El 60 aniversario del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán el próximo 9 de abril es una ocasión propicia para entender cómo se hace la política en Colombia, siempre marcada por la violencia, siempre acompañada de sangre. Desde muy joven este dirigente, originariamente militante del partido liberal (entonces una organización con inspiraciones sociales) se distinguió por su fogosa defensa de los intereses populares y por su nacionalismo. Gaitán defendió con vehemencia la causa de las mayorías pobres del país y se opuso al saqueo descarado de los recursos nacionales por parte de las multinacionales. Se recuerda aún su verbo encendido, muy a tono con los grandes tribunos del populismo de entonces y sus denuncias de la pobreza y la miseria, tanto como su oposición al sometimiento nacional. Por ello se convirtió en un tribuno popular que, como candidato a la presidencia tenía segura la victoria sobre los representantes de los partidos tradicionales. Fue entonces cuando un oscuro personaje le dio muerte en plena vía pública desatando con ello una insurrección popular en la capital (el famoso “Bogotazo”) que pronto se extendió a todo el país.
Los autores intelectuales del asesinato nunca fueron descubiertos; y tampoco hizo falta. Toda Colombia sabía que la autoría intelectual recaía plenamente en la clase dominante del país, aterrada ante la posibilidad de ver en el gobierno a quien le fustigaba y denunciaba. Por eso fueron vanos los intentos de las autoridades por inculpar a los comunistas, cuya estrategia entonces difería del populismo de Gaitán. Tampoco se dio crédito a las fabulaciones que implicaban a Fidel en los acontecimientos. Los comunistas no tuvieron nada que ver con el asesinato; menos aún aquel joven estudiante cubano que asistía a un congreso universitario latinoamericano y que, sorprendido en medio de los combates y fiel a su espíritu rebelde no dudó en empuñar las armas al lado del pueblo. Abandonó solamente cuando era evidente que el movimiento insurreccional estaba sofocado.
El ideario de Gaitán podría interpretarse como de un socialismo moderado y un nacionalismo consecuente. Ya había dado pruebas de su talante cuando en el Congreso de la República acusó a la United Fruit Company y al gobierno nacional por la masacre de las bananeras, una más de las páginas negras de la historia violenta del país, relatada magistralmente en “Cien años de soledad”. En la plaza de Ciénaga (una pequeña población del Caribe) el ejército dispara sin clemencia contra los huelguistas, carga luego los cadáveres en los trenes de la compañía y los arroja finalmente al mar, como pasto de tiburones. Nunca se supo el número de muertos pero siempre se habló de miles.
La única venganza popular la propinó la masa de manos invisibles que esa noche destruyó a machete limpio las plantaciones de la United Fruit (la siniestra “mamita yunai”). La voz de Gaitán se levantó entonces a denunciar un crimen que la oligarquía intentó tapar para esquivar sus propias responsabilidades como sicario a sueldo del imperio bananero. Aquella United Fruit es la misma Chiquita Brand de la actualidad, recientemente condenada por armar y financiar a los paramilitares que han asesinado a miles de sindicalistas y defensores de derechos humanos en Colombia con la complicidad de las fuerzas armadas oficiales (y continúan haciéndolo).
Como hoy, hace 60 años también había un gobierno conservador que acaparaba todos los poderes, arrinconaba a la oposición y perseguía con saña todo brote de inconformismo. Un gobierno que contaba –¡como no!- con el respaldo de la “comunidad internacional” y la ayuda militar de los Estados Unidos y sus aliados. Era la expresión extrema del régimen de exclusión política y desigualdad económica que siempre ha caracterizado a esta república andina. Las cosas llegaron a tal punto que la oposición de liberales y comunistas decidió no presentarse a las elecciones en las que triunfó en solitario Laureano Gómez – conocido como el “Monstruo”- gran aliado de Occidente en la recién comenzada Guerra fría y socio ideológico de la dictadura franquista. La insurrección popular frustrada el 9 de abril se volvió entonces una guerra popular que culmina con las guerrillas a las puertas de las grandes ciudades.
Ni el movimiento de Gaitán ni las guerrillas posteriores tenían un programa claro, una organización sólida y una dirección política adecuada, lo que permitió a la oligarquía resolver sus diferencias internas, pactar y frustrar el avance popular. Pero los motivos que alimentaban la violencia continuaron y continúan hoy en día. El actual movimiento guerrillero tiene vínculos innegables con las luchas agrarias de entonces y es fruto directo de la historia violenta del país. Aunque mientras tanto muchas cosas han cambiado en Colombia no parece que la cultura de la violencia de entonces haya dado paso a formas civilizadas para la resolución de conflictos. Solo en últimos años, por ejemplo, han sido asesinados cuatro candidatos populares a la presidencia así como miles de obreros, sindicalistas, campesinos, maestros, periodistas, funcionarios de justicia (que investigaban al paramilitarismo), estudiantes, defensores de derechos humanos y un largo etcétera de víctimas, que contrasta duramente con la imagen idílica de una Colombia democrática.
La violencia en todas sus manifestaciones señorea desde siempre, sin que a Colombia la salve de esta lacra su reconocido catolicismo, presumir de ser “la democracia más sólida del continente” ni tampoco el estar consagrada oficialmente al Corazón de Jesús. Como ocurrió con el asesinato de Gaitán, oscuros velos se tienden sobre los crímenes actuales y los responsables se evaden gracias a los vericuetos leguleyos de las famosas “comisiones de alto nivel” y sus “exhaustivas investigaciones” o terminan beneficiados por la impunidad de alguna ley de “justicia y paz”. En el mejor de los casos pagarán los autores materiales de los crímenes pero nunca quien financia la mano asesina, quien se beneficia económica y electoralmente, quien organiza o permite que se desarrolle el paramilitarismo y quién acepta que en la guerra sucia se impliquen las mismas fuerzas armadas y otros estamentos del Estado.
En este 60 aniversario hay quien propone olvidar el pasado sangriento del país, no “regodearse en la desgracia propia” y hacer de ingenuas avestruces; otros -seguramente desde el mismo gobierno- se apropiarán de las banderas del caudillo intentando engañar a las nuevas generaciones y manipulando los acontecimientos para que aparezcan tan solo como el oscuro pasado de una Colombia rural y violenta ya superada. No faltará por supuesto quien, partidario de la doctrina del “todo vale”, discretamente celebre la caída de Gaitán como una operación exitosa para impedir que la “chusma” accediese al gobierno. Serán los mismos que el 9 de abril de 1948 dirigieron desde bambalinas la mano de Juan Roa Sierra, el ejecutor que disparó su arma contra Gaitán, dando con ello inicio a un nuevo capítulo de la guerra que desangra a Colombia desde siempre.
Para viejos y nostálgicos Gaitán será siempre su querido “Forfeliecer”, el que en su nombre levantaba la voz encendida y dura para denunciar a la misma oligarquía que sigue gozando hoy de los mismos privilegios y mantiene su democracia de esperpento sobre la violencia, la hipocresía y la mediocridad. Para la clase dominante será siempre el “negro”, el “indio” Gaitán que amenazó al sistema y estuvo a punto de sacarlos del gobierno; para las nuevas generaciones, el aniversario es una ocasión para meditar sobre lo poco que cambian las cosas en Colombia y lo actual del espíritu reformador del caudillo sacrificado. Vista la pocilga en que la clase dominante ha convertido a las instituciones, no pierde vigencia la consigna del Caudillo “¡Por la restauración moral de la República, adelante!”.
04/04/2008
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