“Ningunear” es uno de los neologismos más conocidos de Gabriela Mistral.
Dudo que haya una palabra más gráfica que ésa para expresar el acto de
desprecio y reducción del valor y la grandeza de alguien o de algo.
El ninguneo es —para Mistral— una de las formas del endémico Pago de
Chile, deporte nacional que cobró en ella misma una de sus víctimas. En
Chile hay un largo historial de ninguneos y especialmente con nuestros
grandes creadores. Si en este “erial remoto y presuntuoso” hemos tenido a
gigantes de la talla de Violeta Parra, Vicente Huidobro, Matta o Arrau,
ha sido casi por milagro. El milagro del espíritu que flota sobre un
pantano de ignorancia, indiferencia y dejación.
Con un capital cultural así de ninguneado, es totalmente utópico
conseguir algún día esa educación de “calidad” que tanto decimos
anhelar. Por eso, cuando el Presidente de la República comunicó
inesperadamente que los recursos comprometidos para la construcción del
Teatro del Centro Cultural Gabriela Mistral iban a ser redestinados al
Teatro Teletón, sentí el zarpazo del atávico ninguneo “a la chilena”. El
primer ninguneado parece ser el propio ministro de Cultura, que hace
poco había difundido por los medios la buena noticia de este nuevo y
necesario espacio para una ciudad que aspira a ser una capital “moderna”
en plenitud. Todos sabemos que aspirar no basta para “ser”.
Ninguneados se sienten también los artistas y creadores de Chile, que
ven cómo con esta decisión se está borrando con el codo lo prometido a
los cuatro vientos. A los artistas se los convoca muchas veces como
comparsas de operaciones mediáticas: al poder le gusta a veces
“vestirse” de cultura. Pero cuando se trata de quitar los fondos
prometidos en proyectos emblemáticos y de largo aliento y permanencia en
el tiempo, “si te he visto no me acuerdo”. Con medidas como ésta, este
Bicentenario puede convertirse en el Bicentenario del Ninguneo. Ninguneo
de Chile con su propia alma, con sus artes y culturas, desplazadas como
siempre por otras prioridades de la agenda. La foto es elocuente: Don
Francisco logró en minutos lo que el mundo de la Cultura y las Artes
viene demandando hace décadas. Pero no es Don Francisco, sino la máxima
autoridad de la nación quien debe cautelar los proyectos culturales
emblemáticos por sobre todo cálculo de corto plazo. Este es un duro
golpe para Luciano Cruz-Coke, un ministro que se ha tomado su tarea en
serio, desmintiendo con los hechos el prejuicio (¿o juicio?) de que para
la derecha la cultura sería sólo un lujo o adorno superfluo. Hoy ese
prejuicio vuelve a instalarse con fuerza luego de este balde de agua
fría lanzado a los creadores, gestores culturales y al público.
Es inevitable comparar lo que el país está haciendo en este Bicentenario
tan cacareado, con lo que hicieron visionarios como Vicuña Mackenna y
tantos otros que dejaron hitos fundantes en nuestra ciudad, como la
Biblioteca Nacional, el Museo de Bellas Artes o el Teatro Municipal. De
hecho, este teatro del Centro Gabriela Mistral era el único de esas
características que se construiría en Chile, ¡desde hace más de un
siglo! Si cree la autoridad que bastará cortar la cinta del Buque
Fantasma que será este centro sin su teatro (como un hospital de Curepto
más) y hacer desfilar unos carros alegóricos por la Alameda o lanzar
globos y chayas desde el aire para saldar las deudas de Chile consigo
mismo en materia cultural, está equivocada.
Este gesto público de ninguneo hiere más, por la forma en que fue hecho,
“queriendo pasar gato por liebre” y a través de los diarios. Mala
señal. El pueblo puede aplaudir a veces —en el corto plazo— el circo,
pero ¿a quién recuerda Chile con más cariño, a Gabriela Mistral o a sus
“ninguneadores” González Videla o Carlos Ibáñez del Campo?
*Fuente: Tertulia Política
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