La destrucción del medioambiente deja a la derecha de mármol

Gobiernos de Brasil y Chile, íconos del neoliberalismo salvaje en la región

Resulta imposible negarlo. El neoliberalismo no puede prosperar sin explotar al ser humano, sin destrozar, arrasar y aniquilar el medioambiente, así como le cuesta funcionar sin el narcotráfico y la prostitución, dos pingües mercados. Es parte de su naturaleza, ello forma cuerpo en su esencia como sistema. Tal vez sea el corazón del mismo, o quizá el alma.

La derecha sudaméricana –funcional a los intereses que defiende– ama el destrozo del medioambiente; lo hace “en beneficio de la producción y el desarrollo”, la libre competencia, el mercado y la Economía, para lo cual esgrime argumentos tan extraños como una mermelada de lluvia. En este caso, discursos rimbombantes cuyo significado entienden sólo ella y sus economistas. Sabe bien que por ese camino no resolverá ni la pobreza ni la desigualdad.

A la derecha sudamericana le encanta hacer pebre el medioambiente, y avasallar a los hogares.

El día anterior al ascenso de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil, la mitad de las especies de árboles de la Amazonia se encontraba en peligro de extinción. A ese ritmo de deforestación, antes de 20 años el 57% de aquella gigantesca zona estará en alerta roja, por la muerte de la mitad de las especies existentes. Bolsonaro y la derecha brasileña quieren apurar el tranco y ayudar a la Amazonia a morir con rapidez. El gobierno del ex capitán de ejército autorizó con ‘orgullo patrio’ la invasión de empresas y aventureros a la zona, para que desforesten y exploten todo lo que sea posible explotar.

El “pulmón verde” del mundo sufre hoy la tala masiva de sus árboles. Organizaciones preocupadas de la conservación del medioambiente y la protección de la Naturaleza aseguran que cincuenta y dos millones de árboles son abatidos cada hora en la Amazonia.

Sí, leyó bien, 52 millones de árboles cada hora. Una brutal estupidez que comienza a convertirse en crimen contra la Humanidad.

No se detiene allí esta desgracia, pues muchas de las tribus amazónicas –como los Awá y los Guajajara– han reaccionan portando armas convencionales (escopetas, rifles y pistolas), y otras que no lo son (arcos, flechas y machetes), dispuestos a defender los terrenos que han ocupado por siglos, pero que entusiasman a empresas depredadoras, madereros furtivos y bandoleros diversos, que pujan por meter máquinas, derribar árboles y horadar la tierra en busca de minerales.

El mundo mira impertérrito la agonía del gran pulmón verde y su propia decadencia. La derecha brasileña –y la del subcontinente– se felicitan y aplauden porque a esa masacre la llaman “crecimiento”.

La tragedia que viven algunas tribus amazónicas, en pleno siglo XXI, es un asunto casi olvidado (no desconocido) por las grandes organizaciones supranacionales, con la notable excepción de Greenpeace, que en su página web, es.greenpeace.org, informa lo siguiente:

“Brasil es el país que alberga la mayor parte de la selva amazónica, pero la deforestación y la degradación forestal es un problema crónico. La expansión de la frontera agrícola para el cultivo de soja y la creación de pastos para la ganadería es la principal responsable de este problema. También, la explotación forestal industrial, en gran parte ilegal, abre el camino a la destrucción posterior mediante el uso del fuego. Otra gran amenaza son los grandes proyectos hidroeléctricos que amenazan toda los valiosos ríos de la cuenca amazónica, como el complejo de presas proyectadas en la cuenca del río Tapajos, hogar de la tribu Mundurukú”.

Miles de kilómetros al suroeste, otras acciones depredadoras cuentan con el beneplácito ‘oficial’. En Chile, donde el sistema neoliberal alcanzó grados de salvajismo en las materias que invocan estas líneas. El país andino, cuya población alcanza los 17 millones de habitantes, es considerado ‘laboratorio de prueba’ por las multinacionales y por el Fondo Monetario Internacional (FMI), aprovechando que la sociedad civil chilena quedó “amaestrada” luego de diecisiete años de una cruel dictadura.

Pese a vivir nuevamente en “democracia” continua semidormida e increíblemente temerosa de las reacciones de sus propias fuerzas armadas, lo que permite a unas venales y corruptas cofradías políticas y empresariales experimentar aquello que proponen Washington, el Banco Mundial y el FMI.

Los gobiernos chilenos, asociados en lo que la prensa independiente bautizó como “duopolio binominal”, siguieron (y siguen) al pie de la letra las indicaciones y ‘consejos’ de las transnacionales y de EEUU, soslayando dramáticamente las consecuencias medioambientales que se derivan de esas acciones, voluminosamente rentables para las sociedades empresariales pero dañinas y gravísimas para la población en general, y para el futuro del país. El siguiente listado de daños es insuficiente para ilustrar lo dicho.

Empresas mineras, en el norte y centro del país, ocupan más del 50% de las aguas de ríos y lagunas, contaminando el resto de ellas con el vaciamiento de materiales tóxicos que aumentan la tragedia de pequeños agricultores sitos en los valles cercanos, que ven reducidos los volúmenes de agua para el riego y envenenados sus sembradíos.

Empresas mineras en el centro norte han dejado sin agua dulce a cientos de miles de personas, obligándolas a recurrir a camiones aljibes provenientes de comunas aledañas para surtirse de vital líquido. Todo ello con el consentimiento del gobierno de turno. Petorca es el mejor ejemplo.

Entregar el mar y sus productos a siete familias es sin duda un desquiciamiento político-económico que tendrá severas y graves consecuencias medioambientales a mediano y largo plazo, además del desastre que significa para cientos de familias dedicadas a la pesca artesanal que constituye su sustento.

Destrucción de glaciares por parte de empresas transnacionales que explotan recursos mineros en la alta cordillera de los Andes), una de ellas frente a Santiago, la capital del país.

Envenenamiento de ríos y lagos perpetrado por empresas madereras en el sur del país, sacrificando un entorno que alberga pueblos, comunidades y ciudades. Deforestan extensos bosques de árboles nativos reemplazándolos por maderas de rápida industrialización, como los pinos.

Instalación de tóxicas y contaminantes termoeléctricas en zonas de muy fino equilibrio ecológico, donde existe una fauna exclusiva de aquellos lugares, y por lo tanto única en el mundo, destrozando ecosistemas y poniendo en grave riesgo la salud de la población.

Intoxicaciones masivas en ciudades como Quintero, provocadas por industrias que son altamente contaminantes, pero el gobierno de turno (el de Sebastián Piñera) opta por apoyar a esas empresas y dejarles puertas abiertas para seguir ’produciendo’, ergo, contaminando.

Vaciamiento de líquidos tóxicos a ríos y al mar, efectuado por diversas empresas, tanto madereras, mineras y salmoneras, con el silencio cómplice del Estado.

Al neoliberalismo, a la derecha, les parece normal y necesario destruir el medioambiente para que algunas corporaciones y empresas privadas puedan llenar sus faltriqueras a costa de la salud de la población y del futuro del país.

En este salvajismo no están exentas de culpa la ex Concertación y la ex Nueva Mayoría, cuyas políticas se mimetizaron con el neoliberalismo. Así, se transformaron en sus mejores administradores, y en sólidos defensores de la expoliación de recursos naturales, la explotacion de la población y la concentración de la riqueza en pocas manos.

Se autodenominan “centro-izquierda”, lo que a fin de cuentas, en materia económica y medioambiental, viene a ser lo mismo que la derecha.

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