el conflicto no consiste simplemente en un problema a resolver, sino que es [la consecuencia] de un estado de sujeción y dominación que debe terminar mediante una transformación total de las condiciones en que se origina. Es indudable que el conflicto puede ser atenuado, pero ello solo porque la clase dominante, valiéndose de distintos medios (coerción, concesión o persuasión) consigue impedir la emancipación de las clases subordinadas. Es decir, para el socialista, «los antagonismos sociales son en última instancia irreconciliables y la idea de una armonía genuina entre grupos de intereses opuestos no es nada más que un engaño, o una ilusión, al menos en una sociedad de clases.[6]

Subyacente a estos antagonismos se encuentra, como es obvio, el irreductible antagonismo económico existente entre las clases en que está dividida la sociedad capitalista. En otros términos, no puede existir una verdadera conciliación entre los intereses políticos de las clases dominantes y las clases dominadas, porque sus respectivos intereses materiales son necesaria y esencialmente opuestos e irreconciliables. De acuerdo con André Gorz: «Los individuos se dividen por su praxis en grupos antagónicos; ellos pueden comprender, con buena voluntad, las necesidades y las razones de los actos adversos pero, así como no pueden intercambiar su lugar por el de los otros, tampoco pueden, únicamente por medio de la comprensión, eliminar las razones materiales del conflicto, solo pueden, mediante concesiones recíprocas limitarlo en sus consecuencias, definiendo algunos fines mínimos comunes: no agresión, prohibición de determinadas armas, etc.»[7]

Esta forma de entender la realidad social es, por cierto, específica del socialismo marxista. Porque mientras que la concepción liberal tiende a entender los procesos políticos como afectando a los individuos en general, para el marxista sus verdaderos protagonistas no son los individuos en cuanto tales, sino en cuanto miembros de conglomerados sociales específicos, esto es, de las clases. En las palabras de André Levine: «Las clases sociales son las portadoras de las relaciones sociales, las clases son los agentes del cambio histórico». [8]

2. Dos visiones opuestas del cambio social

Uno de los corolarios más importantes del hecho de que socialistas y liberales subscriban concepciones contradictorias de la política, es que sus respectivas visiones del cambio social sean, también, necesariamente opuestas. No conocemos otro pensador liberal que haya expresado con la claridad de John Dewey (1859-1952) la existencia de una oposición radical entre los métodos liberal y socialista de cambio social. En esto el filósofo norteamericano tiene, sin duda, toda la razón, pero como veremos a continuación, el modo como él entiende dicha oposición es inadecuado. En uno de sus escritos de 1939, establece Dewey la diferencia fundamental que existiría entre los referidos métodos socialista y liberal, último al que este denomina «método democrático de cambio social».  Por método socialista de cambio social entiende Dewey la transformación violenta y drástica de las estructuras sociales, posteriormente a la toma del poder por parte de una clase revolucionaria. Pero a continuación, Dewey dice lo siguiente:

«El método democrático de cambio social es lento; [es verdad que debe funcionar bajo una gran cantidad de muy serios inconvenientes impuestos por el carácter no democrático de aquello que se hace pasar por democracia, pero es el método del liberalismo, con su creencia en que la libertad es tanto el medio como el fin y que solo a través del desarrollo de los individuos en voluntaria cooperación, puede hacerse de este algo seguro y durable»[9]

A partir de estos planteamientos del filósofo norteamericano (y dejando de lado la cuestión de la libertad), pueden formularse una serie de interrogantes de gran importancia para poder entender el verdadero carácter de la concepción liberal de la política. En primer lugar, habría que preguntarse, ¿de qué clase de cambio social se nos está hablado aquí? Es manifiesto que la concepción liberal del «cambio social» a la que se refiere Dewey, solo hace sentido si se acepta, simultáneamente, la concepción liberal de la política como un proceso de negociación y búsqueda de consenso entre grupos cuyos intereses son solo relativamente opuestos, pero ¿qué ocurre con aquellos intereses que tiene un carácter no solo relativo sino absolutamente opuesto? Por ejemplo, el hecho de que ciertos grupos  sean explotados por otros grupos. En realidad, la visión liberal de la política es ciega, además de sorda y muda, frente a esta posibilidad, que ni siquiera es capaz de concebir y ante la cual se limita a guardar un absoluto silencio.

