Frente Amplio del Uruguay: “Estrategia y distribución del poder”

Mientras el Congreso del Frente Amplio uruguayo (FA) se encontraba en cuarto intermedio, el Secretariado -a través de una comisión redactora- alumbró el borrador de documento de estrategia política hacia el 2020 para ser inicialmente discutido en el Plenario Nacional (PN) el próximo sábado. Afortunadamente el documento fue ampliamente distribuido a todos los órganos a fin de que los representantes al PN reflejen las posiciones de sus representados por tratarse de una instancia representativa de sectores y bases de forma proporcional a su peso electoral. De este modo honró viejas tradiciones frentistas, cuya frecuencia de puesta en acto, parecía menguante. Más decreciente aún resultaba que los delegados (al menos los de la región a la que pertenezco) estimularan los debates y se propusieran recoger las opiniones para reflejarlas en este ámbito ampliado de dirección que por su magnitud no puede tener gran asiduidad. No queda más que celebrar que en este caso, esté sucediendo lo contrario.

Sospecho que algo del malestar que buena parte de las bases reflejaron en el Congreso, fue recogido no sólo en la difusión de este insumo provisional sino también en algunos pasajes sugerentes del propio texto. Si bien breve y conciso, la sincronía también explica buena parte de las convergencias con el documento concluido en el Congreso, con sus consistencias y debilidades, particularmente en algunos puntos relativos al alarmante contexto internacional y regional que deja a la izquierda a la defensiva. No son escritos completamente estancos. A ambos le hubieran sentado bien algunas posibles interpenetraciones como algún tinte autocrítico al del Congreso y cierta dosis de principismo al actual.

No sólo por razones de espacio, sino además de relevancia, me ceñiré al apartado 4 del documento, precisamente donde se abordan las prioridades estratégicas propiamente dichas y se suceden una serie de disparadores insinuantes y particularmente autocríticos, aún en su ambigüedad y hasta contradictoriedad en algunos pasajes. Creo que allí se concentra la riqueza del borrador que probablemente dé lugar a sucesivas profundizaciones. Si una sola palabra pudiera representar la preocupación recurrente de esa sección del texto, debería ser “distancia”, aunque no es el significante más utilizado por los autores. Distancia entre el FA y los frenteamplistas, entre éste y los movimientos sociales y consecuentemente entre la estructura de coalición y el propio carácter movimientista, entre la horizontalidad deseada y la centralización burocrática establecida. Problemas que -no es grato admitirlo- visitan con mayor periodicidad los ámbitos de la acción política concreta en los territorios y movimientos, como las bases, que lo que lo hacen en los que la pergeñan.

El FA es una fuerza progresista con vastos sectores y militantes revolucionarios en su interior, cuya resultante es un programa de regulación anticíclica y redistributiva del capitalismo, con explícita expansión de los derechos sociales, identitarios y las libertades cívicas. Sin embargo, permanece atado a la misma matriz conceptual del ´71 y el ´84 respecto a la democracia que no es otra que la que legitima y naturaliza el formato liberal-fiduciario. De este modo, queda aherrojado en la ficción burguesa de una única y acabada arquitectura de ejercicio de la soberanía popular. Poder proyectar hacia la sociedad una alternativa superadora de involucramiento ciudadano en las decisiones que lo afectan, debería requerir previamente su ejercicio al interior de la fuerza política que lo impulsa. Sin minusvalorar las futuras conquistas socioeconómicas, de derechos y libertades que los programas frentistas deberán ir pergeñando, fruto de la convivencia multimilitante en los movimientos sociales y sindicales, el salto cualitativo, la ruptura superadora y diferencial la alcanzará concibiendo y ejecutando alternativas en la esfera del poder (decisional) con el fin de socializarlo crecientemente.

Por ello considero que la principal debilidad del borrador es justamente la imposibilidad de dar respuesta al problema del desprestigio de la política, fácticamente reconocido como grave problema social. En sus términos, “es en el propio ejercicio de la democracia que ha declinado la credibilidad de la política”, dejando expuesta de este modo la aquiescencia para con “la” democracia, que en ausencia de adjetivos, imaginación crítica y voluntad superadora, deviene natural y única posible. ¿No será acaso que “para recuperar el prestigio de la política como ámbito natural de las personas que desean transformar la realidad en la que viven”, deberían experimentarse institutos que permitan la intervención concreta, propia y directa de los afectados en las decisiones que los involucran? O en otros términos, ¿no es específicamente la democracia liberal-fiduciaria, así adjetivada y circunscripta a esta particular modalidad la que desacredita la política a través de la ajenidad y autonomización de los representantes cuyos casos extremos al interior de la fuerza, llevaron hasta la intervención del TCP?

Por más que se diferencien las particularidades de la militancia de este siglo respecto a la del pasado, como sugiere al pasar el borrador, no creo atenuado el deseo por deliberar y decidir, aunque se participe más por Skype que en el Comité o se vote con emoticones por Whatsapp. Ni mágicamente se ganará en credibilidad y legitimidad porque una gestión tome decisiones que parezcan acertadas, si no se participa de las deliberaciones sobre ellas.

Más difícil aún me resulta concebir sujetos que entreguen mansamente su destino en manos de terceros y además se sientan felices por ello.

-El autor, Emilio Cafassi, es uruguayo y Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, cafassi@sociales.uba.ar

 

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