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El imperialismo de siempre

El imperialismo de siempre
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10 de enero de 2026

Detrás de cada agresión de EE.UU. están las grandes corporaciones expoliadoras de las riquezas de América. Desde Río Grande hasta la Patagonia, naciones ricas en recursos sufren economías fallidas, sin conocer de la ‘civilización occidental’ más que el terror, mientras los corruptores estadounidenses disfrutan del producto de sus saqueos

Las distorsiones cognitivas que los diversos negociados ideológicos introducen en las mentes han alcanzado densidad de enjambre tras la reciente agresión de Estados Unidos a Venezuela. En realidad, dicha agresión forma parte de una larga cadena de agresiones que se remonta al siglo XIX; y toda esta larga cadena de agresiones siempre se ha envuelto en disfraces beneméritos: la defensa de la ‘civilización occidental’ frente a la barbarie, la defensa de los ‘derechos humanos’ frente a las dictaduras, la defensa de la ‘democracia’ frente al comunismo, etcétera. Pero detrás de toda esta farfolla grimosa no hay sino la sempiterna y maligna rapacidad americana, plasmada en aberraciones tales como la ‘doctrina Monroe’ o la ‘doctrina del Destino Manifiesto’.

La Doctrina Monroe se estrenó con un mensaje del presidente de Estados Unidos James Monroe, allá por 1823, donde se señalaba que el continente americano no podía ser en el futuro territorio de colonización para las potencias europeas. Todo esfuerzo de las naciones europeas por imponer en América un sistema político –rezaba el mensaje– o por arrebatar la independencia a las naciones suramericanas será considerado por Estados Unidos un acto hostil. El mensaje proclamaba también que Estados Unidos no intervendría (‘risum teneatis’) en ninguna guerra entre potencias europeas ni propiciaría acto alguno para arrebatar a las naciones europeas las colonias adquiridas. El paso del tiempo –bien lo sabemos– ha convertido esta declaración en un monumento al cinismo. A la postre, del mensaje de Monroe sólo queda la pretensión de convertir el continente americano en el ‘patrio trasero’ de los Estados Unidos; y el resto del mundo en un jardín con derecho de usufructo.

Más aberrante aún (amén de blasfema) es la doctrina del ‘Destino Manifiesto’, que considera a los Estados Unidos una ‘nación elegida’ por Dios a la que todos los demás pueblos y naciones de la Tierra deben imitar; doctrina de trasfondo teológico (pero de una teología demoníaca) que preconiza una suerte de continuidad fatua con las promesas de la Antigua Alianza (por eso el sionismo es el núcleo irradiador de la monstruosa política exterior yanqui). En 1898 el presidente McKinley afirmaba que «las Filipinas, como Cuba y Puerto Rico, fueron confiadas a nuestras manos por la providencia de Dios…»; y Donald Trump no se cansa de repetirnos que su vida «ha sido salvada por Dios para hacer América grande de nuevo» (pero esta chusma no entiende una grandeza dentro de las fronteras propias).

Trump ha utilizado en su agresión la excusa grotesca del ‘narcoterrorismo’ como en 1846 Polk utilizó la excusa de una desavenencia sobre los límites de Texas para arrebatar a México más de la mitad de su territorio; o como en 1898 McKinley utilizó la excusa de la voladura del Maine para imponer –bajo la veladura de una independencia formal– una dominación económica sobre Cuba. Repugna toda esa hojarasca de justificaciones y teorías absurdas sobre la agresión de Estados Unidos a Venezuela que se lanzan con el único propósito de ocultar la naturaleza agresiva y brutal del imperialismo yanqui. Uno de los instrumentos más conspicuos de esa política depredadora, el general norteamericano Smedley D. Butter, el militar más condecorado en la historia de los Estados Unidos, explicaba maravillosamente el imperialismo yanqui en su obra War is a Racket: «Pasé 33 años y cuatro meses de servicio activo como miembro de la más ágil fuerza militar de nuestro país, el cuerpo de infantería de marina. Y durante todo ese período pasé la mayor parte del tiempo como pistolero de primera clase de los grandes consorcios, Wall Street y los banqueros. Fui un gángster al servicio del capitalismo. En 1901 ayudé a que Haití y Cuba fueran lugares idóneos para que los muchachos del National City Bank tuvieran ingresos. En 1903 ayudé a que Honduras fuera un buen lugar para las compañías norteamericanas. En 1909 ayudé a purificar Nicaragua para la casa bancaria internacional Brown Bros. En 1914 ayudé a que México fuera un lugar seguro para los intereses petroleros norteamericanos. En 1916 abrí el camino en República Dominicana para los intereses azucareros norteamericanos. Y en 1927 ayudé a que la Standard Oil pudiera funcionar en China sin que se le molestara.

Cuando analizo todo esto, pienso que podría haberme mofado de Al Capone. Lo máximo que él podía hacer era controlar su negocio de fraude sistemático en tres distritos. ¡Nosotros, los infantes de marina, operábamos en tres continentes!».

Hoy, aparte de los infantes de infantería de marina, Estados Unidos emplea también tropas aerotransportadas y comandos especiales; pero sigue haciendo lo mismo que en tiempos de Smedley D. Butter. En una sátira contra la política expansionista del presidente McKinley, Mark Twain sugería que, en el futuro, la bandera de los Estados Unidos sustituyese «las franjas blancas por franjas negras y las estrellas por una calavera con las tibias cruzadas». Detrás de cada agresión estadounidense están las grandes corporaciones expoliadoras de las riquezas de América. De Río Grande a la Patagonia, naciones que atesoran ingentes riquezas naturales malviven con unas economías fallidas, sin conocer de la llamada ‘civilización occidental’ otros frutos que el terror despiadado, el saqueo de sus tierras, la difusión de los vicios más abominables y de las sectas religiosas más inmundas, mientras los corruptores norteamericanos –con Trump o Clinton a la cabeza– disfrutan del producto de sus saqueos, follando niñas en islas paradisíacas (o sólo horteras, porque esta patulea de depravados tiene, para más inri, el gusto en el culo).

Recordemos siempre aquellos versos proféticos de Rubén: «Eres los Estados Unidos,/ eres el futuro invasor/ de la América ingenua que tiene sangre indígena,/ que aún reza a Jesucristo y aún habla en español».

*Fuente: ABC

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