Supongamos por un momento, sólo metodológicamente, que el presidente Obama quisiera que en el mundo entero, cualquier habitante de la Tierra, sin distinción alguna, pudiera ser servido en un restaurante, a diferencia de lo que ocurría con su padre en Estados Unidos sesenta años atrás.
Supongamos que lucha y orienta su gestión en pos de ese tan elemental, básico y encomiable objetivo. Sigamos suponiendo que, tal como lo caracterizó brillantemente la presidenta argentina (que tantos destellos discursivos ha producido al tiempo que una indisimulable opacidad ejecutiva, confusión de objetivos y folclórico apego a la corruptela, el clientelismo y las maniobras electoraleras en su comarca), quisiera pasar de ser un mero producto del cambio a ser productor o impulsor del mismo. Supongamos, en suma, que lo que considera definitivamente conquistado en su tierra lo estimule a reunir esfuerzos en pos de una extensión hacia la humanidad toda y de actor deviniera autor. Por la historia, por la memoria de su padre o por lo que sea. Para ello deberá contar con instrumentos político-diplomáticos que permitan extender derechos y libertades.
Mandela se lo propuso y luego de un martirio personal extenso y agobiante, consiguió lograrlo finalmente en su ámbito. Hoy en Sudáfrica hay restaurantes y cualquiera podría acudir, si lo deseara. La sangre de miles de luchadores y la cárcel de tantos otros Mandela incluido fue el costo de esa pequeña gran conquista. Nada subversivo en términos modernos, si retomamos las delimitaciones políticas y culturales de la modernidad. Sólo una pequeña actualización concreta de sus demoradas cristalizaciones prácticas.
Que el sudafricano haya ceñido su propósito al ámbito nacional refleja la posición objetiva que ese país en "vías de desarrollo" ocupa en el tan desigual paralelogramo internacional de fuerzas. El acotamiento no lo desmerece en absoluto. Obama, inversamente, por estar en este momento ocupando el rol de flecha del vector ostensiblemente más elongado que define la direccionalidad de la resultante, bien podría plantearse el objetivo más ambicioso de la suposición, es decir, trascender las fronteras nacionales. Para ello debería poder desmantelar la infraestructura, la base objetiva del despliegue de lo que llamaré aquí la pulsión sádica que anida tanto en un simple acto de discriminación, como la negación de servicio en un restaurante, como así también en las acciones criminales.
Sin embargo, aun el limitado objeto de esta abstracción (en el sentido de abstraer desde la crisis capitalista interna y su proyección internacional, las presiones a las que lo somete no sólo la oposición, sino su propio partido, entre otras tantas) tropieza con una piedra que hasta el momento el presidente Obama no parece estar dispuesto a remover ni a reacomodar. Me refiero particularmente a la CIA, ya que es ésta la institución político-diplomática que ha impedido sistemáticamente la conquista de libertades en el mundo, incluyendo la de ser servido en un restaurante.
Sin abrir interrogantes como hoy aquí, el domingo pasado pretendía abrir el compás de espera sobre su autodefinida pretensión de escucha en la V Cumbre de las Américas. También destacar que su mayor mérito en toda su breve gestión hasta el momento además de la apertura y cordialidad que subrayaron distintivamente los jerarcas participantes fue desclasificar documentos en los que se ratificaban y probaban los métodos de tortura y el carácter documentado y detallado de las mismas.
Para el fin de semana pasado, la prensa latinoamericana no había resaltado suficientemente el detalladísimo listado de torturas que la prensa norteamericana publicó in extenso. Menos aún inspiró una discusión indispensable sobre las implicancias de tal publicación. Sin pretensión de agotarlo, la primera conclusión es que la condena en una corte marcial y la expulsión de varios soldados por el Departamento de Defensa (luego de la masiva difusión pública de las fotos que se tomaron Charles Grane y su novia Lynndie England en Abu Ghraib) fue la aplicación de la ley del perejil. No hicieron más que aplicar las instrucciones recibidas. A lo sumo le agregaron el plus de la sonrisa y el rictus del placer y el registro para el recuerdo. Esto no los absuelve, sino que desmonta la ya inveterada excusa del exceso, de la excepción y de la autonomía ejecutiva individual.
Es que la diversificación de las vocaciones no se detiene en las calificaciones profesionales escritas por el mercado laboral con la caligrafía del capital. Además de los ejemplos de vocaciones deportivas, técnicas, sanitarias, políticas, intelectuales y tantas otras, la vocación sádica encuentra un gran cauce de desarrollo en las diversas tipologías terroristas. Me refiero a las que en sucesivas contratapas veraniegas intenté desarrollar caracterizando a Estados Unidos (particularmente, entre otros) como un Estado terrorista imperial.
