El Cardenal emérito, F.J. Errázuriz, se escondió en las “casitas”
por Rafael Luis Gumucio Rivas, El Viejo (Chile)
8 años atrás 3 min lectura
13/05/2018
En mi infancia y adolescencia estudié en un colegio de curas y, para evitar el castigo a mis repetidas “faltas”, – el capear, el ponerme el uniforme al revés… -, me escondía en los baños, (casitas), según los profesores, para darle un nombre menos coloquial.
Georges Bernanos, autor de El diario de un cura de campo, quien en su estadía en Canarias, al ser testigo de los crímenes de Francisco Franco pasó de la ultraderecha católica a la ultraizquierda, y entre sus frases destaco “los católicos, con su hipocresía y sus abusos hacen que a muchos hombres de buena voluntad les repugne el actuar de la iglesia y huyan de ella”.
Cardenales eméritos, como Errázuriz y Medina, con sus cobardía y negligencias y traiciones, hacen que mucha gente de buena voluntad le dé cada vez más asco la iglesia jerárquica, que encubren delitos de abuso sexual de curas degenerados, no solo los perpetrados por Fernando Karadima, sino también por congregaciones, entre ellas la de los Hermanos Maristas.
El Cardenal emérito, Francisco Javier Errázuriz, a quien James Hamilton no duda en decirle “criminal”, trató de eludir la convocaría de todos los obispos al Vaticano, usando pretextos pueriles, como que ya había enviado el documento de su defensa por escrito, que la residencia del Papa, Santa Marta, es muy estrecha y que él no quisiera ocupar las habitaciones de sus hermanos obispos… – sólo le faltó agregar que carecía de dinero para el transporte, o bien, que roncaba mucho y no quería molestar a su vecino -.
El obispo Juan Barros – sabe que le va a caer un castigo ejemplar – nada de tonto, prefirió viajar a Madrid para tomarse unos cuantos días de vacaciones, engañando a las “señoras beatas” que aún creen en su inocencia, justificando su ausencia por enfermedad.
El cardenal Ricardo Ezzati, cada día más temeroso del castigo que le espera. Ahora se dio vuelta la chaqueta mostrándose como defensor de las víctimas de Karadima, cuando todo Chile sabe que encubrió los crímenes de ese cura degenerado, tal vez para quedar bien y, según él, dejar a la jerarquía en buen pié. Ezzati ya había enviado su carta de renuncia por haber cumplido 75 años, por consiguiente, no tiene por qué preocuparse, y sólo tendrá que soportar el consabido tirón de orejas – a los curas de mi colegio les encantaba aplicar este castigo a los indefensos alumnos -.
Tal parece que esta vez el Papa se pondrá los pantalones en el ajuste de cuentas con los obispos chilenos que, más que pastores, parecen lobos, más bien dispuestos a comerse las ovejas que impregnarse con su olor.
Confieso que aún dudo del éxito de estos tres días de retiro con el Papa, pues los obispos chilenos son bastante zorros en el uso de la estrategia a fin de lograr que esta reunión sea una simple y paternal amonestación, y sólo les condene a una penitencia del rezo de tres rosarios cada día – a lo mejor, ya han olvidado los misterios dolorosos y gloriosos…-.
Entre tantas fiestas y compromisos sociales con los ricos y dueños de Chile, tanta agua bendita e incienso para bendecir bancos, empresas y mansiones, a lo mejor, estos pastores ya hace tiempo que le creen más a Marx que a Jesús de Nazaret, y están convencidos de que “la religión es el opio del pueblo”, o como diría Voltaire “nada más útil que los curas para convencer a los pobres e iletrados que trabajen para los ricos, con la promesa de “la vida eterna”.
Cabe ahora hacerse la pregunta no sólo a quiénes el Papa enviará a retiro perpetuo, sino a los que les sucederán, pues a lo mejor, vamos a cambiar “pan por charqui”. Al cuanto a los cardenales Ezzati y Medina, podrían dedicarse a un programa de televisión en que imiten el canto de los pajaritos.
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