
79.637.470-7 es un Rut entre miles que figuran en el registro de Chilecompra. El nombre de fantasía al cual corresponde es Constructora San Fernando S.A. Si nos vamos a los miembros del directorio nos encontramos con Angélica Errázuriz Gubias y Carolina Llompart Cosmelli. Aparte de ser un emprendimiento de connotaciones ABC1, hasta ahora nada que llame particularmente la atención. Salvo, la buena estrella de la empresa, en cuanto a captar negocios en un ritmo y cuantía envidiables: 10.700 millones del 2010 al 2015.
¿Podría explicar esto el que en ese lapso, correspondiente al gobierno de Sebastián Piñera, se instaló en el país, con mucho más vigor, el concepto de libre competencia? Difícil tal interpretación en una economía cada vez más monopolizada. Pero, concediendo que así fuera, el ritmo arrollador en la captación de obras obliga a indagar en otras variables. Veamos si hay algún almuerzo con Andrés Velasco o cierto “gurú” del MIT que les haya iluminado con una estrategia de negocio más exitosa que otras.
Tampoco va por ahí la cosa
Entonces no queda más que buscar parientes en el poder político. ¡Bingo! Una de las socias es cuñada del senador Manuel José Ossandon, con 22 años de experiencia en el ámbito municipal y una magnífica red de contactos. Como ahora los negocios son transversales, hasta es mucho mejor que los alcaldes sean de distinto signo partidista. Las influencias o “pitutos” se entrecruzan e intercambian en una fantástica trama, llena de vueltas virtuosas.
La ley 19.886 norma las licitaciones públicas, pero ello no mengua la incidencia del “pituto”. Solo hace que esta modalidad de influir pase más desapercibida y, por tanto, se haga menos vistosa a simple vista. Pierde protagonismo, pero gana algo que la praxis política adoptó plenamente: la transversalidad. Gracias a esto último, se producen los intercambios de favores. Hoy por esta empresa, mañana por la mía. Así, el “pituto” muta de un órgano a otro, haciéndose resistente a los “antibióticos” del control.
En un plano más general cabría decir que el “pituto”, que llamaríamos genético, está imbricado en el alma del sector social más acomodado. Viene de la cuna. Crece y se desarrolla en el colegio. Madura y se consolida en la universidad. Opera a plenitud en la vida laboral. Pesa como el que más en la entrevista de reclutamiento y es definitorio a la hora de la incorporación, así como en las contrataciones de todo tipo.
Y qué decir cuando se opera en el ámbito público. No importa tanto la filiación partidaria como la calidad del linaje. De ahí nacen las identidades ideológicas más profundas.
El “pituto” político, en cambio, es adquirido. Responde a lealtades partidistas y de grupos dentro de cada colectividad. Ahí juegan fuertemente las fidelidades a ciertos caudillos y las estrategias de poder internos. En el seno de la administración constituyen un agente patógeno porque violentan los rituales burocráticos y entorpecen las jerarquías. Cuando a través de grupos “outsiders” los “pitutos” actúan al margen de las estructuras orgánicas tradicionales de los partidos, sus cultores suelen ser traicionados por la ambición e impaciencia. Son flor de un día.
*Fuente: El Mostrador
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