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La izquierda de nuestros tiempos, defensora del capitalismo 

La izquierda de nuestros tiempos, defensora del capitalismo
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11 de marzo de 2021
¿Existen evidencias para calificar a la izquierda de nuestros tiempos como la defensora del Capitalismo y, por consiguiente, defensora de las grandes desigualdades económicas, sociales y políticas? Con ciertas excepciones, la respuesta es afirmativa. Tan es así que el grueso de la izquierda acepta de buen grado ser parte de la social democracia

Comenzaremos por señalar que la noción de “izquierda” se impone en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando el burgués, representante de una nueva sociedad quiere desplazar al Rey, representante de una sociedad latifundista, anacrónica. Y es la Revolución Francesa el símbolo mayor de este gran movimiento económico, social y político, en donde los “izquierdistas” son la vanguardia de una nueva economía, de una nueva sociedad.

El burgués, empresario que convierte los burgos en grandes e increíbles ciudades, a través de nuevas y nuevas industrias, de nuevos y nuevos productos de consumo de masas, representa una nueva economía floreciente que genera una vida confortable a través de la “economía de mercado”. A su vez, es una nueva economía que engendra al nuevo trabajador-obrero, y facilita la explosión del desarrollo individual de las personas.

Se construye una nueva sociedad que da cimiento a pensar y creer en la Libertad, Igualdad y Fraternidad de todos los seres humanos. Una nueva economía bien superior a la economía feudal de auto-consumo, de servilismo y esclavismo. Ante estas grandes esperanzas, toda la población se sumó en este combate de vida o muerte.

Pero bastó un siglo para que el grueso de la población sintiera en carne propia que sus sueños no se habían realizado, que su sangre había sido derramada en vano. Si bien es cierto que el confort material de una economía de mercado era muy superior a la economía de auto-consumo, no es menos cierto que todas esas bondades estaban al alcance solamente de aquellos que poseían ingresos monetarios. Las grandes desigualdades socio-económicas se hicieron mucho más evidentes y graves. Ahora, además, no había puestos de trabajo para todos aquellos que querían trabajar, y se podía morir de hambre por falta de ingresos monetarios.

Y fue precisamente la Comuna de Paris, movimiento social que explosionó el 18 de marzo de 1871, quien quiso resolver para siempre estas grandes desigualdades económicas, sociales y políticas. Un movimiento de masas que comienza por oponerse al dictado de un gobierno salido de un Congreso elegido por sufragio “universal” masculino, con exclusión total de las mujeres y de los inmigrantes residentes en Francia. Un gobierno sirviente del Capitalismo en crecimiento y en total contradicción con los intereses de la población.

La Comuna de Paris instala un gobierno de Democracia Directa en donde el pueblo, en forma directa, elige a sus autoridades y resuelve sus problemas económicos, sociales y políticos. Pero, ante tal desafío, la represión es violenta. Y esta vez, mucho más violenta y sanguinaria. Ella es conocida como la “semana sangrienta” del 21 al 28 de mayo de 1871. En las calles de Paris yacen por decenas de miles, las comuneras y los comuneros que habían iniciado el ejercicio de una Democracia Directa.

¿Es esta dictadura sangrienta del Capital, quien termina por convencer a los izquierdistas que cambiar el sistema socio-económico es imposible? Tanto es así, que los mismos izquierdistas comienzan a elaborar teorías para justificar que el camino a la redención debe llevarse a cabo “progresivamente”, paso a paso, y por la vía de la Democracia Representativa. El fracaso de las revoluciones en Rusia, China, Cuba… confirmaría este posicionamiento. La social-democracia se impone en la mente y en la acción de los “izquierdistas”. La Gran Transformación ya no es el objetivo.

En estas condiciones se hacen presente toda clase de reivindicaciones. Desde los movimientos anticolonialistas hasta el feminismo, pasando por la conquista de las 8 horas de trabajo,  la recuperación de nuestra identidad, de nuestro origen étnico, de nuestros pueblos ancestrales, de nuestras lenguas originarias, de la conservación del medio ambiente e incluso del combate contra la corrupción. Todos ellos son permisibles en la era del Capitalismo porque, en definitiva, no ponen en cuestionamiento a la acumulación y concentración de riquezas en poquísimas manos a nivel local, nacional y mundial.

La habilidad de los administradores y beneficiarios del Capitalismo es hacernos creer que cada una de estas luchas nos conduce a la victoria final; que cada una de estas luchas es el objetivo fundamental para resolver nuestros problemas de sociedad. Y son tan hábiles, que acompañan y alimentan la conquista de cada uno de estos objetivos, los cuales son profundamente sentidos y necesarios por la población. No lo hacen en forma directa, como lo hicieron antaño. Para ello ponen en movimiento a ONGs financiadas abundantemente por grandes empresas multinacionales, organismos mundiales y personalidades filantrópicas. La única condición para continuar a recibir el financiamiento es no salirse del libreto.

Y en este juego malsano participan nuestros “izquierdistas de tiempos modernos”. Sin querer queriéndolo, se han convertido en los defensores del statu quo Capitalista. Se han convertido en los defensores del templo, tanto que se enfrentan violentamente contra aquellos que proponen sendas alternativas hacia una real transformación socio-económica.

Pero la realidad es dura y termina por hacernos abrir los ojos ante los engaños continuados, y perder el miedo a las torturas y asesinatos de miles de personas. Es el caso, por ejemplo, del movimiento social denominado “Feminism for the 99%”. Una agrupación que nace el año 2017 en Estados Unidos como consecuencia de la “Marcha de Mujeres” llevada a cabo en Washington D.C.

Para ellas, la opresión de género no es causado por un solo factor, el sexismo. La desigualdad de género, según su Manifiesto, es el resultado de la intersección de diferentes factores como el sexismo, racismo, colonialismo y capitalismo. No es, entonces, un asunto solamente de Derechos, de Justicia, de Ética, de Moral, de Educación. La causa, tanto de estos males así como de la corrupción, del destrozo del medio ambiente, entre otros, es mucho más profunda.

Mientras existan las grandes desigualdades socio-económicas, de poco servirán las leyes en favor de la igualdad de género, de la educación gratuita, del respeto al medio ambiente, del reconocimiento de las nacionalidades, de las lenguas y otros. Todas esas conquistes, logradas con la sangre y el sudor de las mayorías, servirán únicamente para quienes tengan un nivel de poder adquisitivo que les permita gozar y hacer valer sus “derechos”.

Es imperativo que el izquierdismo de nuestros tiempos se reformule y construya su futuro en sintonía con los intereses de las grandes mayorías sedientas de transformaciones profundas de nuestra economía y de nuestra sociedad.

Saint-Nazaire, Francia, 11 de marzo del 2021

Dr. SALINAS Hugo
salinas_hugo@yahoo.com

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