Han pasado algunos meses desde la conmemoración de los 100 años del natalicio de Salvador Allende y se acerca un nuevo aniversario del Golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Varias actividades y publicaciones han abordado el tema desde diversas aristas y con distintos matices. ¿Qué nos queda de todo esto?, ¿cuál es el sentido de estas conmemoraciones?
Allende, como personaje clave de nuestra historia reciente interpela nuestra memoria política en perspectiva de futuro. Su último discurso, que retumba las aún estrechas alamedas, evoca las tareas de mañana. No es posible pensar a Allende sin cuestionar políticamente el país que, a casi 35 años de su muerte, estamos construyendo.
La Concertación agotó su proyecto político. Se ha hecho evidente lo que años atrás el senador Sergio Aguiló denominó “Chile entre dos derechas”. No hay proyecto país que aglutine al conglomerado oficialista, cuya única preocupación parece ser encontrar un candidato que enfrente las próximas elecciones presidenciales. Las alternativas que circulan (Lagos, Insulza, Frei, Alvear) demuestran la ausencia de capital político y de alternativas que seduzcan por quinta vez a la ciudadanía.
Por otro lado tenemos una Alianza que usa ‘todas las formas de lucha’ para impedir reformas sociales en beneficio de los más pobres. Además, a través de diversos mecanismos legales y políticos impide la distribución gratuita de la píldora del día después, se opone a realizar transformaciones estructurales en la educación, buscando de este modo frenar e invisibilizar los cambios culturales que la sociedad chilena vivencia. La Alianza desprecia al Estado en su rol de protección social, pero acude a el cada vez que se ve en apremios, demostrando nuevamente que el empresariado chileno es reacio a los riesgos.
¡Que daño le ha hecho el ministro Viera Gallo al gobierno! Su penoso rol de interlocutor con el parlamento, lo ha cumplido sin cautelar ni siquiera los apoyos mínimos de sus bancadas. El lograr los votos de la derecha a cualquier precio, lo sitúan más bien como un ministro de la Alianza instalado en el gobierno. En nombre de replicar la noventera ‘política de los consensos’ cruza sin problemas la cada vez más tenue línea gobierno/oposición. Su accionar para aprobar la LGE en la Cámara de Diputados y el desprecio mostrado por las movilizaciones estudiantiles y del profesorado, enterraron definitivamente el slogan de ‘gobierno ciudadano’.
En este cuadro, quienes se consideran herederos de Allende (que claramente no están en la Concertación), tienen múltiples desafíos que afrontar, pues su accionar tampoco ofrece hoy por hoy, un panorama digno de elogios. La izquierda debe recuperar el pensamiento crítico. Crítico de las estructuras de dominación, pero también crítico de su propia praxis. Releer a Allende, puede ser útil en ese sentido.
En primer lugar, la izquierda debe superar el martirologio de la derrota. Quejarse de falta de espacios y de los abusos de un empresariado, amparado por el pacto político Alianza-Concertación, es negar su propia historicidad. Las conquistas sociales, culturales y políticas del campo popular, no han sido concesiones de los grupos dominantes, sino fruto de su constante lucha por cambiar el estado de las cosas. Allende le ofreció al pueblo futuro y no solo se dedicó a denunciar los atropellos de los sectores dominantes.
El aparente desinterés por la ‘cosa política’, vale decir por lo público, es parte de la construcción dominante. La izquierda en la post-dictadura se ha construido desde la marginalidad. Ya sea para conseguir un cupo en el parlamento o para luchar desde la trinchera de ‘lo social’, se debe referenciar un discurso que supere la marginalidad en que hace política la izquierda chilena, que no supera aún los cánones de una derrota latamente analizada. Es necesario que todas las prácticas de sociabilidad popular, de búsqueda del camino propio, se expresen en el espacio público. Esto quiere decir que dejen de ser expresiones marginales, que se constituyen en ‘una expresión episódica de protesta’ para que pasen a ser alternativas de incidencia política, que se imaginen una/otra historia.
En segundo lugar, debe reconocerse unitariamente. En la izquierda chilena conviven distintas tradiciones, generaciones y métodos de acción. Esto no es nuevo. Lo importante es que esa diversidad se exprese unitariamente. Hay que articular esa heterogeneidad, construyendo unidad desde la diferencia y no solo buscando los puntos de acuerdo. Esto no pasa necesariamente por construir mega-referentes u organizaciones, sino por el respeto a esas diversas tradiciones. Ser Allendistas nuevamente, significa recuperar las banderas de la unidad, la democracia y la justicia social, de las cuales se ha apropiado por largo rato la concertación gobernante.
Recordar a Salvador Allende no puede ser un ejercicio aséptico. Es pensar críticamente el presente y el futuro. Allende encarnó un proceso muy amplio de politización de la sociedad civil, de emergencia de nuevos actores y organizaciones y de ensanchamiento del espacio público. Solo si la izquierda se decide a actuar históricamente, en esa misma senda, podrá retomar las anchas alamedas construyendo una nueva utopía.
– Alexis Meza Sánchez es Vicerrector Académico Arena Pública, Plataforma de Opinión de Universidad ARCIS
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