11/06/2016
Después de ver la última “película-documental-sátira” sobre su propio país, ese imperio que domina la tierra y sus habitantes, titulado con precisión de profeta ¿Qué invadimos ahora?, he empezado a preguntarme sobre el personaje Michael Moore. ¿Por qué le odian tanto, los suyos, sus cómplices y sus sicarios?
El siglo XIX inventó un instrumento social que fue de dudosa utilidad, el nacionalismo. El XX lo convirtió en un arma letal, y el XXI lo trasformó en una parodia. ¿Alguien se imagina un caballero atildado, con su fortuna colocada en bonos del Estado –da lo mismo el Estado que sea, aunque se trate de un Estado enemigo, como en el caso de una de las dirigentes de la CUP catalana– que en plena conversación sobre los principios que rigen su vida, dijera “yo soy un patriota”?
Primero tendría que precisar de qué patria se trata, porque es un concepto que no sirve más allá del lenguaje tertuliar. Defender la invasión de Iraq, o de Afganistán, o de Gibraltar o la isla Perejil, es una operación militar, de mayor o menos fuste, pero que no tiene nada que ver con el patriotismo hasta que llegan los sicarios de la pluma. Como yo no soy un patriota y me avergonzaría serlo, ¿desde cuándo defender un territorio es un acto de honor a menos que en ello esté en juego la libertad?
¿Por qué odian a Michael Moore buena parte de su gente, los críticos, los aguzados cinéfilos? Yo creo que aquí debemos meter a Freud. Un tipo gordo, que con toda seguridad podría quedar finalista en un concurso de feos, un colchón con pantalones, que se expresa admirablemente y que tiene un sentido del humor, que en situaciones como la suya, a más de uno le llevaría a terapias de psiquiátrico. Ahí está la mayor provocación. Ese bocoy de carne se burla de los finos estilistas, formados en escuelas donde el cuerpo, el tipo, las buenas palabras, constituyen la base de la buena educación norteamericana. A mí un país que se complace en llamarse América, cuando a lo más que llega son los Estados Unidos, me produce vergüenza ajena.
Por eso he disfrutado viendo ¿Qué invadimos hoy?, filme que, sin ser una obra maestra, arrasaría con buena parte de nuestra mediocre cartelera. Bastaría ese comienzo espectacular con Michael Moore presidiendo la Junta de Estado Mayor del ejército más poderoso de la tierra, y esa confesión “no tenemos ni idea”, pero eso sí, consumen más del 60 por ciento del presupuesto de un país donde la pobreza es endémica, el racismo una plaga y todo lo que una comunidad de seres libres se reparte, allí se discrimina: la sanidad, la enseñanza, la justicia…
Sobre un fondo de sarcasmo, Michael Moore constata algo que nadie escribe nunca. El ejército más poderoso de la tierra no ha ganado una guerra desde 1945, ¡y con la ayuda de los rusos!, el enemigo por excelencia. (Siempre he tenido una tentación malévola: si el lanzamiento criminal de dos bombas atómicas sobre territorios civiles, Hiroshima y Nagasaki, lo hubiera hecho otro país –la URSS de la época, por ejemplo–, ¿alguien imagina lo que hubiera supuesto para la humanidad que dicta cuándo un crimen es de guerra, cuándo una matanza racial es un holocausto, quiénes son justos y quiénes terroristas? ¿Se imaginan a los rusos lanzando las bombas, bajo la tapadera de que se salvaban muchos soldados a costa de muchos inocentes? Unos monstruos sin entrañas). Pero ya ven que no. Los patriotas, cuando ganan, hacen de su victoria una especie de amnistía sobre todos sus crímenes, porque ellos son lo que dictan justicia.
El valor de los filmes de Michael Moore, lo que los convierte en vitriólicos, es el cuestionamiento de dos tradiciones patrióticas muy unidas entre sí: la falacia del “sueño americano”, mejor sería decir estadounidense, y el desmontaje de la sociedad norteamericana. Si usted es un pringao la posibilidad que tiene de hacerse rico es muy similar al que vende agua entre Ceuta y Melilla, ahora bien, si usted consigue que el agua le salga gratis por procedimientos del mercado, podrá acumular su capitalito hasta la inminente ruina. Sólo los investigadores universitarios tienen un lugar en esos mundos, donde laboratorio y negocio marchan muy juntos en la búsqueda del éxito.
