Perros de la plaza

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Sí, sí, de acuerdo, estamos triturando el planeta especie por especie, la antropofagia hace escuela, unos pocos reventarán descorchando botellas mientras un número inconmensurable querrá seguir conectado a internet, esa vida subsidiaria, y a mí me ha dado por hablar de los perros de la plaza…

No puedo echar pie atrás. Me acosan cifras, proporciones, datos: la mitad de los perros están castrados; dos tercios de las perras ya son estériles; ninguno de sus dueños piensa tener hijos, por ahora… La otra mitad de los perros no imagina que en cualquier momento los llevan a la veterinaria y por treinta mil pesos les cortan los testículos. No saben que la cirugía ya es un commodity. Con las hembras es igual, ese tercio que todavía no esterilizan, en la doble acepción del término: ser infértiles y además “limpias” para que no manchen cojines, cubrecamas y alfombras con la sangre de la menstruación, ese tercio, digo, tampoco imagina nada; son animales.

Yo imagino, mientras sucede todo esto. En mi propia vida subsidiaria. La idea es que los perros pierdan todo interés por el sexo. Niños eternos corriendo tras de una pelota que llevan a sus dueños en el hocico para que él vuelva a arrojársela una y otra vez. Con los años envejecerán, habrán sido niños y más tarde perros viejos, pero nunca adultos. El precio de la civilización, me digo. Pero bueno.

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No sé si hablar de perros y sus dueños como de mundos paralelos o si debo entremezclarlos en una misma realidad. No lo sé. Draco, el bulldog francés, con sus testículos colgando persigue a cuanta hembra, fértil o estéril, aparece por la plaza, a veces trasponiendo el perímetro, arriesgando su vida y la de las perritas. Si la hembra es más pequeña y no puede defenderse, su dueña —mujeres jóvenes, la gran mayoría— se molestará con Draco y con su amo, sobre todo con este último, pues ellas tratan a esas perras que usan chapes y capas coquetas o vestidos color rosa como si fueran sus hijas, y se colocan en el lugar de una hija acosada. “Amarra a tu perrito”, le dicen en un tono nada amistoso.

Se entiende que la mayoría de los dueños se incomoden si los animales tratan de copular. “Amarra a tu perrito”, es la frase, en tono suave e imperativo a la vez, o sea, civilizado. Pues se entiende, digo, que en el ambiente domine una opinión favorable a la castración. Es un asunto de higiene y hasta de Salud Pública. Nadie quiere más perros vagos, esqueléticos, maltratados. La adopción es una práctica común entre el grupo de vecinos que acuden al lugar y se etiquetan como “dog llover”, así en inglés, pues se comprende que la expresión los clasifica en un estilo o forma de vida que trasciende el perímetro de la plaza y su comportamiento será homogéneo ante cualquier situación que amenace a sus mascotas.

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A veces en el mismo triángulo de césped por donde Draco persigue a las perras se detiene a descansar uno de los acomodadores de autos de la parroquia, con una caja de vino en la mano. Se apoya en un tronco y busca conversación, si alguien lo atiende al menos por un segundo. “Mi vida es un best seller”, dice. Un ovni lo hizo ver la Tierra desde el espacio. Salió de su cuerpo y pudo observarse sobre una mesa de operaciones. ¿Quién mueve la mano del mundo?, pregunta al aire. ¿Quién manda, tú o el perro? El mundo está condenado, asegura, y nadie se salvará.

Y, como digo, los dog lovers lo miran con desconfianza y llaman a sus perros si se acercan a olfatearlo. A él no le van ni le vienen esos animales. Su vida es un best seller, repite, ebrio. Junten leña, que vienen fríos espantosos. Eso dice a quien quiera escucharlo.

Tal vez con la vista en el acomodador de autos —supongo— un dog lover discurre sobre los nuevos caminos de la filantropía como si por fin surgiera la luz al final del túnel. La caridad de los multimillonarios es un volcán a punto de hacer erupción para arrojar a la atmósfera miles de millones de dólares que caerán en manos de los más necesitados; la cuestión de la pobreza se resolverá desde la cima de la riqueza, no desde el Estado ni su ineficiente asistencialismo. Yo lo escucho. Y oigo al mismo tiempo, desde más lejos: “Mi vida es un best seller”.

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¿Será así?, me pregunto en medio de la revuelta de perros locos, desaforados, trenzados en relaciones volubles, caprichosas, con un fondo incomprensible a mi entendimiento. ¿Dónde se enquistó la locura?, me pregunto, ¿y cuál será el borde del desquiciamiento?, me pregunto también. ¿O es que yo, no los dog lovers, he dejado de entender y esta dureza de sesera, esta falta de plasticidad de mi cabeza descentra el mundo ante mis ojos? ¿En qué puerto de la nostalgia y el olvido habré encallado?, me pregunto, me ahogo de preguntas.

Y escucho. Ella, la otra mujer, la que pone capitas a su perra, fue a casarse al Caesar’s Palace de Las Vegas, Nevada, y en su Luna de Miel visitó los estudios de televisión y cine y los sitios y locaciones de sus series favoritas de Netflix desarrollando un recorrido por sus fantasías; esa fue su Luna de Miel, me repito como un eco vacío, más bien a la manera de una pregunta que nace de mi mente encallada, encallecida, y oigo, sigo oyendo más allá, entre ladridos, que todos ellos, los dueños de los perros de la plaza, se declaran fanáticos de una saga de superhéroes —Avengers—, y me pregunto —ya es vicio, manía— si esas películas para niños-adultos los distraen del mundo, los apartan unos momentos para seguir soportándolo, o todo lo contrario: los modelan para entrar en él de la única manera posible, para ser un dog lover, un amante de los perros y del Bien, un pasivo pero determinado espectador del Mal.

Me ahogo, con preguntas, y un cansancio por trabajo que es sueño crónico cubre la realidad con un velo, la traspone hacia lo onírico, me sostiene en la duermevela; abro los ojos, ¿los cierro?, cuando el cordón volcánico se activa y estalla escupiendo desde las montañas millones y millones de billetes robados, la historia humana hecha de pus; todos miramos asombrados el milagro, menos los perros, y nos decimos que son los superhéroes, y también los platillos voladores. Un relámpago, parpadeo; levanto la cabeza, ya despierto. Mi vida no es un best seller, me oigo decir aquí en la plaza.

*Fuente: Politika

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