La dificultad fundamental con la que se enfrenta esta concepción se pone de manifiesto al formular la siguiente pregunta: ¿es posible, mediante este método, poner en la mesa de negociaciones aquellas cuestiones que puedan, actual o potencialmente, afectar la estabilidad del sistema de dominación capitalista? Es evidente que ello no es posible dentro del marco político liberal. En este sentido, el método liberal de cambio social se nos muestra como siendo poco más que un método de cambio dentro de lo mismo; o como un método mediante el cual se consigue el reparto o la rotación en el ejercicio del poder de aquellas minorías o elites que reconocen a este como el único método legítimo y posible. He aquí el límite del método liberal: que descarta desde la partida toda transformación de la sociedad que pueda ir, siquiera potencialmente, más allá de los estrechos horizontes impuestos por las relaciones económicas y de dominación capitalistas. De modo que el método liberal se nos revela no solo como opuesto al método socialista de cambio social, sino también como inconmensurable con este, porque solo el método socialista se propone un cambio trans-sistema, es decir, uno que rompa con las estructuras económicas capitalistas vigentes.

A partir de las consideraciones precedentes, puede fácilmente constatarse como toda la retórica de acuerdo con la cual la democracia liberal sería el único método de cambio social capaz de respetar la libertad individual, oculta el hecho fundamental de que aquí simplemente se nos  está hablando de cambio dentro del sistema capitalista y no de un verdadero cambio social, y en consistencia con dicha concepción de la política el respeto de la famosa «libertad individual» termina allí mismo donde, no importa cuán legal y democráticamente se intente modificar el sistema de dominación capitalista, según lo confirmó dolorosamente el pueblo chileno, liderado por el presidente Allende, a partir del 11 de septiembre de 1973.

3. Amigos, opositores y enemigos

La verdadera naturaleza de la concepción democrático-liberal de la política y del cambio social, puede ser desenmascarada, también, desde otro ángulo. Como lo explica Franz Hinkelammert en su ensayo sobre el concepto de lo político en Karl Schmitt [10], la concepción liberal postula simultáneamente dos tipos distintos de relaciones políticas. Una de estas relaciones se mantiene siempre oculta a la mirada  corriente, por lo que su verdadero significado solo puede ser penetrado por la crítica. La concepción liberal de la política concibe las relaciones entre los participantes en el proceso político, por un lado, como las que guardarían entre sí simples opositores, tal como lo encontramos clásicamente entre «partidos de gobierno» y «partidos de oposición», en cualquier sociedad liberal-capitalista. A esta relación se le denomina relación amigo/opositor, en la terminología introducida por Karl Schmitt. La posición de los partidos o grupos que se encuentran en esta relación es entendida como perfectamente intercambiable en la medida en que la oposición de hoy puede devenir mañana en partido o grupo en el gobierno, o viceversa, esto es algo que, como es obvio, todo el mundo sabe. Lo que, sin embargo, casi nadie percibe es que aquella relación entre simples opositores políticos, oculta, al interior mismo del orden político democrático liberal, una relación enteramente diferente que la hace, en última instancia, posible. Esta es la relación amigo/enemigo, o como podría llamársele también, relación/ «sistema social liberal-capitalista/enemigos. Según lo explica Hinkelammert, enemigo es aquél que se opone al propio sistema social en cuyo interior recién es posible la relación amigo/opositor.  En la relación sistema social/ enemigos se excluye la inversión de los polos y se prohíbe a priori que el enemigo pueda convertirse en gobernante, con el consiguiente cambio de sistema social. Por tanto, el mecanismo electoral en ningún caso permitirá resolver esta situación. Si se emplea, su uso está condicionado. El resultado electoral será respetado únicamente en caso de confirmar el sistema social vigente; en caso contrario es ilegítimo y desembocará en la guerra civil, como instancia [última] de decisión«.  (Op. Cit. pag. 113.) Expresado en términos más simples, bajo la superficie de relaciones políticas enteramente libres, abiertas y democráticas entre los miembros de la sociedad liberal-capitalista, se oculta una fundamental limitación autoritaria a toda posibilidad de transformación cualitativa de esta. De manera que, más allá de su apariencia abierta y pluralista, la concepción liberal de la política lleva implícita la necesaria aceptación del orden capitalista que le sirve de base. La astucia de la concepción liberal consiste, precisamente en no hacer jamás explicita aquella suerte de «cláusula secreta» de su contrato político.  Ello significa que quien subscribe la concepción liberal de la política está también, al mismo tiempo, subscribiendo su concepción de la sociedad. Así, la concepción de la política de la sociedad así llamada «abierta» (Popper), se nos revela en los hechos como una «sociedad cerrada», basada en una radical restricción del horizonte de posibilidades de la política a sus límites estrictamente capitalistas.