El secreto, la mentira y la impunidad son los dispositivos político-jurídicos de los estados terroristas en sus dos variantes (de Estado e imperial) y de sus mutuas interdependencias colaborativas. El programa SERE (Survival, Evasion, Resistance and Escape) es sólo la máscara tras la que se oculta la continuidad histórica del más abyecto intervencionismo y de la exportación de la barbarie. La CIA intervino aplicando directamente la tortura o formando torturadores, criminales y golpistas en sus seis décadas de existencia en el mundo entero. Si hasta Hollywood montó una industria basada en la exaltación de los "agentes secretos" con impunidad para la infiltración en otros países, el crimen, el atentado y la tortura. Incluso se permite su parodia como la del ahora resurgido Súper Agente 86, originalmente ideado por el genio humorístico de Mel Brooks.
Es un detalle menor que Donald Rumsfeld ocultara los memos por él elaborados o que el director de la cárcel de Guantánamo, Geoffrey Miller, negara la aplicación de tortura a Gustavo Sierra del diario Clarín, uno de los pocos periodistas en visitar el centro ilegal y clandestino en territorio cubano ocupado poco antes de ser trasladado a aportar su experiencia sádica en Abu Ghraib. Lo verdaderamente destacable de los primeros movimientos políticos del presidente Obama es su intención de cerrar los centros clandestinos de detención y tortura y fundamentalmente reconocer y probar su existencia ante la opinión pública, el parlamento y la justicia. Algo que particularmente intenté destacar el domingo pasado.
Sin embargo, al día siguiente, una vez retornado de Trinidad y Tobago, el presidente norteamericano amordaza la voz crítica, frena el ímpetu revisionista y abroquela la institución criminal con sus laboriosos ejecutores incluidos. Aplica una verdadera reversa a sus iniciativas originales. Su discurso en la visita al cuartel general de la CIA no tiene una sola línea de desperdicio y puede encontrarse su transcripción completa, al igual que el de recepción de su director Leon Panetta en la edición del 21 de abril del New York Times.
Esta contrarreforma político-discursiva aparece por un lado en la muy enfática instalación de la consabida y hasta previsible "obediencia debida" al asegurar que "quienes realizaron sus tareas confiando en la buena fe de la asesoría legal del Departamento de Justicia no serán sujetos a proceso judicial" y que protegerá "la información y la identidad de los funcionarios de la CIA". Pero superando la defensa corporativa, instala además una reivindicación y defensa de la columna vertebral del terrorismo imperial al sostener que la CIA resulta "la punta de lanza de la seguridad nacional". La que está "en el frente contra luchas no convencionales" (sic) donde "sirven de manera capaz y valiente". Para reforzar la autoestima de estos valientes "deben sentirse orgullosos de lo que hacen", como se habrá sentido Lynndie England al fotografiarse sonriente arrastrando a un prisionero desnudo con correa al cuello.
El argumento central utilizado por el presidente Obama de mirar al futuro y no al pasado es exactamente contrario al que utilizó en su discurso de asunción para destacar la conquista social que significaba que su padre pudiera ser servido en un restaurante. No fue producto del marketing ni del auge del fast food, sino de una revisión histórica de las causas de la discriminación y el sadismo y de una lucha cotidiana de las víctimas por la igualdad y la libertad, que supuso el desmantelamiento de todos los dispositivos jurídicos, políticos, ideológicos y económicos que hacían posible semejante aberración discriminatoria y sadismo social.
Por otra parte este "futurismo" no es nada novedoso, ni mucho menos inocente. Es el que reaparecerá amplificado en Uruguay en voces blanquicoloradas en vísperas de la anulación de la Ley de Caducidad. Tampoco lo es el de la lucha de la civilización contra la barbarie que retomó el ex presidente Sanguinetti en el diario "El País" del domingo pasado y encontró condigna y contundente respuesta de Jorge Majfud al día siguiente en este diario.
Suponer que los crímenes, vejaciones y torturas con los que la CIA (entre otras agencias criminales) viene sometiendo al mundo van a extinguirse protegiendo la estructura material y humana de ejecución es tan cínico como invitar a su padre a la taberna del Ku Klux Klan.
(*) Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. cafassi@mail.fsoc.uba.ar
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