
Ya en su primer pronunciamiento a la nación y renunciando a su papel de estadista y presidente de “todos los brasileños”, Jair Bolsonaro consiguió la proeza de esbozar un programa que solo puede satisfacer a sus seguidores de la extrema derecha, ultraconservadores y oscurantistas. Proclamó que Brasil ya nunca más será socialista -como si alguna vez lo hubiera sido- que va a terminar con lo políticamente correcto, que se va a expurgar la ideología de género, que la bandera brasileña jamás será roja y otras consignas por el estilo.
Sus ministros no se han quedado atrás y sería largo y cansador enumerar uno por uno el abundante y vasto inventario de anuncios esdrújulos e irracionales que han realizado algunos miembros del ejecutivo. Como el canciller Ernesto Araujo, quien ha señalado –entre muchas necedades- que la globalización y el cambio climático son un invento marxista. Otros casos patéticos son los de la Ministra de la Mujer, Familia y los Derechos Humanos, Damares Alves, el Ministro de Educación, Ricardo Vélez o el Ministro de Medioambiente, Ricardo Salles.
Todos ellos han diseminado en un mare magnum de sandeces que viene espantando a los brasileños, los cuales observan con legitima preocupación como un gobierno que se arrogaba el papel de “restaurador de la nación” para liberarla de las garras de la ideología izquierdista, se ha dedicado hasta ahora a dar señales confusas de lo que pretende hacer y que por lo mismo no ha mostrado ninguna medida concreta de avance hacia algo mínimamente constructivo.
Podemos resumir que el actual gobierno se ha propuesto, de manera caótica, imponer una agenda moral ultra conservadora o retrograda, que ha tenido a estos personeros como sus portavoces más declarados, pues desde que asumieron se han dedicado principalmente a pedir la renuncia de funcionarios considerados “marxistas” o a tratar de imponer una agenda de restricciones y censuras. Por ejemplo, el Ministerio de Educación le fue asignado a un ex profesor de la Academia Militar, el cual ha estado implementando iniciativas como la “Escuela sin Partido” que supone la denuncia y sumario de cualquier docente que realice algún tipo de pronunciamiento “ideológico” durante su clase. Esta medida puede expandirte rápidamente como una nueva “caza de brujas” en el Brasil del siglo XXI.
Por su parte, el decreto 9.465 promulgado el 2 de enero –un día después de la investidura- creó una secretaria de fomento de las escuelas cívico-militares, que busca instituir un sistema de enseñanza tutelada por las Fuerzas Armadas para alejar a los niños y jóvenes del adoctrinamiento marxista que –según el decreto- estaría imperando actualmente en los centros educativos del país.
Al inicio del año escolar, el jefe de la cartera emitió una directriz que obligaba a los estudiantes a cantar todos los lunes el himno nacional y además que los alumnos fuesen filmados en esa ceremonia y el archivo enviado al Ministerio. Este reglamento resultó ser tan contraproducente entre la ciudadanía y transgresor de la Constitución, que el propio ministro tuvo que pedir disculpas y sacarlo de la pauta del ministerio, demostrando un fragrante desconocimiento del orden jurídico del país. Su propuesta ha sido hasta ahora desmontar los programas que estaban en curso y aumentar los grados de coerción y sanción sobre profesores, funcionarios y alumnado en general.
Si hubiera que hacer una síntesis, este gobierno se sustenta sobre dos ejes. Un eje es de tipo ético, moral y cultural que se caracteriza por su oscurantismo cultural y su fundamentalismo religioso, apoyado por diversas vertientes del pentecostalismo que tienen representación en el parlamento, la llamada “Bancada de la Biblia”. Junto con ello, se encuentran los apoyos de militares, ex militares, policías y agentes de seguridad que también han accedido a cuotas importantes de participación en el congreso, la “Bancada de la Bala”. Ellos sustentan un proyecto de Populismo autoritario que encarna los valores de la dictadura militar, hacen apología de la tortura y piensan que los problemas de seguridad ciudadana se resuelven aumentando la dotación de policías y matando a los criminales. Su consigna es: “Bandido bueno es bandido muerto”.
