
Me conecto y un mensaje salta en mi chat: “Leti, voy camino a La Habana para salir para Bahamas”. ¿Cómo es eso? ¿Dónde estás? ¿Cuándo es la cosa?, pregunto en retahíla del lado de acá de la pantalla.
Respiro y pienso. Ciertamente no debiera extrañarme. Primero, es Cuba y su “manía” hermosa de ayudar; luego, es la doctora Ana Maris Machado, un ser de otro mundo que me regaló Haití cuando era infierno de este mundo, mucho más después del terremoto del año 2010, ese que apagó en segundos la vida de más de 250 mil personas.
Estaba en La Habana; me llamaron como a las tres de la tarde para preguntar mi disposición; salí para Cienfuegos; recogí mis cosas y ahora estoy regresando a La Habana; me cuenta rápido porque viene por la Autopista, la conexión no es buena a veces y los datos móviles hay que ahorrarlos.
Conocí a Ana en un quirófano “inventado”. Con una fuerza sobrehumana intentaba poner en su lugar un hueso. Entonces era la única mujer ortopédica de la brigada médica cubana que fue a sanar en Puerto Príncipe. Recuerdo que era su tercer sismo. Ella, que había sido fundadora de la Brigada Henry Reeve, sabía que cada vez que ocurría un desastre podía sonar el timbre de su teléfono.
Aquella vez me contó: “Cuando llegué al Anexo, 24 horas después de la catástrofe, me dediqué a los niños. Montamos tres mesas quirúrgicas más, y en una de ellas priorizamos a los pequeños. Es muy difícil ver cómo un niño pierde una pierna, muchos llegaban mutilados. En Cuba es muy raro ver una amputación de un niño, las más frecuentes son por tumores pero traumáticas casi nunca vemos. Eso te hace más sensible, pero aquí no tenías tiempo ni de sensibilizarte, porque estaba en riesgo la vida del niño”.
Hoy ella comienza su camino hasta Bahamas, en su quinta misión con la Henry Reeve. Esa es la única ayuda que Cuba puede prestarle a sus hermanos del Caribe. Pero sé que en las manos de Ana van mucho más que soluciones médicas.
¿Cómo dejaste a la niña?, le pregunto. Su niña es una mujer, pero cada vez que mamá sale de viaje se preocupa: “Bueno, ya tú sabes. Me arregló todo con carita, pues se queda sola”.
Antes de desconectarse le arranco una promesa: ¿Me escribirás desde allá para irme contando y poder escribirlo acá? “Así será, escríbele al Juve si lo ves y dile. Juvenal Balán Neyra es el dueño de la foto que acompaña estas letras.
Cuídate mucho, le digo, y me quedo con la sensación de que a esta Isla mía le sobran los tesoros. Ana es uno de ellos y en unas horas estará sanando en Bahamas.
*Fuente: CubaDebate
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