Algo demasiado ominoso para ser mencionado empuja al vacilante Obama ciegamente hacia el abismo. El uso del gas sarín por el presidente Bashar Assad “contra su propio pueblo” es un argumento tan desfachatado como el de las armas de destrucción masiva de Irak si uno se guía por el documento “probatorio” colgado por Washington en Internet.
Aunque la potencia imperial presume ser el guardián de la democracia de nada han valido hasta ahora la mayoritaria negativa de su electorado a aprobar el descabellado ataque a Siria, ni la reticencia de muchísimos legisladores que deberán concurrir a elecciones en 14 meses. Ni que su faldero Cameron deserte precipitadamente rompiendo la histórica alianza anglosajona bajo la presión de un pueblo harto de guerras coloniales, que es lo que obligó al parlamento a negarle la luz verde. Tampoco ha servido que el hasta aquí obediente secretario general de la ONU Ban Ki Moon alerte que el ataque estadunidense aumentará el baño de sangre y que es contrario a la Carta de Naciones Unidas porque ni se realiza en defensa propia ni tiene la aprobación del Consejo de Seguridad. La OTAN no participará en la operación y se afirma por la televisión rusa RT que 12 de sus miembros se oponen.
Hace por lo menos dos años el ocupante de la Casa Blanca dijo que Assad debía irse. Desde entonces comenzó la primera parte de esta guerra imperialista. Se inició una carrera silenciosa de los servicios especiales estadunidenses, ingleses y franceses para infiltrar en Siria a una jauría furiosa de fanáticos ligados a Al Queda y mercenarios de distinto pelaje financiados y armados por las monarquías saudita y quatarí con el apoyo logístico de Turquía. En el país árabe, no hay duda, hubo importantes protestas populares, pero fueron secuestradas y derivadas a una espantosa guerra sectaria.
El Ejército sirio, pese a no parecer especialmente entrenado para enfrentar fuerzas irregulares ha logrado asestar duros golpes a los grupos armados y colocarse en una situación militarmente ventajosa. Es evidente que cuenta con apoyo de sectores de la inteligente y patriótica población siria que no quieren ser gobernados por un califato de Al Quaeda ni ver su país convertido de nuevo en colonia.
La ventaja militar lograda por Assad y otros hechos mencionados en mi artículo anterior, al que debe añadirse las influyentes exigencias de los fabricantes de armas (La Jornada, 29 de agosto) obran indudablemente a favor de la premura de Obama por intervenir militarmente para debilitar al ejército sirio. Pero luego de consultar confiables expertos en finanzas internacionales no descarto la urgencia de usar la guerra como cortina de humo para ocultar el incontrolable agujero negro en el sistema financiero de Estados Unidos que amenazaría de modo inminente con triturar al dólar. Obama según esto no querría pasar a la historia como el presidente que hundió al símbolo mágico de la hegemonía estadunidense.
Y no parece descabellada la hipótesis puesto que si algo no quiere aceptar Washington es el evidente declive de su hegemonía. Hasta el punto de empujarlo, con tantos factores en contra, a una aventura de consecuencias imprevisibles, seguramente trágicas y muy probablemente causantes de una catástrofe apocalíptica. Nunca desde la crisis de los misiles en Cuba se ha sentido tan cerca el peligro de guerra nuclear, cualquiera que sea el plan de ataque de Estados Unidos contra Siria.
En la guerra los planes casi nunca salen exactamente como se conciben. Por eso los grandes estrategas se han caracterizado siempre por imaginar los posibles escenarios de antemano y poseer la agilidad mental y la audacia para realizar sobre la marcha cuantos cambios requiera el plan originalmente concebido. Pero en este caso ni el más brillante jefe militar de Estados Unidos contará con opciones plausibles a menos que Siria, Hezbollá, Irán y, por supuesto Rusia y China, se dejen llevar mansamente al matadero.
Comencemos por asentar que no hay certeza de que un ataque con misiles, combinado o no con incursiones de la aviación, no termine por convertirse en una guerra general.
Mientras tanto la armada rusa hizo “ajustes” para reforzar su presencia en el Mediterráneo enviando dos buques de asalto anfibio y uno de reconocimiento. Putin podría mostrar al aturdido Obama una puerta de salida airosa que no ponga en riesgo la paz mundial en el marco de la reunión del G20 si aquel aceptara hablar en igualdad de condiciones con el lúcido líder ruso.
*Fuente: AlaiNet
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