“Lo que corresponde sería decirle a las Fuerzas Armadas que no olviden que están para defender la constitución ante un gobierno que viola las normas constitucionales”. No se equivoque. No es una frase de los personajes siniestros de la historia negra de los golpistas chilenos que en 1973 llamaban a los militares a derrocar al gobierno constitucional de Salvador Allende. No se trata de las diatribas que vomitaba en aquellos días una piara de personajes de la derecha junto a otros no menos funestos de la democracia cristiana, clamando por el golpe de estado que en efecto se produjo con las consecuencias ya conocidas. No, señor. Quien así habla golpeando las puertas de los cuarteles en un país democrático es ni más ni menos que Ricardo Lagos Escobar. Sí, el mismo, el del dedo parado ante las cámaras en tiempos de Pinochet, el esperanzador candidato a la presidencia de Chile y electo en 1999, cuando una gran cantidad de ingenuotes andábamos aún en busca del líder que interpretara el espíritu de la antigua —hoy añeja— izquierda chilena.
El golpista Lagos, hoy convertido en el “señorón” Lagos, que reparte consejos, axiomas, sentencias sesudas desde un trono autoconstruido por sobre la fronda política del país, se pone así un peldaño más abajo en la cadena de degradación que alcanzaron sus colegas golpistas del ´73, porque clama por un cuartelazo en otro estado, es decir al estilo yanqui, y lo que es peor, en un país como Venezuela que, igual que el Chile de aquellos tiempos, lucha denodadamente por mantener las conquistas populares que la Revolución Bolivariana ha ido construyendo para su pueblo. A propósito, y tómelo como un paréntesis, el término “señorón” no es un sinónimo de gran señor, de aquel individuo que, para bien o para mal, se proyecta en su ámbito con la solvencia que da la fuerza de sus convicciones, o con la consecuencia de su trayectoria en la que la fidelidad a sus ideas, equivocadas a no, es uno de los pilares fundamentales de su figura. Contrariae est, este espécimen, el señorón, a poco o a mucho andar, muestra la cara fraudulenta de lo que fue su trayectoria, dicho en buen chileno dejando de lado los latinazos, simplemente muestra la cola. En política, y sobre todo en las últimas décadas luego del derrumbe de las ideologías, este prototipo del desertor ha proliferado al calor de las contorsiones que permite la carencia de principios en los partidos y movimientos del milenio, los que se trasvasijan militantes entre sí con un desparpajo inaudito sin molestarse siquiera en justificar sus prestidigitaciones circenses.
Ahora la pregunta es por qué don Ricardo asciende a la categoría de “señorón”, ya que si fuera por la manga de contorsionistas que saturan el circo político de estos días, todos ellos podrían ostentar, o al menos aspirar, a semejante título. Lo que ocurre es que este malabarista, más que los otros, está profundamente convencido que sus “vueltas de chaqueta” constituyen el sumun, el dechado de la perfección de un político, lo que proclama “urbi et orbi” para que la troupe que lo sigue cumpla sus edictos al pie de la letra. Uno de sus acólitos, doña Michelle Bachelet, prosternada ante el trono del señorón, terminó por sumarse al coro de la ignominia con la que la reacción continental y el capitalismo del planeta, pretende aplastar la revolución socialista iniciada por uno de los últimos grandes líderes de América, Hugo Chávez. El caso de la señora Bachelet, que sucumbió de manera vergonzosa desde su alto cargo en la ONU elaborando un informe sobre el gobierno venezolano plagado de infamias, no posee las ínfulas y la soberbia de don Ricardo. Ella es una mujer timorata, debilucha, y que irrumpe en política a la sombra del apellido de su honorable padre, el general Bachelet asesinado por la dictadura. Elegida dos veces, se esperó de ella como antes de Lagos, un gobierno audaz, capaz de sobreponerse a los embates con que la reacción nacional e internacional acosaba al mundo. Por el contrario, si hubiera que calificar en una palabra sus dos gobiernos esa sería la mediocridad, en especial el segundo. La conducta timorata que imprimió a sus mandatos, es la misma que hoy aplica a su cargo de Alta Comisionada para los Derechos Humanos, cediendo a la presión de los que mayor poder tienen claudicando como muchos otros en este país, a los principios que supuestamente alguna vez tuvo.
Hace algunos años, a propósito de la irrupción en política de Marco Enríquez Ominami y su posterior derrumbe, escribí un artículo llamado “Los Hijos De”. Aclaré de inmediato que no me refería a los hijos de p… sino a los que heredaban apellidos dentro de la alcurnia moral y el respeto con el cual sus progenitores aportaron a la historia de nuestro país. Hasta ahora ninguno “ha dado el ancho”, como decimos en Chile, ni la senadora cuyo único mérito, que le cayó por herencia, es el apellido Allende, ni el hijo del líder heroico que tuvo el MIR, ni la señora Bachelet, hija de uno de los pocos militares dignos que fuera asesinado por Pinochet.
Repito que dije que mi artículo “Los Hijos De…” no se refería a los hijos de p…
Hoy estoy empezando a dudar.
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