Sin embargo, pentecostales y militares no operan como un bloque monolítico, sino que muy por el contrario, mantienen una dura disputa al interior del gobierno por cuotas de poder. De hecho, parlamentarios de la bancada evangélica están acusando a los militares de blindar a Bolsonaro y alejarlo de su base social. Algunos representantes apuntan a que existiría intolerancia religiosa entre los militares, presionando al presidente para exonerar a varios funcionarios que formaban parte de los cuadros directivos del gobierno y que han sido destituidos poco a poco sin previo aviso.
Otro eje del gobierno está representado por el ultraliberalismo económico, el cual es sintetizado en la figura y el proyecto del Ministro de Economía, Paulo Guedes, un economista que ha circulado en las esferas del mercado, despreciado por el mundo académico y por los organismos gubernamentales. Jamás ocupó algún cargo de importancia entre las instituciones del Estado. La elección de Guedes para hacerse cargo de la cartera de economía representa la firme adhesión de Bolsonaro a la política económica de la Escuela de Chicago, donde el primero realizó su doctorado con parte de la generación conocida como los Chicago Boys. En su paso por Chile a inicio de los años ochenta, Guedes convivió con José Piñera, en el preciso momento en que el hermano del actual presidente de Chile ponía en práctica la instalación y privatización del sistema de previsión chileno, que tantas críticas sigue recibiendo hasta el día de hoy por los enormes lucros que obtienen los seis fondos privados que dominan el mercado previsional y por las condiciones paupérrimas en que deja a los futuros jubilados.
La propuesta de Guedes es principalmente implementar una agenda ultraliberal que entre otras medidas supone un gran programa de privatizaciones de empresas que aún se encuentran en manos del Estado (con Petrobras en la mira), cortes de gastos sociales y transformación del actual sistema previsional de reparto para uno de capitalización individual, siguiendo los pasos de lo realizado por Chile.
En este momento, Guedes libra una batalla para obtener lo antes de posible la aprobación por parte del Congreso de la Reforma del Sistema Previsional brasileño. El problema es que aprobar una ley que afecta tan sensiblemente a tantos millones de ciudadanos no es una tarea fácil y el presidente con sus declaraciones diarias por medio de Twitter no ha facilitado para nada esta tarea. Diariamente brinda a sus seguidores con comentarios burdos y grotescos o exhibe videos escatológicos, como en el caso de las imágenes que difundió de una pareja haciendo “Golden Shower” durante el último carnaval. Bolsonaro nunca se ha caracterizado por su postura de presidente, pero la falta de decoro y sus opiniones vulgares han boicoteado su proyecto y ponen en duda su permanencia en el poder.
Ello porque con sus permanentes desatinos, el mandatario está comprometiendo el apoyo a las reformas y transformándose en un obstáculo para la continuidad de estas y el programa regresivo que le ofrecieron al país. Justamente, su vicepresidente, el General Hamilton Mourão, ha emergido como una figura más cautelosa y tolerante en estos dos meses, un perfil que no tenía durante la campaña. Existen rumores de que Mourão estaría intentando catalizar el creciente descontento entre las huestes bolsonaristas, para provocar un autogolpe de Estado que le daría mayor viabilidad a los cambios que desean emprender las elites empresariales y los grupos de intereses que apoyaban hasta hace poco al gobierno.
Al mismo tiempo, muchos juristas han señalado que existen condiciones de juzgar a Bolsonaro por falta de decoro e improbidad en las funciones que ejerce un mandatario, no solo por la publicación a través de un medio oficial de un video pornográfico, sino por otros acontecimientos que han involucrado al presidente y comprometido la liturgia del cargo y por incitar actos de violencia hacia sus detractores.
En resumen, el gobierno Bolsonaro se descompone tempranamente y el país se asemeja a una nave sin rumbo, movida solamente por una inercia institucional que además está siendo desmontada todos los días. Parece un gobierno que se apaga lánguidamente al final de su periodo, desgastado, desarticulado y denigrado. Sin embargo, esta es una administración que lleva poco más de dos meses y que ya se encuentra en absoluta decadencia. Ello permite preguntarse, cuánto tiempo más podrá durar el presidente y su gobierno y cuál será la reacción de la ciudadanía en los próximos días en caso de que -como es de esperar- se profundice aún más la crisis económica, política, social y ecológica en que se debate Brasil.
-El autor, Fernando de la Cuadra, es Doctor en Ciencias Sociales. Editor del Blog Socialismo y Democracia.
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