El viaje de Michael Moore por el mundo a la búsqueda de lugares donde haya cosas tan insólitas como las vacaciones, la sanidad gratuita, benevolencia en el consumo de drogas, tiempo para gozar sin ir a Las Vegas, y países donde la ambición fundamental se reduce a vivir bien, sin otras preocupaciones que las que te regala la vida a manotazos, es una provocación para una sociedad como la norteamericana, donde, desde la solidaridad al patriotismo, todo pasa por el tamiz de a cuánto me sale y de cuánto me beneficio. Esa mujer, líder política en Islandia, que responde tras unos segundos que se hacen eternos: “Usted que conoce bien EE.UU., ¿viviría allá?”. Y la respuesta lenta, como algo que llevamos dentro y nadie se había atrevido a preguntarnos: “Nunca… Nunca… Nunca”, que suene mucho mejor en inglés porque admite el “Jamás, jamás, jamás”. “Never, never, never”. Tres veces.
¿Por qué odian tanto a Moore esa mayoría social y política y económica que controla los parámetros de la sociedad norteamericana? Porque es diferente, está gordo, no parece tener ningún complejo de dietas y zarandajas, mira al contrincante a los ojos, no le suelta tras una simple respuesta, insiste, insiste, hasta que el otro se rompe o le manda al carajo. Nunca olvidaré la entrevista con Charlton Heston, convertido en un viejo cabrón que dirige la sociedad del rifle, o algo así, los defensores de las armas de fuego para todo el mundo, salvo los negros, con condiciones. Hay quien consideró aquel interrogatorio un acoso: ¿llamamos acoso al interrogatorio estrictamente verbal entre un fabricante de delincuentes y un policía correoso? La gente se ablanda con los mitos, les pueden porque les extraen la piedad, ese sentimiento humano que conformó desde Homero en la Ilíada y convirtió en humano a Aquiles, el implacable.
Son diferentes, y eso les hace odiosos para un patriota, para un nacionalista bien pagado o con aspiraciones de futuro fijo. Acaba de morir otra leyenda de la gama de los diferentes. Cassius Clay-Muhammad Alí, el boxeador que nos hacia admirar un deporte brutal. Le seguí siempre, admirado por su coraje y su sinceridad, y deberíamos preguntarnos cómo desde ya hace tantos años los negros más brillantes, Malcolm X sin ir más lejos, se hicieron musulmanes frente a las humillaciones permanentes de los cristianos blancos.
Pero si hay momento que dejó en mí una huella imborrable de valor que alcanzaba hasta la temeridad, de esos que te cuestan la vida, pero no porque te vayan a matar en ese instante, sino porque desde ese momento dejarás de vivir como los demás y serás un enemigo al que hacer pagar tu valor y tu dignidad. Uno fue el de aquellos dos muchachos negros que en los Juegos Olímpicos de México, subidos al podio, oro y bronce respectivamente, se descalzaron, se pusieron un guante negro y levantaron el puño en señal de orgullo militante ante una sociedad literalmente perpleja, que se lo hizo pagar a un costo digno de una dictadura de mediocres, o lo que es lo mismo, de clases medias orgullosas de su estupidez sin paliativos.
El otro es el Cassius Clay-Muhammad Alí respondiendo al tribunal militar que le quería llevar a la guerra de Vietnam. “No iré. A mí ningún vietcong me ha llamado nunca negrata”. Le quitaron todo lo que tenía y no sólo los beneficios de su larga carrera deportiva, sino que le retiraron de las competiciones y le robaron hasta los trofeos que había ganado hasta entonces. Hubo de empezar de cero mientras la sociedad de la democracia y la libertad aceptaba inmutable, incluso gozosa, hacerle pagar a aquel negrata arrogante que no era digno de ser admitido, aunque fuera de tapadillo, en una sociedad de blancos.
-El autor, Gregorio Moran, es columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia y amigo desde el principio del proyecto SinPermiso, fue un resistente político en el clandestino Partido Comunista de España bajo el franquismo. Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, ha escrito libros imprescindibles para entender el proceso que llevó en España de la dictadura franquista a la Segunda Restauración borbónica. Su último libro: El cura y los mandarines (Madrid: Akal, 2014).
Fuente: La Vanguardia, 11 de junio 2016
*Fuente para piensaChile: Sin Permiso
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Los que se dice aquí que los odian, en realidad, es la gente de los EEUU que aceptan esa sociedad con todas sus imperfecciones. Y si la aceptan, es porque supongo que son más los beneficios que por ilusorios que sean las complacen más que sus falencias y taradeces.
Quienes albergamos la convicción de que hay una sociedad perfecta en nuestras mentes y es posible hacerla realidad, podemos estar también desfasados en algo respecto de esa realidad.
Para mostrar el lado oscuro de las cosas, surgen maestros de vez en cuando. Con algunas de las codiciables características de M.Moore como divulgador.
Necesitamos que surjan también aquellos que difundan lo que ESTA FUNCIONANDO, y que no quiebren al intentarlo por falta de eco público.