Seamos un poco más humildes, menos altaneros
por Luis Inostroza (Chile)
15 años atrás 3 min lectura
En el artículo ¡Ex soldados chilenos están listos para contar sus secretos! publicado hoy en piensaChile he leído este comentario:
A otro perro con ese hueso.
Soy de la generación que tenia hacer el "servicio" militar ese año (1973) ..por fortuna lo postergue por estudio.
Me da vergüenza ajena que ahora aparezcan estas "victimas" revindicando justicia" que patética la actitud de estos que le pidan reparación al estado.
Porque no tuvieron el valor de renunciar en ese momento al ejercito.
No.. prefirieron ser serviles la dictadura criminal , no vengan ahora con exigencias.
Primero que nada deberían pedir perdón a las familias a las cuales causaron un daño irreparable.
Mejor pídanle apoyo a los que fueron sus "amos" el apoyo que solicitan..y ustedes saben muy bien cuales fueron estos.
Su lectura me hizo recordar una historia que leí en Alemania, en el diario de la ciudad en que vivía el exilio, durante los meses en que se producía la reunificación de los dos países que surgieron después de la Segunda Guerra Mundial. Lo recordé, pues cuando lo leí la primera vez, me impactó la honradez de su autor. Lo he escrito como lo recuerdo, quizás olvidando detalles, pero entregando lo que creo que es su principal enseñanza. La persona que escribió el comentario en piensaChile juzga muy a la rápida. Escribe “… por fortuna lo postergue por estudio.” Y ¿qué hubiera ocurrido si la postergación no le hubiera resultado? ¿Se habría atrevido a oponerse a las órdenes de sus superiores?
Era casi medianoche. El tranvía viajaba cruzando por la ciudad semidesierta. Al detenerse en la siguiente parada, subieron tres ‘cabezas rapadas’. Apenas suben, el que encabezaba el grupo grita preguntando: “¿Hay aquí un cerdo extranjero?”. Silencio. El tranvía continúa su viaje. Ellos caminan por el carro, mirando, buscando en quien desahogar su odio, su racismo. Llegan al final y al no encontrar lo que buscan, el que parece ser el jefe, se devuelve indignado, mirando a cada pasajero. Todos miran por la ventana. Nadie dice nada. Pronto siento que alguien llega a mi lado. Veo sus bototos y los pantalones de un viejo uniforme militar. El libro que leía lo mantengo en mis manos, pero yace sobre mis rodillas. Siento un manotazo agarrando con violencia mis lentes, partiéndolos en dos y lanzándolos al suelo, para luego pisotearlos. Los demás pasajeros callan. Nadie intenta ayudarme. Nadie dice nada. Hacen como si mirarán por la ventana. Luego uno de los agresores me quita el libro, le arranca algunas hojas y lo arroja por la ventana, gritando “ahí va tu basura, intelectual de mierda”. Mientras el tranvía se detiene al llegar a una parada, me dan una última bofetada y el grupo se baja.
Se cerraron las puertas y continuamos viaje. Di las gracias a Dios de que todo hubiera terminado, pero también agradecí el hecho de que en ese tranvía no se encontrara ningún extranjero. No se que hubiera hecho yo, si hubiera viajado uno. No sé como habría reaccionado.
Independientemente de lo que hayan hecho estos militares en el pasado, lo cual deberá ser determinado por la justicia, no se los puede acusar así ‘al boleo’, sin conocer detalles de su vida, de su experiencia. Es muy importante, sin embargo, aceptar su disposición a informar lo que saben. ¿Cuánto dolor se podría ahorrar con su información? ¿Cuántas madres, esposas, hijas, podrían encontrar los restos de sus seres queridos? Pregúntele a alguna persona que renga un familiar desaparecido si aceptaría la información que estos exmilitares podrían entregarle.
Seamos un poco más humildes, menos altaneros.
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