Es oportuno señalar aquí que, tanto el liberalismo como la social democracia, postulan no sólo la misma concepción de la política, sino también idéntica visión del cambio social. De allí que ambas sean igualmente afectadas por las conclusiones críticas que se derivan del examen precedente. Así por ejemplo, en Chile se siguen autodenominando «socialistas» muchos de aquellos que en la práctica hace rato que se pasaron al carro de la social-democracia y por tanto al campo pro-capitalista. Porque al aceptar las condiciones del proceso político liberal, los así llamados «socialistas» intuitivamente saben que se han comprometido, también, a mantener las relaciones capitalistas vigentes, o lo que es lo mismo, han aceptado como la única forma de hacer política, aquella que no amenaza el actual sistema de dominación burgués.

Desde esta perspectiva, puede decirse que no se trata, simplemente, de que aquellos individuos hayan decidido abandonar un método de cambio social violento por uno «democrático«, como la propia distinción entre reforma y revolución astutamente sugiere, según observara la propia Rosa Luxemburg.  De lo que se trata, en realidad, es que los social-demócratas que aún se siguen llamando a si mismos socialistas, han renunciado a todo cambio esencial del sistema capitalista chileno, y al hacerlo han abandonado el socialismo. De allí, precisamente, que ya no sean considerados como enemigos ni por la D.C., ni por la Derecha, ni por las FF. AA. , sino como simples «opositores», es decir, como interlocutores político válidos.

Habría que señalar, además, que aquello que se proclama como la gran virtud del método liberal de cambio social, esto es, el hecho de que no sea violento es, en un sentido una tautología y en el otro una pura mistificación. Porque es obvio que este método es incompatible con ciertas formas de la violencia, como lo es la violencia revolucionaria, por ejemplo, porque se ha eliminado «a priori» toda posibilidad de cambio social cualitativo. Pero, por otro lado, la concepción liberal de la política es perfectamente compatible con el ejercicio de la violencia estatal en contra de sus enemigos, e incluso a veces también en contra de sus opositores. Lo que aquí ha ocurrido es simplemente que esta violencia ha sido declarada «legítima» y así se la ha borrado del ámbito de lo perceptible. En otros términos, dicha violencia ha sido ideológicamente internalizada, haciendo así posible el funcionamiento del sistema liberal mismo. De modo que lo que la concepción liberal de la política hace, en realidad, no es terminar con la violencia política en general, sino, rechazar «a priori» toda violencia transformadora, mientras considera como perfectamente legítima la violencia funcional a la mantención del orden social burgués.

La concepción liberal y el régimen político chileno.        

La crítica de la concepción liberal de la política hasta aquí esbozada puede incluso utilizarse como una clave para interpretar la génesis contractual del actual proceso político en Chile, lo que haremos brevemente a continuación.

Debería constituir un hecho verdaderamente sorprendente, en términos de la propia ideología liberal, que los designios autoritarios de las FF. AA. chilenas hayan podido ser tan fácilmente integradas dentro de un régimen político de carácter «democrático», una vez derrocado el gobierno del presidente Allende. En otros términos, que el poder civil haya podido ponerse con tanta facilidad bajo la tutela militar, sin alterar significativamente ni la organización, ni el funcionamiento, del Estado liberal chileno, como antes ocurriera con Brasil, Uruguay y Argentina.

