Obamadeus: ¡me reservo el derecho a decidir todo en el mundo!
por Carlos Santa María (Chile)
12 años atrás 6 min lectura
Definitivamente en este mundo personajes con serios problemas siquiátricos han llegado muy alto y muy lejos en su afán destructivo, iniciando con Nerón, pasando por Hitler y continuando probablemente con Obama.
Este planteamiento tiene serio fundamento científico pues va más allá de una simple opinión negativa, infundada, basada en el odio o la animadversión. Por el contrario, posee un fuerte componente científico que corrobora paso a paso la hipótesis que se plantea en esta columna y, a su vez, es confirmada con una solvencia argumentada que precia dicha alternativa.
Un desorden neurótico corresponde a un grado de normalidad relativo en la medida que el mundo competitivo de hoy, estresante en los tiempos y exigencias, presionante de logros consumistas, lleno de objetivos que no satisfacen el alma esencial del ser, pone al individuo en un estado tal que sus reacciones se convierten de modo cotidiano en agresivas, de explosión que pareciese sin motivo aparente, rígidos en su pensamiento y aislados, con un comportamiento errático. No obstante, nunca pierden el contacto con la realidad aunque, si la coacción alcanza grados inmensos, es factible que pasen el límite de lo considerado racional.
Una alteración en la estructura psíquica de tal magnitud que propone una disociación de la personalidad normal con otra que no está dentro de estos límites, posibilita percibir un serio desorden cerebral. Hay varias características como, por ejemplo, abstraerse de la realidad, verse a sí mismos como personajes inexistentes, conversar solos creando fantasmas o realidades que no son verdaderas, entre otras. Aunque hay una que es claramente signo de perturbación: la creencia en sentirse un ser superior que decide el destino de las personas cuando ésta establece que así es conveniente. Los hospitales siquiátricos están llenos de enfermos que están seguros de que fueron llevados allí por error…aunque es probable que alguien divino los saque en algún momento de ese lugar oprobioso.
Este rasgo es predominante en el presidente Obama: su insistencia en la excepcionalidad “americana” entendida como la existencia de una raza de seres superiores en el mundo de hoy y, así mismo, con la supuesta claridad para decidir el destino de otros, de la cual él se considera su exponente en forma de conductor de su pueblo. Dicha posición es muy cercana a aquellos líderes que consideran poseer un atributo místico tal que son dueños de las personas y logran todo con su atractivo o manipulación (pues existe en su conciencia una distorsión de los valores más puros de la humanidad), desconociendo que el poder es su principal imán pues, seguramente sin ese requisito, jamás conseguirían lo que tienen. Allí podría explicarse la supuesta relación de este funcionario estadounidense con la bella y exitosa cantante Beyoncé, ya que en otras condiciones no hubiera sido sujeto de controversia el que hubiese pasado totalmente desapercibido para ella.
Lo delicado radica en las afirmaciones que ha hecho permanentemente, especialmente respecto a la superioridad sobre los pueblos islámicos y de América o “patio trasero”, arrogándose el derecho a intervenir donde sea. El hecho último más diciente está en la rueda de prensa dada con Hollande, súbdito del gobierno norteño, donde ha manifestado dos claves que son de estudio siquiátrico: la primera, exponer con suficiencia que se reserva el derecho a espiar a quien desee y, segundo, su derecho a intervenir férreamente donde lo considere conveniente también.
Una característica de la locura es la creencia en poderes divinos, incluso sentirse con categoría de Dios (por lo cual aunque asisten a misa son ateos en su realidad interior pues han desbordado al Cósmico), atribuyéndose por fuera de toda lógica una fuerza que la tienen bajo su control, pese a que requiere de principios éticos para ser aplicada con razonable certeza. La locura tiene como característica no percibir la realidad: cuando Estados Unidos interviene en más de 130 países desestabilizando sus gobiernos y, a su vez, fomenta el terrorismo internacional, no darse cuenta de ello y amenazar a Venezuela con sanciones es propio de una persona con serias alteraciones de la lógica inteligente. Autootorgarse una licencia para asesinar es descabellado y propio de una sicopatía.
La otra posibilidad, si no existe un desorden siquiátrico grave, es también preocupante pues se explica en la medida que se ha convertido en un muñeco con forma de ventrílocuo, que expresa lo que sus tirititeros le ordenan decir y mueve su boca acorde con los mensajes obligados desde las cortinas que ocultan a los verdaderos protagonistas. Es posible que como representante de las élites privilegiadas del mundo sea simplemente un actor secundario con un papel que parece principal aunque en efecto es de tercer orden. Sin desconocer, obviamente, que su oportunidad de ejecutar acciones impensadas, propias de momentos de euforia o alta depresión, son probabilidades ciertas a tener en cuenta.
Todo ser humano tiene una estructura valórica que lo pone en contacto con sus semejantes. Ella es la que permite la convivencia, el diálogo, las mejores expresiones del arte y todas aquellas manifestaciones que proceden de lo más íntimo de la persona haciéndonos válidos como especie. Los sicópatas contrariamente pueden mentir, matar, torturar, secuestrar, ordenar, ufanarse, humillar, sin ningún rasgo de culpa: análogamente a un torturador que llega a su casa, sonríe a sus hijos tomándolos en brazos, aceptando los regaños en privado de su esposa, es factible ordenar el asesinato de familias, ciudadanos, usar drones o promover la destrucción de un país, sin remordimiento alguno. Poseen una personalidad interna disgregada de lo público y allí radica uno de los quiebres básicos en lo mental.
Por ello, en la diplomacia hay que estudiar la personalidad de Barack Obama más que la de sus sumisos empleados (Hollande, Kerry, Merkel, Cameron u otros), quienes reciben órdenes y actúan de modo obediente incluso aunque parezca que tienen contradicciones, lo cual es un buen método de confusión internacional atizado por la industria mediática.
Saber cómo actúa un individuo poseído de sí mismo, que es un creyente en la medida que posee inseguridades muy altas, cuya debilidad ideológica la supera con un discurso agresivo que parece propio de quien sabe lo que quiere-aunque no es así-, podría indicar a gobernantes más vinculados a la paz las formas de tratar con una persona de esta composición siquiátrica, lo que permitiría saber sus movimientos, aunque sean imprecisos, y poder detenerlo claramente en sus idearios de fortuna geopolítica. Así, la paz podrá tener un respiro en esta Pachamama tan agraviada por los complejos financiero- militares.
– El autor, Carlos Santa María, es analista internacional
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No hay nada más enloquecedor que el poder. Lo que mantiene a las personas en los ámbitos que llamamos «cuerdos» son las sanciones de los pares, las sanciones de la ley y la conciencia moral individual, que no todos la tienen. Y si se está por sobre la ley y no se tienen pares, estamos arreglados. USA siempre ha demostrado una cierta psicopatía como país, fluctuando entre el puritanismo y el vandalismo, o entre el honor y la hipocresía siempre con la idea mesiánica del «destino manifiesto» que es ponerle la pata encima al mundo.
Para ser actualmente presidente de ese país, que está metido hasta el cogote en su papel de Imperio, se necesita un grado supremo de egolatría y un pleno convencimiento de ser escogido por los dioses, lo que pasaba con los emperadores romanos que ahora los catalogamos de locos, pero eran absolutamente funcionales a su cargo. Lástima que el Imperio Romano de Occidente vivió 500 años y el de Oriente 1000 años, con locos y todo. Y quizás cuanto van a durar estos.