Osama y los peligros de la perspectiva cónica
por Jorge Majfud (EE.UU)
15 años atrás 7 min lectura
Sin quererlo, en 1690 Sor Juana Inés de la Cruz demostró, con su vida y con su muerte, que una persona puede ser terriblemente censurada mediante la publicación de sus propios textos. Algo semejante se podría considerar sobre la censura de los medios de comunicación. No es necesario silenciar a alguien para censurarlo. Nadie prohíbe que un aficionado grite en un estadio repleto de gente, pero tampoco nadie, o casi nadie lo va a escuchar. Si tuviese algo importante que decir o que gritar estaría en la misma, o en casi la misma situación que alguien que ha sido amordazado en una sala silenciosa.
Algo semejante ocurre con la importancia de cada evento global. En este siglo es casi imposible una dictadura al estilo del siglo XX, digamos una dictadura absoluta de algún general en alguna república bananera o de un gran país como Estados Unidos o la Unión Soviética donde había diferentes concepciones sobre la libertad de expresión; en uno, el Estado era dueño de la verdad y de las noticias; en el otro, los millonarios y los gerentes de las grandes cadenas de información eran los dueños de casi toda la libertad de expresión.
Con el arribo y casi instalación de la Era digital, también aquellos modelos de censura se volvieron obsoletos. No la censura. Los individuos reclamaron y en muchos casos obtuvieron cierta participación en la discusión de los grandes temas. Sólo que ahora se parecen a aquel aficionado de fútbol que grita en un estadio enardecido. Su voz y sus palabras virtuales se pierden en océanos de otras voces y de otras palabras. De vez en cuando, casi siempre por una relevante frivolidad como demostrar la habilidad de morderse un ojo o por haber tenido el mérito de crear la peor canción del mundo o la mejor teoría conspiratoria (imposible de probar y de refutar), algunos saltan a la fugaz celebridad de la que hablaba Andy Warhol. Siempre he sospechado que las teorías conspiratorias son creadas y promovidas por los supuestos perjudicados. Como decía uno de mis personajes en Memorias de un desaparecido (1996): «no existe mejor estrategia contra un rumor verdadero que inventar otro falso que pretenda confirmarlo«.
Pero claro, esta teoría de una «fabrica de conspiraciones» no deja de pertenecer al mismo género de las teorías conspiratorias. El mecanismo y la trampa se basan en una premisa: de cada mil teorías conspiratorias, una es, o debe ser, verdad.
Como la teoría X ha tomado estado público, no se la puede suprimir. La mejor forma es hacerla desaparecer entre un mar de absurdos semejantes.
Ahora, dejemos de lado por un momento el problema de si existe un grupo, un gobierno o una agencia que mueve los hilos de la percepción mundial (que es lo mismo que mover los hilos de la realidad). Vamos a asumir que todo se trata de una creación colectiva en la que todos participamos, como una macro cultura, como una civilización o como un sistema sobrenatural que suele recibir diversos nombres, algunos muy gastados.
En su lugar podemos concentrarnos en los hechos. Por ejemplo, un hecho es que, al igual que en cualquier otro período de la historia, «nosotros somos los buenos y ellos son los malos», lo que justifica nuestro accionar brutal o explica por qué somos víctimas del sistema en cuestión.
Pero si volvemos al punto concreto de la censura (uno de los instrumentos principales de cualquier poder dominante) veremos que en nuestro tiempo queda una forma posible y devastadora por su alta eficacia: la promoción de «lo que es importante».
Un rápido y reciente ejemplo es la muerte o asesinato de Osama Bin Laden. Cierto, yo tampoco me negué a responder a entrevistas de radio de muchos países y hasta en diversos idiomas. En todos de los casos fue más por un gesto de amabilidad que de convicción. Sin embargo, esta vez me abstuve de escribir sobre el tema.
En mi modesta opinión, entiendo que se ha cumplido una vez más el mecanismo de la censura contemporánea: el exceso de discusión y pasión con que las partes disputan la verdad sobre un tema nos inhabilita para concentrarnos en otros temas y, sobre todo, para valorar la importancia de unos temas sobre otros. Es como si alguien o algo decidieran qué es importante y qué no, como alguien o algo decide qué estilo o qué color de ropa debe llevarse en una temporada.
Por ejemplo, no hubo medio de comunicación en que periodistas, lectores y usuarios de todo tipo, color y nacionalidad discutieran apasionadamente durante semanas sobre la legitimidad del ajusticiamiento de bin Laden. Por supuesto que todo puede y debe ser revisado. Pero si bien es legítimo un debate de este tipo, se torna globalmente trágico cuando observamos que el foco de atención ha determinado y definido lo que es importante. Sin embargo, ¿qué importa si un personaje nefasto (ficticio o real) como bin Laden fue bien o mal ejecutado cuando ni se menciona lo indiscutible: el asesinato de niños y otros inocentes como rutinarios efectos colaterales?
En el caso de la ejecución de bin Laden, al menos esta vez Estados Unidos procedió de una forma realmente quirúrgica, como falsamente se ha proclamado en otras ocasiones. La vida de los niños que moraban en la casa fue preservada, más allá, obviamente, de la experiencia traumática. Mas allá de que esta opción debió ser estratégica y no humanitaria, recordemos que no hace muchos años, meses, se optaba por bombardear el objetivo sin importar los «efectos colaterales», es decir, sin importar la presencia de inocentes, muchas veces niños. Esta tragedia ha sido tan común en la historia contemporánea que las autoridades afectadas se limitaban apenas a reclamar mejores explicaciones de peores barbaridades antes de echarlas al olvido colectivo.
Para no irnos muy lejos bastaría con mencionar el reciente bombardeo a la casa del dictador libio (o llámenlo como quieran) Muammar Gaddafi por parte de la OTAN. En este bombardeo no murió el «objetivo». La operación quirúrgica mató, asesinó, a varias personas, entre ellas el hijo de Gaddafi, y a tres de sus nietos. Pero estos niños, aunque no lo crean, tenían nombres y edades: Saif, de 2 años; Carthage, de 3; y Mastura, de 4 meses. Lo peor es que no son excepciones. Son la regla.
¿Quién recuerda sus nombres? ¿A quién le importa?
En esto no hay relativismos: un niño es un ser inocente sin importar la circunstancia, la identidad, la religión, la ideología o cualquier acción de sus padres. Un niño es siempre (siempre) inocente y lo es sin atenuantes, por más que como padres muchas veces nos hagan perder la paciencia.
Si la policía de cualquiera de nuestros países civilizados arrojase una bomba en la casa del peor de los asesinos, del peor de los violadores y matase a tres niños, seguramente habría una revuelta popular en ese país. Si el gobierno hubiese dado la orden de semejante procedimiento, seguramente caería en menos de veinticuatro horas y sus responsables serían llevados ante pulcros tribunales.
Pero como lo mismo se les hizo a niños pertenecientes a pueblos barbaros, salvajes, atrasados, entonces la acción se convierte en un simple «efecto colateral» y sus autores son apreciados como líderes responsables y valerosos que defienden la civilización, la libertad y, en definitiva, la vida de los inocentes.
Y para que la discusión no tome el centro de todas las discusiones, alguien o algo decide que lo realmente importante es discutir sobre la forma o la legitimidad de la ejecución un tipo que había hecho meritos suficientes para terminar como terminó.
11 de mayo de 2011.
– El autor es académico uruguayo en la Jacksonville University (EE.UU)
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