La reaparición en el escenario público y mediático de los movimientos sociales en Chile ha suscitado variadas interpretaciones acerca de sus causas, características y potencialidades. Aquí me referiré a aquellas posturas que sostienen que estos movimientos, especialmente de trabajadores, son incapaces de constituirse en sujetos de cambio con proyección política.
El trabajo –alegan algunos analistas– dejó de ser el espacio donde se configuran clases y estratos sociales. La diversificación del mercado laboral (empleo precario, contratos y escalas de sueldo muy desiguales, descentralización de las empresas, etc.) y la desindustrialización hacen imposible la articulación de grupos sociales que devengan en actores políticos. No es el trabajo, entonces, el espacio de cohesión para hacer frente a la privatización de nuestra sociedad, compuesta en su mayoría por individuos desclasados: solo los capitalistas son “clase para sí”.
Si bien estas lecturas contienen algunos elementos que dan cuenta de la realidad actual, adolecen de un vicio interpretativo derivado de cierto mecanicismo y, en algunos casos, también de una mirada complaciente hacia la sociedad neoliberal. Así, la tranquila “resignación” baña los análisis, confundiendo las proyecciones de futuro con una simple constatación del presente.
La alternativa a esa resignación, desde luego, no es reeditar visiones teleológicas sobre determinados grupos sociales –como el proletariado– atribuyéndoles “misiones históricas” que ni siquiera ellos perciben como una necesidad (ni menos como un deber ser), sino encontrar en la realidad actual los elementos que permitan apostar por la constitución de actores sociales y políticos de cambio radical.
¿Qué nos indican los hechos? En primer lugar, que si bien la clase obrera tradicional (esencialmente industrial y minera) se ha contraído debido a la desindustrialización, el crecimiento de los servicios, el desarrollo tecnológico, la proliferación del empleo precario y otros elementos característicos de la fase actual del capitalismo, no es menos cierto que el trabajo asalariado se ha extendido, formando nuevos estratos de mano de obra (subcontratados y ocasionales) que incluyen no solo a obreros, sino también a técnicos y profesionales de distinto tipo. En las últimas décadas, los trabajadores lejos de desaparecer han crecido, especialmente por la incorporación de mujeres a la vida económica “activa”. Se trata, ciertamente, de una masa heterogénea, carente hasta ahora de una identidad común y difícilmente agrupable por medio de las organizaciones clásicas (sindicatos u otras). También debemos considerar un sector –generalmente muy precarizado– de cuentapropistas, cuya identificación con los asalariados es aún más azarosa. Pero la dificultad de los productores directos para constituirse en sujetos políticos no reside solo en la estructura del modelo económico. Los factores políticos (hegemonía de las fuerzas que lo apoyan) y legales (Constitución, legislación laboral) hacen todavía más difícil la transformación en “clase para sí” de sectores sociales subordinados y atomizados.
Y si bien el marco de la empresa –exceptuando quizás la gran minería del cobre, los puertos y algunas grandes compañías– ofrece pocas posibilidades para la gestación de sujetos colectivos con capacidad de liderar una rearticulación social y política, en los últimos años se han desarrollado experiencias promisorias que apuntan, precisamente, a instalar la contestación al modelo en terrenos más favorables para los asalariados y otras víctimas del sistema. Las uniones portuarias y el movimiento No Más AFP, por ejemplo, tienen como protagonistas centrales a trabajadores que, desbordando el marco tradicional del sindicato de empresa, se las arreglan para superar los estrechos márgenes de la legislación laboral (en el caso de los portuarios) o para pensionados, trabajadores precarios y no sindicalizados, diversos tipos de pobres, etc.– cuestionando uno de los pilares esenciales de acumulación del modelo y del gran capital (las AFP). Ello sin considerar otros movimientos –mapuche, estudiantil, de protesta regional y local– que se alzan contra aspectos específicos de la dominación tales como centralismo, discriminación, usurpación de derechos, mercantilismo, saqueo de recursos naturales o daños medioambientales. Conviene recalcar que en todos esos conflictos, el poder del capital es el elemento clave, aunque no siempre se exprese en la esfera de las relaciones capital/trabajo sino por medio de expoliación, usura o lesión de los intereses de las grandes mayorías. Los pesimistas –por ende resignados– argumentan que los movimientos sociales no constituyen más que un mosaico de quejas y reivindicaciones dispares, incapaces de converger ni proyectar nada aparte de sus propios malestares. Más que una constatación lúcida, esta crítica huele a connivencia con el actual estado de cosas. Las condicionantes “estructurales” no son determinantes absolutas, puesto que también son afectadas por factores subjetivos como los de tipo político y los estados de ánimo de la población.
Por lo mismo, si los agentes de cambio radical que actúan en el seno de los movimientos sociales son capaces de levantar propuestas aglutinadoras en torno a necesidades comunes claramente identificables (por ejemplo, sustituir las AFP por un sistema de verdadera seguridad social basada en un reparto solidario), y si dichas proposiciones son acompañadas de esfuerzos para hacer converger distintos movimientos en torno a horizontes compartidos, podrían configurarse escenarios más favorables para el surgimiento de nuevos sujetos políticos. La creciente crisis de credibilidad de la casta político-empresarial que dirige el país, crea mejores condiciones para romper, desde la acción social y política, con la jaula de hierro del neoliberalismo. El proyecto de refundación institucional mediante una Asamblea Constituyente ofrece un horizonte común a movimientos y actores diversos que, manteniendo sus identidades y fisonomías, podrían fortalecerse en la lucha por este objetivo. ¡Ni qué decir de la superación del neoliberalismo! Esto crearía, a su vez, mejores condiciones para la recomposición del movimiento de trabajadores.
La historia por venir es un libro abierto cuyas páginas aún no han sido escritas. Es altamente probable que a los agoreros del fin del sujeto trabajador les ocurra lo mismo que a quienes hasta hace muy poco vaticinaban el “fin de la Historia”. Entonces, al igual que el personaje clásico de la literatura, los hacedores de la riqueza espetarán a nuestros mentados analistas: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.
– El autor, Sergio Grez, es Historiador y académico de la U. de Chile
sergiogreztoso@gmail.com
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