Por estos días un conocido —algo excéntrico por decirlo de un modo suave— anda por ahí proponiéndole a quien lo quiera escuchar una especie de jueguito. Bastante macabro por lo demás. Te propone adivinar los protagonistas de un genocidio… “por goteo”, agrega con una especie de picardía bastante tétrica. El objetivo es identificar a qué victimario y víctima se refiere. Te mira desafiante, como para que no quede duda de que si te niegas eres un cretino, y te cuenta el siguiente relato:
“Un Estado X invadió y ocupó el territorio de una Nación Z. Como parte de su estrategia de ocupación, el Estado X termina por encerrar en un gueto a la población étnicamente diferente de la Nación Z. En esta especie de cárcel gigante, lleva a cabo una política de hostigamiento y discriminación contra ellos. Confisca propiedades, destruye otras, corta arbitrariamente el abastecimiento de los servicios básicos, prohíbe la libre circulación, etc. Además, emprende una campaña de feroz represión que incluye asesinatos, secuestros, tortura, encarcelamiento y todo tipo de atropellos a la dignidad y los derechos de hombres no combatientes, ancianos, mujeres y niños”
Una vez que termina su narración, te mira sonriendo socarronamente a los ojos y te pregunta con un gozo que se nota hace lo posible porque sea manifiesto: “¿Y?… Ya poh… ¿Quiénes son los protagonistas?”. Y mientras te pregunta, sube y baja las cejas rápida y repetidamente.
Cualquier persona que haya visto algún noticiero de televisión o leído un diario en los últimos días, se extrañará de tanta alharaca y misterio para un asunto tan evidente. Responderá con toda seguridad que el Estado X es Israel y la Nación Z es Palestina. Yo lo hice. Después supe que el 100% de quienes sometió a su singular encuesta habían respondido lo mismo.
Sin embargo, apenas terminé de pronunciar la última sílaba de mi contestación, el singular narrador lanzó una gran y sonora carcajada. Después supe que en el 100% de los casos había hecho lo mismo. Me miró sonriendo aún más socarronamente a los ojos que antes y me dijo con un gozo todavía más notorio que el de hace unos pocos segundos atrás: “No poh. Te equivocaste. El Estado X es la Alemania nazi y la Nación Z son los judíos del gueto de Varsovia”… Y volvió a subir y bajar las cejas rápida y repetidamente. Gesto que sin lugar a dudas significaba “Ahí quedaste”.
Esbocé un rictus indefinible. De esos que en realidad no dicen nada o tal vez puedan servir para aceptar lo más implícitamente posible que uno salió pillado… Acto seguido, por única reacción atiné a decir algo poco inteligente, y que por ende mal podía hacerme salir del paso: “Aaaaah sip, de vera’… los nazis y los judíos en Varsovia…”. Con una tonta sensación de haber sido derrotado en el juego —en uno bastante trascendente en consecuencia— me alejé del extraño encuestador. Me despedí sólo con una levantada de cejas y un ligero cabeceo.
Mientras caminaba le fui dando vueltas al jueguito. Y después de un rato no lo encontré tan jueguito, o sea, una cuestión vana y superficial. De hecho, para empezar me di cuenta que se lo podría estar jugando desde hace décadas. Salvo por detalles que delatan que estamos en los últimos días del año 2008, las imágenes televisivas y las fotografías de Gaza podían tener varias décadas. Es más, podían ser de cualquier lugar de Palestina en donde se resiste. Porque, siempre es necesario recordar, no estamos ante una guerra como otras. Es una ocupación y una resistencia. Que a veces no se compartan los métodos de los combatientes que luchan contra el conquistador, no cambia el fondo del asunto: es una ocupación y una reacción a ella que se llama resistencia.
La tonta sensación de haber sido derrotado por un tonto jueguito, se tornó en una sensación de derrota profunda. De una insondable derrota de mi persona en sí. Pero que en realidad era como una parte de una amarga derrota de la humanidad toda. Una derrota, finalmente, de lo humano. Fue cuando recordé las palabras de Gilad Atzmon (1), músico y escritor israelí: “Israel funciona como un megalómano y violento gueto judío, motivado por un fanatismo homicida que utiliza como herramientas la letal tecnología yanqui”.
No me deja de enternecer las décadas de sufrimiento del pueblo palestino. No dejo de admirar la valentía del pueblo palestino. Menos cuando su sufrimiento y su valentía ha sido una especie de compañía desde que tengo conciencia y recuerdos. Algo muy parecido me ocurre con los horrores nazis y en particular con el sufrimiento del gueto de Varsovia. A pesar de que no los viví contemporáneamente, tampoco me ha dejado nunca de enternecer la valentía de esos judíos y tampoco he dejado nunca de admirarlos.
(1) Para conocer más de de este músico y escritor israelí: Gilad Atzmon, músico y disidente
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