En realidad, el acuerdo cívico-militar secreto, a partir del cual se gestó el régimen político chileno, no hizo otra cosa que introducir una mayor complejidad en la estructura del sistema político liberal, al integrar bajo un nuevo rol a las FF. AA, pero sin alterar, de modo significativo, su naturaleza esencial. La única explicación plausible de este hecho es que si ello fue posible es porque el sistema político democrático-liberal contiene potencialmente dentro de sí aquella componente autoritaria que hizo posible dicha «transición sin ruptura», desde una democracia sin apellido a una «democracia tutelada», Felipe Portales Dixit. Como es manifiesto, la función tradicional de las FF.AA. en el Estado liberal no ha cambiado en estos nuevos regímenes de democracia protegida, puesto que aquellas siguen siendo el brazo armado de sus clases dominantes. Es decir, siguen siendo la institución del Estado capaz de suministrar la fuerza necesaria para obligar a sus «enemigos, y a veces también a sus «opositores», a mantenerse dentro de los límites de la acción política permitida, fijados por la concepción liberal de la política.

Lo que ha ocurrido es que ahora las FF.AA. han dejado de estar efectivamente supeditadas al poder civil, como era tradicional, y se han constituido en un poder más dentro del sistema político democrático-representativo. Este hecho no implica, por cierto, que hayan cambiado las definiciones de quienes son amigos y quienes son opositores en la contienda política, sino simplemente que los márgenes de lo que se considera acciones políticas permisibles se han hecho aún más estrechos. Ya no solo quedan fuera del proceso político aquellos partidos que se propongan transformaciones revolucionarias de la sociedad liberal-capitalista, sino incluso aquellos partidos y movimientos que busquen activamente introducir cualquier tipo de reformas que pudieran amenazar, tanto el sistema de dominación vigente, como la nueva función de las FF. AA. al interior de este.

Es patente que no se requirió de ninguna modificación de fondo en la concepción liberal de la política, ni del Estado construido a partir de ella, para acomodar en su interior la nueva función soberana de las FF.AA. Este hecho, inexplicable en términos de la ideología política liberal, puede ser fácilmente comprendido a partir de los conceptos introducidos más arriba con la ayuda de Franz Hinkelammert y Karl Schmitt, Como vimos, la democracia liberal se constituye a partir de una implícita delimitación burguesa del horizonte de la acción política permitida, ahora, si se considera que el nuevo rol que las FF.AA. desempeñan actualmente dentro del Estado capitalista, en la medida en que no entraba en conflicto con dicha demarcación, no tenía por qué alterar, significativamente ni el funcionamiento ni la estructura esencial de dicho Estado.

A partir de lo anterior no es difícil, tampoco, entender qué es lo que se oculta tras la pretensión, ampliamente difundida por los voceros de la hoy extinta Concertación, en el sentido de que el sistema político vigente en Chile tendría un carácter «transicional». Pero, en realidad, toda la transición posible dentro de los límites del pacto cívico-militar suscrito en el momento mismo en que los enemigos civiles del presidente Allende y las fuerzas armadas golpistas, se pusieron de acuerdo en «transitar» desde una dictadura militar a una «democracia protegida», aunque dicho acuerdo debió haber contenido una cláusula implícita, y es que cualquier ulterior tránsito hacia un régimen democrático cualitativamente diferente, es decir, uno que se propusiera volver a poner a las FF. AA. a su rol predictatorial, tenía que ser necesariamente descartado de dicho acuerdo. De manera semejante, es razonable pensar que una de las cláusulas de aquel acuerdo debe de haber excluido, igualmente, la posibilidad de que un futuro gobierno civil pudiera intentar, seriamente, juzgar y castigar a los Altos Mandos de las FF.AA. últimos responsables de los sistemáticos atropellos de los derechos humanos cometidos durante 17 años de dictadura militar.

