¡Aprendamos a hablar con asertividad!
por María Elena Pazos Mann (Chile)
15 años atrás 5 min lectura
La riqueza en Chile, lo sabemos, está muy mal estivada. Se habla de
“línea de pobreza” cuando se está por debajo de un ingreso de $47.000
mensual, la indigencia se mide bajo $23.000. Estos son criterios
“técnicos”, ya que obviamente ambas cifras son de indigencia. Tenemos
cerca de 3 millones de personas por debajo de la línea de pobreza. Por
otro lado, un 2,7% de 17 millones de chilenos, manejan un patrimonio de
US$ 66.000 millones, lo que supera los fondos de pensiones (AFP). El
40% de estas fortunas está fuera de Chile, multiplicándose en bancos o
financieras extranjeras. Entre los pobres y los ricos está la “clase
media”, cuyos ingresos son superiores a ¡$48.000! Aquí hay una pobreza
numerosa y encubierta, quizás más difícil de sobrellevar y de la que no
se habla. ¿Cuántos millones de personas son? No lo sé.
Siempre me ha llamado la atención que se empleen los términos “humilde”
o “modesto” para referirse a los pobres. Pareciera que así suena
mejor, se suaviza la expresión, se transforma una tragedia en algo más
aceptable. Pero es un grave error conceptual. Ser pobre es una
condición, es precariedad que consiste en carecer de oportunidades y
cosas que se dan por supuestas: comer todos los días, tener acceso
digno a educación y salud, tener una vivienda que sea refugio, comprar
una pieza de ropa o zapatos nuevos de vez en cuando, especialmente en
Fiestas Patrias … Los pobres de la clase media, con ingresos superiores a
estos de la línea de pobreza (se calcula que mínimo $400.000), pueden
llegar a educar a sus hijos, ser felices con poco, disfrutar la vida
siendo muy ordenados, austeros y proponiéndose metas y sueños que los
impulsen a vencer obstáculos. Es dificultoso, pero posible, salir con
coraje de esta pobreza.
Cuando se está por debajo de la línea de pobreza, se está en un hoyo del
que no se sale. Aquí no hay factibilidad de opción, de metas, de
sueños. El terremoto de febrero dejó al descubierto parte de esta
pobreza de Chile, que muchos no conocíamos. Por ella y en ella se
sobrevive como náufrago agarrado de una tabla y a merced de las olas y
temporales. En esta indigencia, que más que pobreza es miseria, se
depende absolutamente de subsidios del Estado o de organizaciones
sociales; sin ellos no hay acceso a nutrición, salud ni vivienda. Como
hay que vivir muy concentrado en no soltarse de la tabla, no hay
posibilidad de hacer otra cosa: se tienen las manos ocupadas.
Porque creo en Dios, en un Dios-Padre que ama preferentemente a los
pobres, a los marginados, a los que nadie ama, cuando escucho hablar de
ellos como “gente humilde”, “gente modesta”, siento malestar y
escalofrío. Lo que necesitan los pobres es dignidad, ser tratados como
seres humanos capaces de existir y, porque carecen de todo, con más
derechos que el resto. Ellos son las víctimas, los crucificados de la
historia y nuestro deber es bajarlos de la cruz. ¿Cómo hacerlo si
tememos emplear la palabra “pobre” para encubrir su desvalidez? La
pobreza es un pecado social del cual somos todos culpables. No habría
pobres ni extremadamente pobres si yo renunciara a parte de mi
bienestar, a parte de mi comodidad, a parte de mi poder; si el país no
empleara tantos recursos en armamentos para “disuasión”. La pobreza es
resultado de un modelo económico y social cuyo centro no es el bien
común; su centro es el lucro de los propietarios de los medios de
producción mediante la absoluta libertad de la actividad económica y
necesita, para ello, la debilitación del Estado. Por sobre el trabajo
humano está el capital y éste debe multiplicarse, no importa cómo… Así
lo vemos, muy didácticamente, en la mina San José. También vemos en este
accidente la importancia de un Estado fuerte y sensible con las
víctimas. Este episodio es una tremenda lección para todos, ¡esperemos
que los 33 salgan vivos! ¡Cuánta fortaleza, valentía, disciplina e
inteligencia tienen!
Ser humilde es una virtud que se traduce en no ser presuntuoso, en no
“dictar cátedra”. Es escuchar al otro y su verdad, aceptar que nos
equivocamos, que no somos, ni cerca, el centro del mundo. Humildad es
tener claro que soy frágil, que dependo de los demás, que los necesito.
Es ver lo malo que hay en mi vida y procurar corregirlo aunque duela;
es ver las cosas como son, lo bueno como bueno, lo malo como malo. La
humildad es un valor que nos permite la visión correcta de la realidad.
Ser modesto es otra virtud cercana a la humildad: no vanagloriarse de
saber, tener o ser. Es austeridad en la vida, sin 4×4, salvo que debamos
transitar caminos destruidos; es tener casas acogedoras, para comodidad
y disfrute de nuestro grupo familiar, no para vanagloriarnos; es
comer, vestir y “producirse” decentemente, con moderación, sin provocar,
sin llamar la atención; es ser sencillos, sin grandes lujos y con poca
vanidad.
Como hemos perdido hace tiempo la humildad y la modestia, ya no sabemos
qué significan estos términos y los utilizamos erróneamente para
designar a las víctimas de nuestro sistema de libre mercado, del consumo
compulsivo y del armamentismo. ¡Es urgente que Chile vuelva a esos
valores que nos hicieron grandes y austeros! Los pobres quizás tengan
que ser humildes y modestos para sobrevivir o evitar daños mayores en
sus vidas, pasando desapercibidos, … Si bien los valores de humildad y
modestia son más cercanos a los pobres y los antivalores de soberbia y
arrogancia están más cercanos a los ricos, no confundamos los términos.
Puede haber pobres humildes o soberbios; puede haber ricos modestos o
arrogantes. Pero, NO ES LO MISMO. ¡Aprendamos a hablar con más
asertividad!
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