Pero en la medida en que las FF.AA. sigan contando con el poder de las armas que les permita obligar a los gobiernos civiles a cumplir sus acuerdos secretos y promesas, mientras que estos no tienen como obligarlos a cumplir las suyas, no se ve por dónde dichos gobiernos pudieran «transitar» efectivamente, a un régimen político cualitativamente diferente.

 

Conclusiones

En términos de los conceptos introducidos en este artículo, es manifiesto que no existiendo más que una sola doctrina fundamental de la política liberal, no habría espacio para una segunda que pudiera, supuestamente, denominarse social-democrática. En realidad, no existe una doctrina de la política que sea específica de la Social Democracia, porque su concepción de la política no es otra que la concepción liberal, es decir, la de la política como consenso, de allí entonces que debe rechazarse, categóricamente,  la pretensión social demócrata de que su proyecto político pudiera legítimamente ser denominado como socialista. Es decir, afirmamos que es solo a partir de sus respectivas concepciones de la política que puede establecerse un criterio de demarcación claro y seguro entre socialistas y Social demócratas. Porque no es el supuesto propósito de «trascender» pacífica y gradualmente el Capitalismo, lo que distingue al Social demócrata del Socialista, sino la creencia social demócrata en la visión consensual de la política, que esta comparte con el Liberalismo. Es decir, no se puede creer en la visión consensual, que como lo ha mostrado Karl Schmitt, se constituye a partir de un acuerdo tácito de mantener el orden capitalista y suscribir, al mismo tiempo, el propósito de trascenderlo.

De acuerdo con los conceptos aquí presentados, es manifiesto que no existiendo más que dos  concepciones  fundamentales de la política, la liberal y la socialista, no habría espacio para una tercera que pudiera llamarse  «social-democrática». En realidad, no existe una doctrina de la política que sea específica de la Social Democracia, su concepción de la política no es otra que la concepción liberal, es decir, la de la política como consenso. De allí, entonces, que deba rechazarse la pretensión social demócrata de que su proyecto político pudiera legítimamente ser denominado como socialista. Es decir, sostenemos que es solo a partir de sus respectivas concepciones de la política que puede establecerse un criterio de demarcación claro y seguro, entre socialistas y socialdemócratas. Porque no es el supuesto propósito de «trascender», pacífica y gradualmente el capitalismo, lo que distingue al social demócrata del socialista, sino, la creencia social demócrata en la visión consensual de la política, que esta comparte con el liberalismo. Es decir, no se puede creer en la visión consensual, que como la ha mostrado Karl Schmitt se constituye a partir de un acuerdo tácito de mantener el orden capitalista y suscribir, al mismo tiempo el propósito de trascender, efectivamente, dicho orden.

 

Notas

[1]  Norbert Lechner, La Conflictiva y nunca acabada construcción del orden deseado. Ediciones Ainavillo, Santiago, 1984, pág. 13.

[2]  Los patios interiores de la Democracia. FLACSO, Santiago, 1988, pág. 18. Estas formulas se inspiran, sin duda, en el pensamiento del jurista y filósofo político alemán, Karl Schmitt,  (1888-1985).

[3]  Charles Taylor, The Pattern of Politics,Toronto, Mc Clelland and Steward Ltd. Págs. 1 & 4.

[4]  Op.Cit. págs 1 & 3

[5]  Op. Cit,. pág. 4

[6]  Ralph Miliband, Marxism and Politics, Oxford: Oxford University Press, 1978, pág. 17.

[7]  André Gorz, Historia y Enajenación, Fondo de Cultura Económica, México, 1964, pag. 18.

[8]  Andrew Levine, «What is a Marxist today, En: Analysing Marxism, Calgary, Canadian Journal of Philosophy. 1989,

[9]  John Dewey, «The future of liberalism», en Problems of Men, New York: Philosophical Library, 1946, pág. 133.

[10] Véase Parte 2, capítulo 2 de Democracia y Totalitarismo, Frank Hinkelammert, Santiago, Amerinda Estudios, 1987.

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